Máximo habla
De estar en lo cierto los que dicen que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner presta mucha atención a los consejos de su primogénito, Máximo Kirchner es el hombre más poderoso o, cuando menos, influyente del país. Es lógico, pues, que haya motivado interés el discurso que, el sábado pasado, fue pronunciado ante miles de militantes congregados en una cancha de fútbol por un personaje que está más acostumbrado a operar entre bambalinas que a arriesgarse hablando en público como si fuera un político común. Para sorpresa de nadie, el asesor presidencial y gerente de La Cámpora le recomendó al país olvidarse de la Constitución para que su madre permaneciera en el poder después del 11 diciembre del año que viene. Puesto que según las encuestas de opinión más de la mitad del electorado no soñaría con votar por la reelección de Cristina, el más beneficiado por una hipotética candidatura de la señora sería su principal rival que, como Néstor Kirchner en el 2003, tendría el triunfo asegurado. Lo entenderá muy bien Máximo; pidió lo imposible porque quería instalar el mito poselectoral de que su madre hubiera sido invencible en las urnas. Puede que el hijo mayor de los Kirchner no sea el vago poco inteligente que pasa sus días jugando con la PlayStation familiar de la imagen que se ha creado en torno a su figura, pero tampoco parece poseer las dotes personales que sería razonable encontrar en un protagonista de la vida política nacional. Es que su influencia depende por completo de un accidente de nacimiento. Por mucho que la Constitución lo niegue, la Nación Argentina sí admite “prerrogativas de sangre”, de ahí la profusión de dinastías familiares que, con frecuencia, migran desde una provincia feudal hasta la Capital Federal para entonces, luego de apropiarse de “la caja”, repartir privilegios entre sus integrantes. Se trata de un fenómeno retardatario que ha contribuido enormemente a la precariedad institucional del país. Aunque el nepotismo difícilmente podría ser menos popular o “inclusivo”, ya que discrimina entre los distintos individuos según criterios incompatibles con la democracia igualitaria, el orden resultante a menudo cuenta con el apoyo de una proporción sustancial de los perjudicados. Con todo, el que el gobierno actual, como otros anteriores, haya hecho de la política un negocio de familia no lo ayudará a conservar las cuotas de poder que sus miembros necesitarán para dormir tranquilos una vez en el llano. A Cristina no le será dado designar a un sucesor sin provocar una interna febril en la que los celos y las preferencias personales pesarían mucho más que las eventuales discrepancias ideológicas. Parecería que la idea de hacer del ministro de Economía Axel Kicillof el portaestandarte del kirchnerismo en la campaña de cara a octubre del 2015 no cuenta con la aprobación de Máximo y sus allegados. Sucede que, para sobrevivir a la ofensiva jurídica que ya ha comenzado a cobrar fuerza, la presidenta y sus incondicionales tendrían que ampliar mucho su base de sustentación, pero por ser tan exageradamente personalista el “proyecto” que han confeccionado, no podrán hacerlo a menos que se resignen a encolumnarse detrás de la candidatura del gobernador bonaerense Daniel Scioli, alternativa ésta que no entusiasma a ningún camporista. Es por eso, sin duda, que a algunos les resulta atractiva la variante que les supondría continuar conspirando contra Scioli y otro peronista, Sergio Massa, con la esperanza de que el próximo presidente sea Mauricio Macri, a su entender un “neoliberal” de derecha que no tardaría en enojar tanto a la población que se despejaría el camino para un retorno triunfal de Cristina y sus adherentes. Tal estrategia un tanto maquiavélica podría funcionar si el grueso del peronismo pasara por alto los intentos de “los infiltrados” de La Cámpora de impedirle alcanzar el poder, pero sería realmente asombroso que los perdonara por haber saboteado sus planes electorales. También lo sería que la crisis económica, que ya está teniendo un impacto sumamente doloroso en los sectores más vulnerables, tardara tanto en ocasionar graves estragos sociales que la ciudadanía culpara al sucesor de Cristina, fuera Macri, Massa, Scioli u otro, por haberla provocado.
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