“Me molesta cómo
Vía un relato resultante de significativas dosis de creatividad, Monacelli ha producido una novela que remite a los argentinos a reflexionar sobrelos vínculos que establecemos con lo quetambién generamos.
entrevista: Fernando Monacelli, Premio Clarín de Novela
carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
–El “Belgrano” se hunde, muerte, balsas, una balsa con tres cadáveres congelados aparece 25 años después en la Antártida, el diario de un soldado confesando que tenía un hijo, la madre de ese soldado que ignoraba que era abuela, una periodista tensa que comienza a investigar… ¿Cuál es la génesis de “Sobrevivientes”?
–Una obsesión que me viene de mi formación liberal: me molesta terminantemente cuando a la gente se la toma como parte de un proceso histórico, se la asume desde esa funcionalidad y se la ignora como personas, como seres. Queda sujeta a ese proceso, cualquiera sea la suerte de éste, sin tener otra existencia. Su individualidad, su persona, sus emociones, sus imaginarios, sus realidades, etcétera, no cuentan. Es una cuestión que me irrita, forma parte de mi cultura, de mi convicción sobre lo que es la vida, lo humano, la trascendencia apasionante de lo humano. Reflexionado desde esta perspectiva, ante un proceso como el de Malvinas o la crisis del 2001, la gente no cuenta.
–¿Cómo se enlaza Malvinas con el 2001?
–En la deriva en que quedaron millones de argentinos. Porque, mire, hace poco en relación con mi novela señalé que no es aventurado establecer un hilo conductor entre ambos procesos. No hay diferencias terminantes entre una balsa que se pierde en el océano, una madre que durante un cuarto de siglo, en desgarrante soledad, imagina las mil maneras en que pudo morir ese hijo que ella ignora que va errante y muerto en una balsa… no hay mucha diferencia con el padre que perdió el trabajo en el 2001. Ambos están muy solos, sólo les queda sobrevivir. En soledad y como puedan. Ésa es la génesis de mi novela, de ahí el título.
–¿Es un libro contra el poder?
–Es una novela en línea a rescatar lo humano ante el uso que se hace de la gente desde el poder, la historia, el Estado. Se habla de los “argentinos en Malvinas” y se miente porque no se habla de la gente, todo a la bolsa.
–Usted nació y vive en una ciudad –Bahía Blanca– con historia de fuerte impronta militar, gravitación salesiana…
–Espere, espere: Bahía también fue una fuerte expresión socialista, anarquista…
–Vale, pero no es contradictorio con aquella impronta que a la larga le dio un perfil muy definido a la ciudad que apañó firmemente Malvinas. ¿Qué es esa guerra para usted?
–La necesidad de no olvidar a la gente. No se puede enviar a un pibe de 18 años a pelear y después desentenderse de su suerte, esconderlos como hizo la dictadura, como los usan hoy para alentar conceptos de patria que nada tienen que ver con la patria. A esos chicos se los coloca en… no sé.
–¿Escala épica?
–Pero no los colocan en escala de lo que son: seres… lo humano, lo humano con toda la carga que hace a lo humano.
–Hay una definición suya que sitúa la guerra de Malvinas en el campo de la abstracción. ¿Se puede proyectar esto en términos de Malvinas marchando a ser un tema neutro para los argentinos?
–A ver… Malvinas no es tema de mi novela. Es, sí, el punto de arranque vía el hundimiento del Belgrano. Digo esto porque si se va a mi novela en procura de una novela sobre Malvinas, bueno… no lo es. La trama es otra. Por lo demás, yo no sé si Malvinas llegará a ser una cuestión neutra en el interés de los argentinos. Y en cuanto a la abstracción, sí, yo sostengo que Malvinas es una abstracción, pero los pibes que pelearon no son una abstracción. Me molesta la gente situada en condición de abstracción. Pasa hoy, donde todos son “colectivos”, “agrupaciones”, “línea”, “conjuntos”… todos inducidos a estar aquí o allá. Yo, de origen muy liberal y asumido como liberal, cuestiono ese diluir a la persona.
–Hay mucho frío en la novela, frío de clima. Congelamiento. Vientos polares, manos fías en unos u otros. No parece un frío neutro desde lo discursivo. ¿Qué buscó con tanto frío?
–Lo asocio con la soledad… la soledad de esa madre que perdió un hijo con el “Belgrano” pero un día, 25 años después, el hijo es encontrado congelado en una balsa; soledad que se ahonda cuando vía ese cadáver congelado se entera de que en alguna parte ese hijo ha dejado un hijo y ella no sabía de ese hijo del hijo.
–Sin embargo, y aunque no esté expresado así, subyace en esa mujer una idea de buscar cobijo…
–Por supuesto. Ella encuentra cobijo en la periodista que se pone al frente de buscar al nieto, pero a su vez esa periodista encuentra en el caso un recuperar sentido a sus propios fríos, soledades, porque viene de mucho trajín en su vida emocional. La idea de soledad también marcó mucho mi anterior novela, “La mirada del ciervo”.
–Por unos metros, quizá arbitrarios, Bahía Blanca no es Patagonia plena. Pero a los fines de la pregunta lo es. ¿La geografía marca su literatura?
–Hasta ahora sí. Al margen del frío, vientos, etcétera, está la asimilación del horizonte también, el vacío que media entre uno y ese horizonte. Ese espacio que siempre es espacio vacío siempre me está rondando…
–¿Cómo escribir eso? ¿Cómo hacerlo explicar en pocas palabras la significación de ese vacío que puede ser abrumador?
–Y, no sé… quizá “nada me impide llegar, pero no puedo llegar”.
–¿Coincide con la idea de que la violencia de naturaleza política y el desierto son matrices muy fuertes en el nacimiento de la literatura argentina?
–Sí, claro. Y hablan de una genética muy fuerte, desafiante, que hace a la idea de vencer, de ganar, de someter al desierto como enemigo del progreso o al Otro como enemigo político. Una dialéctica muy intensa.
–¿“Facundo” encastra en esa dialéctica?
–Podríamos decir que es su definición.
–¿Quiso mucho a sus abuelas?
–Sí, sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta?
–Porque en “Sobrevivientes” una abuela está en el centro del tema; en “La mirada del ciervo” otra abuela en el mismo rol…
–Para ese caso, el protagonista es un hijo de desaparecidos que apela a Abuelas. Pero bueno, las abuelas siempre están en nosotros… sus relatos, sus cuentos… están. Y tienen cicatrices de vida. Las abuelas de estas dos novelas las tienen, y son muy lacerantes.
–En “Sobrevivientes” hay una escena que es muchas escenas: frente a una periodista que la trata orillando el desdén, la abuela saca, “herida de cansancio”, con sus ochenta a cuestas, de una bolsa de supermercado que puede suponerse ajada, deshilachada, el cuaderno que ha dejado su hijo. ¿Qué es ese cuaderno, esa bolsa a la hora de pensar usted la novela?
–Es el capital de ella ante el hijo desaparecido.
–¿La novela comienza ahí?
–Una lectura. Y acá sí tengo que apelar a una imagen de una de mis abuelas. Jubilada como docente, todos los fines de mes tomaba un micro para ir a cobrar. No quería que la acompañáramos: iba y volvía con su cartera apretada al cuerpo, sus papelitos… Bueno, a la hora de “Sobrevivientes” yo tenía que establecer el nexo entre la abuela y la periodista. Ese nexo era el cuadernito tan celosamente guardado por la abuela, esa bolsita tan apretada a su cuerpo.