Detrás de escena: ¿Por qué sentimos que nunca nos alcanza el tiempo?
El año ya pasó su mitad y, de pronto, sentimos que tenemos que recuperar el tiempo perdido. La ansiedad de vivir siempre apurados.
Septiembre llega con esa sensación de que todo vuelve a empezar. Cambia la temporada, renovamos el guardarropa, aparecen nuevos colores, tendencias y rutinas de belleza, y también se reactiva una agenda que parecía haberse detenido durante el invierno. El año ya pasó su mitad y, de pronto, sentimos que tenemos que recuperar el tiempo perdido, retomar proyectos, cumplir objetivos y llegar a todo. En este suplemento, que además cumple un año, la fecha invita a celebrar, pero también a hacernos una pregunta: ¿por qué sentimos que el tiempo nunca alcanza?
El reloj avanza al mismo ritmo para todos, pero no todos vivimos el tiempo de la misma manera. Nuestra experiencia está atravesada por las emociones, las expectativas, los recuerdos y la historia personal. Por eso, cuando sentimos que el día nunca alcanza, el desafío no siempre consiste en aprender a organizarnos mejor, sino en revisar cómo habitamos esos momentos y cuánto espacio dejamos para aquello que realmente queremos.
La vida cotidiana está llena de obligaciones: trabajo, tareas domésticas, hijos, actividades y compromisos. Pero la sensación de que nunca llegamos a todo no depende solamente de la cantidad de cosas que tenemos para hacer.
Las redes sociales sumaron otra presión: la comparación. Vemos personas que trabajan, entrenan, viajan, leen, cocinan y parecen disfrutar de cada instante. También vemos cómo se visten, cómo cuidan su piel, cómo organizan sus rutinas y todos los planes que parecen poder sostener. Esa exposición puede instalar la idea de que siempre estamos haciendo menos de lo que deberíamos. Cuando las expectativas se vuelven imposibles de satisfacer, aparecen frustración, enojo y malestar.
Vivir apurados también tiene con secuencias. Mientras hacemos una actividad, muchas veces ya estamos pensando en la siguiente. Esa sensación de urgencia puede aumentar el estrés, dificultar la concentración y hacer que incluso los momentos agradables pierdan calidad. El problema no es sola mente llegar tarde a algo, sino sentir que nunca llegamos a nada.
También cambió nuestra relación con el ocio. El tiempo libre muchas veces se convierte en otra instancia de rendimiento: hacer ejercicio, aprender un idioma, leer, completar un curso o ver la serie de la que todos hablan. Hasta descansar puede sentirse como una oportunidad que deberíamos aprovechar.
De ahí surge la llamada “culpa por descansar”. Para algunas personas, parar se asocia con perder el tiempo o con no estar haciendo algo suficientemente útil. Sin embargo, no todo momento necesita un objetivo productivo. Poder detenerse, estar con otros o simplemente no hacer nada también forma parte del cuidado emocional.
Aceptar que no podemos abarcarlo todo es otro punto fundamental. Siempre habrá libros que no leeremos, series que no veremos, proyectos inconclusos y pendientes que quedarán para después. Pretender llegar a todo solo aumenta la ansiedad. Una frase que suelo utilizar en consulta resume esta idea: “Mejor hecho que perfecto”.
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