Morir en Madrid
Por Jorge Gadano
En la mañana del jueves último, poco después del cruento atentado que sembró de cadáveres a la capital española, el jefe del gobierno de ese país, José María Aznar, responsabilizó del crimen a «la banda terrorista». Sin nombrarla, se refería a la conocida por la sigla ETA. Los miembros de su gabinete le hicieron coro y el ministro del Interior, Angel Acebes, le puso el nombre: ETA.
Desde que, en 1973, el presidente del gobierno franquista, almirante Luis Carrero Blanco, voló por los aires en el barrio madrileño de Salamanca impulsado por una bomba de ETA, no hubo en España, salvo alguna excepción, atentado del que no fuera responsable esa organización terrorista de origen vasco. Parece natural, por lo tanto, que esta masacre, a pesar de no tener precedentes por su magnitud, haya sido inmediatamente atribuida a ETA.
Se podría, no obstante, objetar algún apresuramiento en el gobierno ibérico. Por más que la historia señale a un responsable, es conveniente esperar a que la investigación de los organismos de inteligencia y seguridad del Estado ofrezca algunos resultados. Siempre existe, aunque sea mínima, la posibilidad de un error, y si lo hay, favorece a los verdaderos autores. Por otra parte también conviene estar atento a que los terroristas reivindiquen para sí el ataque. El terrorismo de autor anónimo es un sinsentido, porque los terroristas hacen del atentado su política principal y su más eficaz herramienta de propaganda.
La posibilidad del error se robusteció el mismo día a la tarde, cuando un diario árabe que se edita en Londres hizo conocer un comunicado llegado a su redacción mediante el cual la organización Al Qaeda se adjudicaba el crimen. También por el hallazgo en Alcalá de Henares de una furgoneta en la que se encontraron detonadores y unos versos del Corán.
Estas líneas se escribían el jueves, a tres días de las elecciones legislativas de las que saldrá un nuevo gobierno español. El comunicado de Al Qaeda sembraba dudas y hacía brotar sospechas. ¿Acaso Aznar quería cerrar los ojos de los ciudadanos españoles a la eventualidad de que la matanza fuera una represalia contra la participación de España en la invasión a Irak?
El pueblo español, en encuestas de opinión que tuvieron difusión en nuestro país, se ha pronunciado mayoritariamente contra la participación de sus fuerzas armadas en el derrocamiento de la dictadura de Saddam Hussein. Naturalmente, y como ha sucedido en otros países miembros de la alianza militar que secundó a los Estados Unidos, el rechazo fue mayor cuando comenzaron a caer soldados españoles en el país árabe ocupado.
Es claro que Aznar, jefe también del Partido Popular -al que hasta antes del atentado las encuestas daban como ganador de los comicios de mañana, pero por un margen muy pequeño- debió tener en cuenta que lo más conveniente para la performance de su partido en la elección era la autoría de ETA. Tampoco habrá ignorado que el grupo vasco podría negarlo -lo hizo un vocero de su brazo político, Herri Batasuna- ni que, como sucedió, aparecería Osama ben Laden en escena.
Si, de inicio, el gobierno admitía que podrían haber sido hombres de Osama los autores, la posibilidad de una derrota electoral se acrecentaba. De modo que, aún en la duda, «eligió» a un enemigo que el pueblo español, y mucho más el castellano, condena. Después de haber descartado categóricamente la autoría de un grupo islámico, en una declaración posterior Acebes ratificó su acusación contra ETA, pero abrió una apenas perceptible duda cuando advirtió que había dado instrucciones «para que no se descarte ninguna línea de investigación».
Es que, a esas horas, habían aparecido indicios, en Londres y en Alcalá, que precisamente aconsejaban prudencia en el señalamiento de responsables. La que Aznar no tuvo, bien no por torpe ni alocado, sino porque ha querido, a todo trance, evitar que españoles y españolas vayan a las urnas mañana pensando en que fueron víctimas de una represalia árabe.
Se dirá: ¿qué objeto tiene ocultar lo que, tarde o temprano, se sabrá? Si se sabe temprano, ninguno. Pero temprano significa un plazo de 48 horas, dentro del cual es imposible que los investigadores puedan llegar a una conclusión cierta. Tarde es después de las elecciones. Y si los populares ganan, el gobierno que encabece Mariano Rajoy tendrá alguna explicación del error para el caso de que se establezca que ETA no fue. Lo más difícil de explicar serán los motivos del apresuramiento de Aznar. Todo sin contar que, a lo mejor, no hay nada que explicar, porque -siquiera para no cometer la imprudencia de Aznar- no se puede desechar de plano que ETA, por lo menos, haya tenido algo que ver.
Eso se verá. Mientras tanto una gran masa de indecisos españoles, tal vez la mayor en la historia democrática del país, irá mañana envuelta en la duda a su encuentro con la urna.