Nación rica, país pobre

Por Redacción

Haciendo caso omiso de las advertencias de exintegrantes del equipo gubernamental, como Roberto Lavagna, que temen que a menos que modifique el rumbo el país correría peligro de experimentar un choque comparable al asestado en 1975, cuando Isabel Perón estaba en el poder, por el Rodrigazo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está esforzándose por convencer a la ciudadanía de que, a pesar de algunos pequeños problemas coyunturales provocados por los errores garrafales que siguen cometiendo mandatarios despistados en el resto del planeta que se resisten a prestar atención a sus consejos, la economía argentina sigue avanzando a un muy buen ritmo. Aunque hasta cierto punto la propaganda oficial en tal sentido puede justificarse, ya que sólo en circunstancias realmente excepcionales se le ocurriría a un gobierno desanimar a la población pintando un cuadro negro del futuro inmediato, a esta altura nadie puede ignorar que virtualmente todas las provincias del país enfrentan déficits enormes, razón por la que los gobernadores están haciendo fila ante las puertas de la Casa Rosada para suplicarle a Cristina que les envíe pronto el dinero que, según la legislación vigente, les corresponde. Puesto que, conforme a la versión kirchnerista de la realidad actual, no se da ninguna contradicción entre las penurias de provincias que están al borde de la bancarrota y el estado, presuntamente floreciente, de las finanzas nacionales, la presidenta no tiene más opción que la de acusar a los gobernadores de manejar sumamente mal los fondos que, con generosidad, les facilita para que cubran gastos irrenunciables, adoptando una postura muy parecida a la de la canciller Angela Merkel frente a los integrantes sureños de la Eurozona. Si bien en todas partes es normal que los políticos operen así –lo que, claro está, ha contribuido mucho a provocar la crisis que está agitando a la economía internacional–, no es del interés de la presidenta exagerar. Es verdad que, merced al sistema de federalismo unitario que se ha consolidado aquí, Cristina está en condiciones de repartir dinero entre los gobiernos provinciales, pero sucede que a diferencia de Merkel no está a cargo de una locomotora económica, renombrada por su eficiencia, que sea digna de equipararse con Alemania: si un sector determinado desempeña dicho papel, es el campo, detalle éste que, es innecesario decirlo, la presidenta prefiere pasar por alto. Así lo entiende la mayoría no sólo en la provincia de Buenos Aires sino también en muchas otras jurisdicciones, en especial la de Santa Cruz. Sus habitantes saben que, aun cuando los funcionarios locales disten de ser buenos administradores, las dificultades que están tratando de superar son comunes al país en su conjunto, de suerte que sería absurdo culparlos por todos los baches fiscales que han aparecido en el camino. Mal que nos pese, parecería que la fiesta de consumo ha llegado a su fin y que por un rato tendremos que pagar los costos sin que el gobierno de Cristina, que tanto ha hecho por prolongarla, pueda negarse a hacer un aporte. Que éste sea el caso se ha visto confirmado últimamente por la difusión de cifras relacionadas con las cuentas nacionales. Para sorpresa de nadie, al igual que las provinciales están en rojo y todo hace pensar que la situación continuará deteriorándose en los meses próximos al aumentar con rapidez los déficits. Por fortuna, el precio altísimo de la soja ayudará a aliviar una situación que de otro modo haría inevitable un ajuste realmente traumático, pero no obstante ello el gobierno se verá constreñido a frenar el crecimiento del gasto público. En vista de la campaña retórica que ha librado Cristina contra todo lo relacionado con los ajustes y la austeridad, hacerlo no le será del todo grato, pero tal y como están las cosas no tendrá más alternativa que la de reconocer que incluso en la Argentina kirchnerista existen ciertos límites. Aunque el gobierno pueda echar mano a las reservas del Banco Central y a lo que todavía queda del dinero, que en teoría pertenece a los jubilados, que maneja la Anses, las “cajas” así supuestas no contienen lo suficiente como para permitirle continuar gastando tan alegremente como se acostumbró a hacer cuando el “modelo” kirchnerista era superavitario y crecía a “tasas chinas”.


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