Nada es eterno

Por Redacción

El kirchnerismo y su presidenta no defraudan. Ambos se esfuerzan en hacer honor al refrán: “Genio y figura, hasta la sepultura”. Los últimos acontecimientos –y sin duda los que vendrán– son buena prueba de ello. La negativa expresa de Cristina Fernández de Kirchner a facilitar un traspaso ordenado de poderes a su sucesor duró, prácticamente, lo que un dulce a la puerta del colegio. Al día siguiente de tratar al presidente electo como si fuera su cómplice, o el chico de los recados (“vení” solo, sin fotografías, sin sala de prensa, etc.), la mujer más poderosa de la historia argentina dijo que siempre va a facilitar la gobernabilidad. En 24 horas, lo que hasta ese momento era una contradicción evidente pareció dejar de serlo. La jefa del Estado le dio “expresas instrucciones” a Aníbal Fernández para que recibiera a Marcos Peña, en una reunión que éste calificó de “cordial” y “positiva”. La extraña secuencia se explica en un combinado de brújula perdida y “relato”, esa historia falsa que, de tanto repetirla en está década, para muchos fue verdad. En lenguaje coloquial, se resume en decir una cosa y hacer la contraria sin reconocerlo. Los últimos días de este gobierno están sacando lo peor de un poder que termina y, salvo milagro o maldición, no volverá nunca más (el peronismo auténtico se ocupa de esto). Las miles de designaciones, para colocar a la tropa leal, que se publican todas las mañanas en el Boletín Oficial del Estado (y los contratados que no salen) son una muestra de ello. Otra, los camiones de Prosegur transportando millones y millones de pesos por Santa Cruz, la provincia de la familia Kirchner donde, en teoría, gobernará la tía Alicia, como diría Máximo Kirchner (la Justicia analiza anular la ley de lemas que la aupó al poder). El tercer escenario que termina de pintar un cuadro grotesco de este período de la democracia argentina, según la entienden la presidenta, sus gobernadores, un sector de la Justicia, buena parte de los grandes empresarios y los legisladores que hasta hace muy pocas horas se atrevían a negarle poco o nada a “la jefa”, se encuentra en el Congreso. La viuda de Néstor Kirchner amplió el período de sesiones para poner a toda máquina el engranaje legislativo que termine de sincronizar una bomba hecha a medida para erosionar el poder de Mauricio Macri. El artefacto, imposible de desactivar a corto plazo, le estallará en la cara cuando asuma el 10 de diciembre. Como los tiempos son los que son y no se pueden modificar por mucho que se echen atrás las manijas del reloj, el kirchnerismo pisó el acelerador y aprobó, en su última sesión y de una tacada, 96 proyectos de ley. Parece algo de ciencia ficción (ni leían los proyectos, sólo los enumeraban) pero es la realidad. En este tótum revolútum, algunos diputados de izquierda, como Victoria Donda, Claudio Lozano y Nicolás del Caño, se prestaron al juego (sucio) de dar quórum. Lo hicieron por distintos motivos a los del kirchnerismo pero, que no se engañen, fueron extraordinariamente funcionales para consumar, una vez más, actos impropios –por no decir indignos– de servidores públicos. Se justificaron, sin mencionarlo, en la máxima “El fin justifica los medios”. Dicho en sus palabras, en su interés en dar luz verde a proyectos atrasados en los que creen, como la expropiación del Hotel Bauen y su entrega a los trabajadores o la estatización de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio, ambas medidas, si son ratificadas en el Senado, aumentarán la abultada herencia hecha deuda del próximo gobierno. La pintura completa de este fin de año, de ciclo, de una década que llegó a parecer eterna, posiblemente tenga el efecto contrario al deseado en los estertores del kirchnerismo. Macri, con el argumento de esos atropellos, podría arrancar su gobierno, con justificación razonable, con una batería de decretos de necesidad y urgencia. Tantos como designaciones y leyes que los otros –los que se van pero se quedan en el Senado y en Diputados– aprobaron. Dentro y fuera de la Argentina se empieza a mirar a Mauricio Macri como la víctima de un régimen que se resiste a morir. Presidentes como la alemana Angela Merkel, la brasileña Dilma Rousseff o el español Mariano Rajoy (en el banquillo de las elecciones en diciembre) lo invitaron a visitar sus países, mientras Barack Obama, David Cameron (sí, el inglés), Tabaré Vázquez, Juan Manuel Santos, Michelle Bachelet y una lista larga –incluido Evo Morales, que anunció “problemas” si ganaba Macri– lo felicitan por lograr el cambio y le tienden la mano. La conducta de las últimas semanas (y antes) de Cristina Fernández de Kirchner, las recientes declaraciones de Hebe de Bonafini (“Macri es el enemigo peligroso”), su convocatoria y la de La Cámpora a manifestarse en el Congreso y en Plaza de Mayo para arruinarle el traspaso de mando al presidente electo, o la afirmación de Estela de Carlotto de que el gobierno que viene “es sólo una pausa”, no están en sintonía con lo que la mayoría de los argentinos votó. Lo que se viene no es más de lo mismo con un sello Pro. Es otra cosa, algo diferente y, por fortuna, no será eterna. Aunque, en rigor, “Cristina” tampoco lo fue. (*) Corresponsal del ABC de Madrid

Carmen De Carlos (*) – @CarmenDeCarlos (Corresponsal ABC Madrid)

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