Neuquén y Río Negro, tan lejos del país peronista

Por Gabriel Rafart

Por Redacción

Dos décadas de democracia política han facturado, en diversas entregas electorales, un «país peronista» y otro no peronista. Las elecciones del 2003 fue su más reciente y definitivo acto. De veinticuatro distritos, el peronismo gobierna dieciséis. En uno de ellos hay mandato directo de la presidencia de ese «país» por la intervención federal. Habría que contar otras dos provincias y a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En estos tres territorios políticos, los herederos del general se sienten tan cómodos que son capaces de transitar alternativamente unos por la vereda del oficialismo y otros por la de la oposición. Es cierto que esos oficialismos son parte de la transversalidad provisoriamente estancada o acaso archivada en estos días.

La geografía no peronista parece reducirse a cinco provincias. Sin embargo, tanto Chaco como Tierra del Fuego y Mendoza han conocido, en algún momento de su historia reciente, al PJ en el gobierno. Sólo Río Negro y Neuquén se muestran distantes del «país peronista». ¿Son estas dos provincias la verdadera Argentina no peronista, deseada y temida a la vez? ¿Por qué estos distritos siguen siendo esquivos a la voluntad del peronismo como gobierno? ¿Carecen estas provincias de líderes efectivos, de recursos políticos, de afirmación territorial o de la suficiente colaboración proveniente de esa «nación peronista», que sí ha sabido gobernar al país por catorce años desde 1983?

Transcurrido un año de la «peronización» del territorio nacional, una nueva sección del justicialismo neuquino parece haber apostado fuertemente por alejarse de su propio país. Del lado rionegrino, las cosas no prometen ser diferentes.

La reciente ruptura dentro del peronismo legislativo neuquino y la afirmación dentro de ese mismo escenario de actuación política de dos bloques «neos» o «post» -no se sabe exactamente si las huestes de Rachid y Machi son neomenemistas, neoemepenista o en todo caso pos-neoperonista- confirman el grado de debilidad del 'pejotismo' partidario, tanto por su fragmentación virulenta como por su dependencia al MPN. Del otro lado, las pretensiones del justicialismo rionegrino para sumar, de cara a las legislativas del 2005, a las huestes del ex intendente Arriaga, sin haber logrado reconciliarse con algunos integrantes de esa moribunda alianza que es el MARA, son parte de la misma experiencia, de impotencia y desconcierto. En honor a la verdad, el peronismo rionegrino tuvo más oportunidades que su hermano neuquino. Allí está a la vista del historiador de la política reciente la frustración del '95, donde algo más de medio millar de votos a favor de la UCR le birló el triunfo a la fórmula Costanzo-Salto. Ocho años después, el traspié electoral fue para el binomio Soria-Durán. Esta vez la diferencia fue por algo más de cinco mil votos en momentos en que la UCR había perdido más de treinta mil sufragios con respecto a la elección donde fue reelecto Verani.

A primera vista el justicialismo de Río Negro logró consolidarse como una maquinaria más sólida y vigorosa que la neuquina. Exceptuando las elecciones de 1991, el PJ de esa provincia siempre lograba superar holgadamente el treinta por ciento de los sufragios. Si bien nunca lo suficiente para arrebatarle el gobierno a la UCR. Ni siquiera en las dos ocasiones mencionadas -1995 y 2003- donde el partido de Alvarez Guerrero, Massaccesi, Verani y Saiz se encontraba en su momento más crítico. Lo curioso de esta historia es que mientras esa UCR perdía poder en el escenario nacional lograba, simultáneamente una mayor afirmación en el ámbito provincial. Y esa provincialización radical fue suficiente para seguir ganando elecciones. En cambio, el proceso fue inverso para el justicialismo. En efecto, durante la prolongada década menemista, el año y medio de Duhalde presidente y lo que va de la presidencia de Kirchner, no fueron pocos los hombres peronistas que adquirieron posiciones relevantes dentro de esas administraciones. Sin embargo, la preeminencia «dentro del país peronista» de Del Bello, Costanzo, Soria y Pichetto, entre otros, no logró su correspondencia electoral en el escenario rionegrino. Nada de esta «nacionalización» del peronismo rionegrino alcanzó para ganar las elecciones. Aun más, hizo al PJ rionegrino una estructura dependiente no de toda la nación peronista, sino de una parte de ella, de la política facturada en el conurbano bonaerense y en La Plata. Parece que Carlos Soria es quien tomó nota de lo sucedido, aprendió una parte de la lección. Después de la derrota para ser gobernador, se volcó a un territorio municipal. También es cierto que su actual refugio roquense es el fiel reflejo de quien quiere mantenerse a flote dentro de una clase política, ya peronista, ya radical, que se resiste a perder.

La situación del peronismo neuquino languidece de manera más dramática. Y esta historia no sólo se remite a la desafección de Gallia júnior de hace un año atrás a ser candidato a gobernador. Ni se detiene en el nuevo bloque de Honestidad y Transparencia de Gallia padre. La repentina vocación reformista de este último y seguramente los recursos obtenidos por prestarse a ella le permitirán, en un futuro próximo, asumir con mayor entereza esa suerte de Alfonsín neuquino en la que se convertirá, obteniendo para sí o para los suyos, el control del pejota oficial.

Pareciera que la debilidad del justicialismo rionegrino pasa en gran parte por sus éxitos dentro del país peronista. En cambio, para su pariente directo neuquino, la flaqueza se debe mayormente a esa dependencia estrecha, no a la política nacional, ni provincial como un todo, sino al partido de gobierno local. La historia reciente lo confirma. Sea con Miralles defendiendo en 1999 una alianza con Sobisch, en el 2003 los peronista neos o post llevando al hombre fuerte del MPN como candidato a gobernador o a la salida cantada de Gallia del bloque legislativo peronista. Si éste es el derrotero de los hombres justicialistas para ambas provincias, su inclusión dentro del país peronista demorará más de lo esperado. Neuquén y Río Negro seguirán siendo territorio liberado del país no peronista.


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