Niños envueltos
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
A fines del año pasado leímos con sorpresa cómo, por primera vez en la historia del andinismo, un niño de nueve años había hecho cumbre en el cerro Aconcagua, de 6.962 metros. Para que Tyler Amstrong pudiera cumplir dicho récord mundial su padre tuvo que pedir un permiso especial de la Justicia mendocina, toda vez que tales ascensos están prohibidos para menores de 18 años. Kevin Amstrong argumentó que su pequeño hijo ya había escalado con él los montes Kilimanjaro –de 5.895 metros, en Tanzania– y Whitney –de 4.421 metros, la cima más alta de Estados Unidos–. Se trató de la segunda autorización judicial para que un niño ascendiera el gigante americano, ya que en el 2008 un menor de 11 años llamado Jordan lo había escalado acompañado por sus padres Karen Lundgren y Paul Romero. El mundo de las carreras tampoco es ajeno a este tipo de historias. Anthony Russo, un niño de sólo cinco años, corrió una media maratón en dos horas veintidós minutos, otro de seis años hizo el mismo recorrido en dos horas diecinueve minutos y un tercero de la misma edad fue capaz de terminar –llorando– la maratón de Taipei. Carlos Cordente, en su artículo “Locuras paternas” (“El País”, 28/3/14), sostiene que tales hechos debieran constituir un delito por someter a un niño a un estrés absolutamente innecesario y, en muchos casos, a un peligro para su salud. Ahora bien, cuando los padres son consultados al respecto suelen responder que el niño es quien decide y que ellos simplemente apoyan y acompañan. Al decir de este autor, “me da igual que el niño diga que disfruta con el tema. ¿Quién decide realmente que un menor de 10 ó 12 años (no digo ya 5 ó 6) realice una maratón? Los padres. ¿Cuál es realmente la capacidad de un niño de esta edad para valorar las consecuencias de una decisión de este tipo? Ninguna. El niño hará lo que sea con tal de agradar a sus padres e incluso creerá disfrutarlo”. Los casos mencionados demuestran una sobreexigencia o ignorancia paterna sobre la evolución madurativa de sus hijos, que en sus primeros años de vida debieran jugar con su propio cuerpo y con sus amigos sin necesidad de alcanzar récords o ingresar en competiciones extremas. En su afán de conquistas, los padres consciente o inconscientemente no respetan la edad cronológica ni mental de sus hijos y queman así una etapa de sus vidas que no debiera estar sujeta a semejante tipo de presiones. Los “extranjeros” En la Ciudad de Buenos Aires, según un informe de “Clarín” del 23/3/14, se repiten un fin de semana tras otro situaciones ruines rayanas en la explotación infantil. En los campeonatos de la Federación Amistad Fútbol Infantil (FAFI) compiten 120 clubes divididos en letras, de la “A” a la “G”. Cada sábado, más de 5.000 chicos juegan en la liga. Se cree que de la “A” a la “C” la mayoría de los clubes contrata “extranjeros”. “Los extranjeros” son los niños que no pertenecen a un club y que son llevados en remises, camionetas o motos para reforzar a determinado equipo a cambio de una suma de dinero. Una vez concluido el partido y percibido el monto acordado, son llevados a otra institución donde repetirán la operatoria. En la semana, a diferencia de los equipos que no pagan, los “extranjeros” no entrenan con sus compañeros. De acuerdo con el referido informe, hay chicos que llegan a jugar hasta tres partidos por sábado y dos por domingo. Los horarios de las distintas ligas hacen que sea posible. A un promedio de 200 pesos, que es el “básico” que pagan los clubes, un chico de entre 6 y 13 años puede generar 4.000 pesos al mes. En el ambiente se sostiene que las zonas donde se encuentran los mejores jugadores son Pacheco, Tigre, José C. Paz, San Miguel, Moreno, Quilmes, Florencio Varela y Laferrere. Para el exlegislador Milcíades Peña, “las ligas hacen la vista gorda. Pero los primeros responsables son las comisiones directivas de esos clubes. Yo he discutido mucho del tema; los representantes están convencidos de que les hacen bien a los pibes pagándoles por jugar. Pero vos tenés que ver esa situación: los chicos todos transpirados, arriba de una camioneta esperando que llegue la plata para bajar a jugar”. Corresponde decir sin eufemismos que no constituye un juego que un chico vaya de cancha en cancha para ganar dinero. La presión a la que está sometido por quienes lo contratan para ganar y por los propios padres que esperan por sus ingresos constituye una tortura psicológica que un pibe no debe atravesar. Tales prácticas debieran ser prohibidas y las federaciones, desafiliar a los clubes que se presten a las mismas. Si existiera voluntad política para ello, simplemente con iniciar los encuentros en el mismo horario y realizar un control exhaustivo de fichajes y documentos alcanzaría. El vislumbrar que un pequeño tiene posibilidades de ser transferido a futuro y con ello se discutan derechos de representación o de formación estimula a que este tipo de hechos tenga carta blanca en las ligas infantiles, situaciones que nada tienen que ver con el espíritu del deporte y que exigen de una pronta intervención para que niños de tan corta edad no sean envueltos en las miserias de los adultos que los rodean. (*) Abogado. Procurador marceloangriman@ciudad.com.ar