“No importa demasiado lo que suceda en el campo de juego”

Por Redacción

De un tiempo a esta parte el fútbol argentino se ha tornado un tanto complicado de entender y esto se debe a varios motivos, entre ellos uno que resalto es que el juego perdió trascendencia. No importa demasiado lo que suceda en el campo de juego. Desde hace varios años se ha incrementado el culto a las hinchadas, los ultras o las barras bravas. Lo más importante del entretenimiento comenzó a pasar por los colores, la multitud, las banderas, los cánticos ingeniosos, los globos, los papelitos. El juego ha quedado en un segundo plano. Los protagonistas, o sea los jugadores, aseguran que cuando pierden sufren “por toda esta gente que nos sigue”. Esta gente es custodiada en su viaje hacia los estados por una fuerza de elite policial, separándola del resto de la sociedad para que nada malo les suceda a los demás, al común denominador de la ciudadanía ante el paso de aquellos sujetos que se dirigen a alentar a su equipo de fútbol, porque ellos son lo importante del espectáculo y deben llegar al estadio sin importar lo que suceda a su paso. Los encargados de los operativos de seguridad deben emular a un Patton, a un Rommel o al más brillante general porque deben pensar muy bien cómo tomar el extremo cuidado para que las parcialidades estén debidamente separadas, y para ello se usan alambrados de púas, próximamente electrificados, fosos con cocodrilos, campos minados, perros, caballos, escudos, bastones, gases, con miles de policías superequipados a fin de evitar que las parcialidades se maten entre ellas, asimilando el teatro de operaciones a las fronteras más calientes de la tierra, tal vez las dos Coreas, Israel y Palestina. Si se diera la casualidad que un desprevenido con una camiseta de fútbol cruzase el camino con la parcialidad de otro equipo, pobre del desprevenido y su salud. ¿Cómo se le ocurre ser de otro equipo y andar así, tan libre al paso de una hinchada rival? Habrá que golpearlo convenientemente, quizás hacerse de su camiseta como trofeo, porque los colores se defienden. Y en un futuro el gobierno argentino le pondrá un GPS al ómnibus de las hinchadas para que la gente se aparte de su camino. Y de tanta participación e importancia que se le dio al público más caracterizado, perder ya es cosa del pasado, nadie lo desea, y lo que es peor: no se tolera. El fútbol argentino es un caso particular. En la primera división los tres últimos equipos que resulten al final del campeonato perderán la categoría, eso sí, salteando un engorroso sistema de promedios difícil de explicar. Bien, tres equipos descienden y tres ascienden. Aquello que fue pensado como un juego se transformó en una cuestión de vida o muerte: “Ustedes no defienden la camiseta. ¡Mercenarios!” Pero, como todo juego, alguien debe perder, aunque no se entiende así: amenazas de muerte a los jugadores, suspensiones forzosas de encuentros por parte de las hinchadas ante las cargadas de los rivales, escándalos, denuncias, peleas, hasta los propios jugadores deben cuidarse de dónde gritar los goles, no sea cosa que algún hincha se enoje. ¿Y entonces?, ¿qué hacemos? Lo mejor sería que el día de partido no haya jugadores, directores técnicos ni árbitros. Sólo el público, las hinchadas desplegando sus banderas, cantando, alentando y que nadie pierda, se insulten las parcialidades opuestas, se desafíen a pelear, se acuerden de la historia de sus equipos y luego de una hora se retire cada uno a su hogar en paz y armonía, y así nadie podrá sentirse enojado. Ignacio Díaz, DNI 29.111.188 Buenos Aires

Ignacio Díaz, DNI 29.111.188 Buenos Aires