“Nos hundíamos,

El 4 de mayo de 1982, Daniel Agüero tenía 22 años. Y una responsabilidad: el timón del “Belgrano” cuando un submarino británico lo atacó y hundió. Corría la Guerra de Malvinas. Pasó casi 24 horas en una balsa.

Redacción

Por Redacción

entrevista: A Daniel Agüero, último timonel del crucero “General Belgrano”

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

— El 2 de mayo del ´82 usted estaba al timón del “Belgrano”. ¿Qué recuerda del ataque?

— Había tomado el puesto momentos antes, a las 16. Tenía cuatro horas al timón y estaba solo en ese puente. El “Belgrano” tenía dos puentes. Uno el de timón y otro, arriba, destinado a otras operaciones y donde generalmente estaba el comandante. Había otro timón a popa. Se operaba manualmente y era de auxilio. Entraba en función ante problemas en el hidráulico. Y del golpe, la explosión… el primer torpedo.

¿Usted establece alguna diferencia entre el estallido del primer torpedo y el segundo? De hecho, entre uno y otro hay segundos de diferencia.

— Hay diferencia de tiempo, sí. Pero en esos momentos y luego, al recordar, para mí se integran casi en una misma explosión. Es como un único sacudón. Y mire que el “Belgrano” era una mole de 14.000 toneladas…

Hay tripulantes que creen que el buque se levantó, se encabritó, digamos; ¿qué percibió usted?

— Que se clavó en el mar. Zarandeado, sí. Pero clavado. Todo dejaba de funcionar…Todo.

¿Usted quedó aferrado al timón?

— ¡No, no! Imposible. ¡Qué aferrado! La explosión me sacó del timón, fui para aquí y para allá. Quedé dolorido pero entero… pude pararme. Constaté que mi timón ya no gobernaba el buque… quise comunicarme con la gente del timón de popa, pero el sistema de comunicaciones interno ya dejaba de funcionar… bajaban los oficiales desde el puente superior, comenzaban la bajar.

¿Pensó que habían sido blanco de torpedos?

— En lo inmediato no. Pensé en un choque con un campo minado.

Pero el minado en mar abierto no parece haber sido ejecutado en la Guerra de Malvinas. Sí lo fue en la boca de la bahía de Puerto Argentino, por caso, y en tierra.

— Es lo que pensé. Pero inmediatamente se supo que se trataba de torpedos.

¿La tripulación sabía que el buque podía ser blanco de algunos de los cinco submarinos británicos que rondaban las islas y acechaban el continente?

— Por supuesto. Pero la información más precisa sobre ese tema la manejaba la plana mayor del buque. Al momento del ataque, navegábamos rumbo al oeste, a Ushuaia. Nos alejábamos de Malvinas… íbamos a 18 nudos de velocidad con nuestros escoltas a distancia.

¿Ustedes regresaban al continente tras no poder materializarse una operación de la flota argentina, el 2 de mayo, de atacar a la flota inglesa antes de que esta terminara de reunir todo su poder, operación que fracasó porque ese día no hubo viento y los aviones no pudieron despegar del portaaviones 25 de Mayo?

— Veníamos de días de cubrir puestos de combate, un estado que dejamos cuando rumbeamos hacia el continente. El buque navegaba alerta pero sellado: nadie en cubierta. En ese tipo de buques veteranos, a la hora de combate la cubierta tiene mucha gente sirviendo armas a proa, popa, babor, estribor. Teníamos mucho entrenamiento. Habíamos partido el 16 de abril de Puerto Belgrano rumbo al sur y meta ejercicios, ejercicios, entrenamiento… Y nos sirvió de mucho.

¿En qué momento?

— Al ser atacados y luego cuando se ordenó el abandono del buque. Se dio la orden aun en el marco de lo brutal de la situación. Se rescataban heridos, se ayudaba a subir a las balsas. Y todo bajo apuro ante la posibilidad de que el buque diera vuelta de campana en cualquier momento… ahí, chau. El abandono del buque fue tan ordenado, tan profesional, que de los cruceros y acorazados hundidos a lo largo de la Primera y Segunda Guerra Mundiales, o sea buques grandes, el “Belgrano” es el único que pudo ser abandonado por mucho más de la mitad de su tripulación. Y esto teniendo en cuenta que se trató de torpedos, de impactos bajo la línea de flotación o sea de entrada masiva, rápida de agua y en condiciones climáticas muy hostiles.

¿En la Armada Argentina existía -al menos en ese momento y existe en otras marinas del mundo- la decisión de pegarle un balazo al tripulante que se descontrolara, que se convirtiera en un problema en el marco de un hundimiento, zafarrancho de abandono?

— Por supuesto. Es norma establecida. Y los oficiales o suboficiales podían llevar la pistola para proceder.

Los torpedos entraron por la banda de babor. ¿Cómo recuerda el movimiento de escora que fue ganando al buque hacia esa banda?

— Fue un proceso irreversible. A los 20 minutos, el comandante del buque Aldo Bonzo ordenó el abandono. Entraba y entraba agua con tal rapidez que subíamos a las balsas caminando, inclinados, pero en general sin tener que tirarnos al agua… en general…

¿En todo ese trámite usted percibió que adentro del crucero había mucha muerte?

— Y sí… especialmente en las cubiertas baja de popa… es… es (NdR: aquí la voz de Agüero denuncia estar bajo fuerte emoción).

Dejemos esto…

— No, no. Fui soldado profesional. Cumplí con mi deber en una causa justa. No soy un héroe. Héroes son los camaradas caídos. Siempre están en uno.

¿Y entonces, la balsa?

— Sí, primero solo. Luego llegó nadando un camarada. Teníamos un problema: el mar no nos despegaba del crucero. Nos llevaba hacia proa a punto tal que en un momento dado, a más y más escora, quedamos junto a las torres de los cañones de proa. El mar nos iba a tragar… Varias olas inmensas nos alejaron y la balsa se fue cubriendo… 20 tripulantes, uno de ellos muertos…Y llego la noche. La noche era toda la noche. Y las olas todas las olas. Todos sentados en círculo. Poníamos la cabeza contra el hombro del camarada, y así toda la ronda para darnos calor y así, así… dos días. Nuestra balsa fue rescatada el martes al mediodía.

— ¿Molidos de cuantas cosas?

— De pelearle a la muerte. Porque nos acariciaba, nos llevaba. Y otra cuestión sobre lo organizados que estábamos: en cada balsa había un paquete con alimentos. Pero el reglamento establece que sólo se puede abrir pasadas las 72 horas, dado que se presume que el náufrago viene de estar bien alimentado e hidratado. Y lo estábamos. Aguantamos. En esas horas, lo nuestro era la vida que se nos iba.

— ¿Pensar en qué?

— En vivir. Rezar… ¡Cuánto Padre Nuestro y Ave María le metimos a esa balsa! Y Arengar… no dejar de arengar..

¿Arengar sobre qué?

— Darnos ánimo. Forma parte del náufrago. Una forma de pelearle a la idea de muerte… Mire, en las primeras horas en las balsa vimos luces verdes y quizá de otro color. “Nos vienen a rescatar”, dijimos. Pero las luces desaparecieron… Entonces, el bajón. Entonces, alguien larga la arenga: “¡Vamos carajo, nos están buscando. No nos van a abandonar, mierda!”, “¡valor, fuerza, somos navales, somos marinos, somos soldados!”, “¡vivir por nuestros camaradas muertos, por nosotros, por nuestras familias!”. Y “¡viva la Patria!”. Gritar, meter emoción ahí… entre olas que nos querían mandar al fondo… Pero les ganamos… Nos hundíamos, pero del miedo sacamos coraje.


entrevista: A Daniel Agüero, último timonel del crucero “General Belgrano”

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