Obama castigado
Según el presidente norteamericano Barack Obama, la derrota contundente que acaban de experimentar los candidatos del Partido Demócrata oficialista en las elecciones legislativas se ha debido a que “la gente está profundamente frustrada” porque, “si bien hemos estabilizado la economía, no ve ese progreso”. Aunque afirmó que “como presidente acepto la responsabilidad” por dicha situación, no la atribuye a las medidas que ha tomado su gobierno sino a errores de comunicación, como si sólo se tratara de encontrar las palabras necesarias para explicar a la gente lo que está haciendo. Desgraciadamente para Obama y para los demócratas que luego de dos años de hegemonía legislativa vieron diezmada su bancada en la Cámara de Representantes pero así y todo lograron conservar la mayoría en el Senado en que se renovaron 37 de los cien escaños, el triunfo rotundo de los republicanos no fue consecuencia de las eventuales deficiencias retóricas del presidente y sus voceros. Tampoco se debió sólo al malestar provocado por el letargo económico y por la desocupación resultante. Lo que más preocupa a quienes votaron en contra de los demócratas es la sensación de que bajo Obama su país ha emprendido un rumbo que lo llevará a un desastre descomunal. Conforme a las pautas de otros países, Obama dista de ser un “socialista” o “izquierdista”, como dicen sus críticos más exaltados, pero no cabe duda de que tanto él como el ala “progresista” del Partido Demócrata están a favor de aumentar mucho el papel del Estado en la vida nacional. Para la mayoría de sus compatriotas dicha propensión plantea una amenaza muy grave a un sistema socioeconómico que a través de los años se ha mostrado más dinámico y más productivo que cualquier otro. Temen que los intentos del equipo de Obama de instrumentar reformas, como la destinada a ampliar el sistema público de salud, de inspiración europea signifiquen que Estados Unidos se resigne a un futuro parecido al presente europeo que, suponen, se ve caracterizado por el estancamiento económico y el poder creciente de burócratas no elegidos, alternativa ésta que no les gusta en absoluto. Puede que hayan exagerado el peligro que a su entender supondría lo que aquí se llamaría “la profundización del modelo” previsto por Obama y sus aliados legislativos pero, por ser Estados Unidos un país de centroderecha de tradiciones libertarias, ningún gobierno puede darse el lujo de emprender programas sociales tan ambiciosos como los propuestos por los demócratas. Otro motivo de preocupación para los votantes norteamericanos tiene que ver con las dimensiones colosales de los “paquetes de estímulo” keynesianos con los que el gobierno de Obama ha procurado reactivar la economía. Al igual que muchos dirigentes europeos, con escasas excepciones son reacios a creer que la mejor manera de superar una crisis causada por el endeudamiento excesivo consista en acumular más deudas gigantescas. Por instinto, repudian los consejos de economistas prestigiosos que les aseguran que, dadas las circunstancias, se trata de la única forma de impedir que la crisis desatada por el colapso financiero de la segunda mitad del 2008 se prolongue por muchos años más. Con todo, si bien “la frustración” provocada por los problemas económicos y la incertidumbre contribuyó al retroceso de los demócratas y el avance estrepitoso de los republicanos, también hizo su aporte la conciencia de que Obama no es una especie de superhombre sino un político de capacidad limitada que, en el transcurso de su breve carrera como senador estadual en Illinois y, por dos años, nacional, nunca tuvo que esforzarse mucho. Por lo demás, a menudo Obama ha brindado la impresión de creer que la oposición a sus medidas se debe a que sus adversarios sencillamente no entienden lo que está en juego, no a que por razones legítimas las suponen equivocadas, de ahí la convicción de muchos de que es un “elitista” soberbio que desprecia a todos aquellos que no militan en su propia facción del Partido Demócrata. Tales actitudes son frecuentes en todos los países, pero en uno de ideología igualitaria como Estados Unidos los “políticos de raza” saben muy bien que es necesario disimularlas, ya que hay pocas cosas más urticantes para el hombre de la calle que la presunción de superioridad intelectual y moral por parte de sus gobernantes.