Obama en su laberinto
Si lo que querían los terroristas del autodenominado Estado Islámico (EI) era provocar tanto al gobierno de Estados Unidos que no le quedara más alternativa que la de intervenir nuevamente en una región que preferiría abandonar a su suerte, ya lo han logrado. A pesar de sus propios sentimientos pacifistas, el presidente Barack Obama se ha visto constreñido a intensificar los ataques aéreos contra los yihadistas y procurar construir una alianza con países europeos y árabes que, espera, le permita limitarse a librar una guerra mayormente tecnológica sin que haya bajas militares estadounidenses. No hay garantía alguna de que la estrategia elegida brinde los resultados deseados. Mientras que los regímenes árabes dispuestos a colaborar con Washington están tan acostumbrados a depender de tropas occidentales que serán reacios a emplear sus propias fuerzas militares, que en muchos casos no son nada confiables, los yihadistas sabrán aprovechar el presunto protagonismo de los norteamericanos y europeos calificándolos de imperialistas en guerra contra el mundo musulmán. También ocasionará dificultades el hecho desafortunado de que, entre los enemigos más decididos del EI, estén la teocracia iraní y la dictadura del alauita sirio Bashar al Assad. Aunque Estados Unidos se ha resignado a incluir al régimen militar egipcio en la coalición que está formando, todavía se resiste a brindar la impresión de querer reconciliarse con Irán y Siria. Y, para complicar aún más la situación en la región más peligrosa del planeta, el gobierno islamista de Turquía teme más a los kurdos, los aliados más eficaces del Occidente en el Oriente Medio, que a los yihadistas y por lo tanto dosificará sus eventuales aportes al esfuerzo multinacional por destruir cuanto antes al embrionario “califato”.
Luego de la guerra de Vietnam, los militares norteamericanos llegaron a la conclusión de que siempre es un error aplicar una estrategia de escalada progresiva, de aumentar gradualmente la presión hasta que por fin el enemigo se rinda, porque, además de permitirle adaptarse modificando sus tácticas, facilita el surgimiento de movimientos antibelicistas internos. En la actualidad, la mayoría abrumadora de los norteamericanos quiere que su país haga cuanto resulte necesario para destruir al EI, pero la opinión pública es veleidosa y, de prolongarse la lucha con una mayor participación estadounidense, podría cansarse de lo que sería “la guerra de Obama”. Por lo demás, en el Oriente Medio los cambios son tan frecuentes que los amigos de hoy podrían ser los enemigos de mañana, lo que no perturba demasiado a quienes están habituados a que las alianzas sean meramente coyunturales pero que molesta sumamente a muchos norteamericanos.
Por razones militares, políticas y, en vista de la brutalidad extrema de los yihadistas, humanitarias, lo mejor para Obama y los millones de personas que corren el riesgo de ser víctimas de la saña de fanáticos sanguinarios sería una campaña breve, contundente y, desde luego, exitosa, pero lo que los norteamericanos parecen tener en mente es una contraofensiva larga y cautelosa que podría fracasar. Obama demoró tanto en entender que sería inevitable que la retirada apurada de Estados Unidos de Irak y Afganistán tuviera consecuencias muy negativas que su intento tardío de impedir que buena parte del Oriente Medio se entregue a la barbarie sectaria ha motivado más escepticismo que alivio. Desgraciadamente para él, y para muchísimos otros, a esta altura muy pocos confían en la voluntad, o la capacidad, de Estados Unidos de ayudar a pacificar una región convulsionada que pronto podría comenzar a exportar la violencia terrorista extrema a Europa, América del Norte, China, Rusia e India. La ambivalencia de Obama, que hace algunas semanas confesó no tener una estrategia para enfrentar al EI, sólo ha servido para que haya más incertidumbre. Ya ha brindado a los yihadistas una oportunidad irresistible para ocupar un vacío de poder y, a menos que comience a actuar de manera más coherente, les permitirá continuar perpetrando atrocidades, decapitando, crucificando o fusilando no sólo a rehenes occidentales sino también a millares de hombres, mujeres y niños cristianos, yazidíes, chiitas y hasta sunnitas que a su juicio son demasiado moderados como para merecer vivir.