Obama y el islam
La relación difícil de los musulmanes con los demás es uno de los problemas principales que enfrenta la llamada comunidad internacional. Puede que los islamistas militantes constituyan una minoría reducida de los más de mil millones que se afirman fieles al credo fundado por Mahoma, pero su impacto geopolítico ya ha sido inmenso. La revolución islamista de 1979 en Irán modificó radicalmente la situación en el Medio Oriente y amenaza con dar pie a una conflagración nuclear. Islamistas tanto sunnitas como chiítas están desempeñando papeles clave en el Líbano y Gaza y, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos y sus aliados, en el futuro no muy lejano podrían apoderarse de Afganistán, Pakistán, Turquía, Egipto, Yemen, Somalia y otros países. En Europa se han formado enclaves dominados por extremistas en que la policía local es reacia a intervenir. Y en Estados Unidos, blanco en septiembre del 2001 del atentado terrorista más espectacular de la historia, la cuestión de cómo reaccionar frente al desafío planteado por la militancia islamista está contribuyendo a socavar la gestión del presidente Barack Obama. Lo mismo que su antecesor, George W. Bush, Obama insiste en que el islam es “una religión de paz” y que la versión de los yihadistas es una distorsión maligna de la auténtica fe. En base a esta tesis, ha procurado congraciarse con el mundo musulmán exagerando la importancia de sus aportes al desarrollo de Estados Unidos, al respeto por los derechos humanos y a la cultura moderna, pero su prédica en tal sentido lo ha perjudicado. Mientras que en los países musulmanes la mayoría abrumadora cree que en Irak, Afganistán y Pakistán Obama está liderando una nueva cruzada, en Estados Unidos lo critican por su voluntad de asumir una postura humilde ante quienes no disimulan el odio que sienten hacia no sólo la superpotencia sino el Occidente en su conjunto. Según todas las encuestas, en los meses que siguieron a la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, la mitad de los norteamericanos suponía que el islam era una religión no muy distinta de otras y por lo tanto era un fenómeno benéfico, pero en la actualidad más del 70% lo cree incompatible con el estilo de vida de su propio país. El cambio drástico así supuesto puede entenderse; en el 2001 pocos norteamericanos sabían mucho del islam, pero a partir de entonces todos los días se ha informado sobre atrocidades cometidas en su nombre: matanzas sectarias, lapidaciones, la persecución brutal de cristianos, judíos, apóstatas y homosexuales, además, claro está, de atentados terroristas y amenazas sanguinarias. Puede que tales horrores sean ajenos al “islam verdadero”, pero no es demasiado sorprendente que tantos hayan llegado a la conclusión de que hay diferencias profundas entre el islam por un lado y las formas actuales del cristianismo, judaísmo, budismo, hinduismo y confucianismo por el otro. Así las cosas, era de prever que la propuesta de un grupo islámico de construir una mezquita en un lugar muy cercano a “la zona cero”, donde estaban las Torres Gemelas neoyorquinas, haya desatado un debate furibundo y que la gran mayoría de los norteamericanos la haya visto como una provocación. Obama, pues, cometió un error político al reivindicar, con entusiasmo, ante un público mayormente musulmán, la construcción de dicha mezquita, por suponer que serviría para mostrar al mundo la sinceridad del compromiso de su país con la libertad religiosa. Alarmado por las críticas que motivó su intervención, más tarde Obama trató de moderar su postura, afirmando que no había aludido a “la prudencia” de ubicar una mezquita en un lugar tan sensible, pero ya había dado municiones valiosas a los muchos que lo acusan de no entender los sentimientos de la mayoría de sus compatriotas y también a la “franja lunática” que está conformada por quienes se dicen convencidos de que, en realidad, no es un cristiano como asevera sino un musulmán secreto y por lo tanto un enemigo de su propio país. Puesto que “el hombre más poderoso del mundo” ya ha perdido popularidad debido a su manejo de la crisis económica que heredó, su solidaridad aparente con el islam podría costarles a los demócratas muchos votos en las elecciones legislativas de noviembre, revés que debilitaría todavía más a un gobierno que ya está en apuros.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 20 de agosto de 2010
La relación difícil de los musulmanes con los demás es uno de los problemas principales que enfrenta la llamada comunidad internacional. Puede que los islamistas militantes constituyan una minoría reducida de los más de mil millones que se afirman fieles al credo fundado por Mahoma, pero su impacto geopolítico ya ha sido inmenso. La revolución islamista de 1979 en Irán modificó radicalmente la situación en el Medio Oriente y amenaza con dar pie a una conflagración nuclear. Islamistas tanto sunnitas como chiítas están desempeñando papeles clave en el Líbano y Gaza y, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos y sus aliados, en el futuro no muy lejano podrían apoderarse de Afganistán, Pakistán, Turquía, Egipto, Yemen, Somalia y otros países. En Europa se han formado enclaves dominados por extremistas en que la policía local es reacia a intervenir. Y en Estados Unidos, blanco en septiembre del 2001 del atentado terrorista más espectacular de la historia, la cuestión de cómo reaccionar frente al desafío planteado por la militancia islamista está contribuyendo a socavar la gestión del presidente Barack Obama. Lo mismo que su antecesor, George W. Bush, Obama insiste en que el islam es “una religión de paz” y que la versión de los yihadistas es una distorsión maligna de la auténtica fe. En base a esta tesis, ha procurado congraciarse con el mundo musulmán exagerando la importancia de sus aportes al desarrollo de Estados Unidos, al respeto por los derechos humanos y a la cultura moderna, pero su prédica en tal sentido lo ha perjudicado. Mientras que en los países musulmanes la mayoría abrumadora cree que en Irak, Afganistán y Pakistán Obama está liderando una nueva cruzada, en Estados Unidos lo critican por su voluntad de asumir una postura humilde ante quienes no disimulan el odio que sienten hacia no sólo la superpotencia sino el Occidente en su conjunto. Según todas las encuestas, en los meses que siguieron a la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, la mitad de los norteamericanos suponía que el islam era una religión no muy distinta de otras y por lo tanto era un fenómeno benéfico, pero en la actualidad más del 70% lo cree incompatible con el estilo de vida de su propio país. El cambio drástico así supuesto puede entenderse; en el 2001 pocos norteamericanos sabían mucho del islam, pero a partir de entonces todos los días se ha informado sobre atrocidades cometidas en su nombre: matanzas sectarias, lapidaciones, la persecución brutal de cristianos, judíos, apóstatas y homosexuales, además, claro está, de atentados terroristas y amenazas sanguinarias. Puede que tales horrores sean ajenos al “islam verdadero”, pero no es demasiado sorprendente que tantos hayan llegado a la conclusión de que hay diferencias profundas entre el islam por un lado y las formas actuales del cristianismo, judaísmo, budismo, hinduismo y confucianismo por el otro. Así las cosas, era de prever que la propuesta de un grupo islámico de construir una mezquita en un lugar muy cercano a “la zona cero”, donde estaban las Torres Gemelas neoyorquinas, haya desatado un debate furibundo y que la gran mayoría de los norteamericanos la haya visto como una provocación. Obama, pues, cometió un error político al reivindicar, con entusiasmo, ante un público mayormente musulmán, la construcción de dicha mezquita, por suponer que serviría para mostrar al mundo la sinceridad del compromiso de su país con la libertad religiosa. Alarmado por las críticas que motivó su intervención, más tarde Obama trató de moderar su postura, afirmando que no había aludido a “la prudencia” de ubicar una mezquita en un lugar tan sensible, pero ya había dado municiones valiosas a los muchos que lo acusan de no entender los sentimientos de la mayoría de sus compatriotas y también a la “franja lunática” que está conformada por quienes se dicen convencidos de que, en realidad, no es un cristiano como asevera sino un musulmán secreto y por lo tanto un enemigo de su propio país. Puesto que “el hombre más poderoso del mundo” ya ha perdido popularidad debido a su manejo de la crisis económica que heredó, su solidaridad aparente con el islam podría costarles a los demócratas muchos votos en las elecciones legislativas de noviembre, revés que debilitaría todavía más a un gobierno que ya está en apuros.
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