Belgrano, el del corazón sin igual

Redacción

Por Marcelo Angriman*

El fútbol, cuando deja de rodar la pelota, es un pacto de sangre y memoria. Un hilo invisible que une los domingos de hoy con aquellos días de la infancia, con ciclos lectivos en Capital y vacaciones de verano con la familia grande en Córdoba.

El campeonato de la Liga Profesional de Fútbol obtenido por Belgrano de Córdoba ante River, ante un desbordado Mario Alberto Kempes, no se conquistó en noventa minutos. Se ganó hace décadas, en el barro, en el tablón, y en el corazón de los que ya no están.

Para quienes entendemos que la patria de un hombre son sus recuerdos, la consagración del celeste es un acto de justicia. Al ver la locura desatada en la Docta, a uno se le estruja el pecho y viaja inevitablemente a los días de pantalones cortos.

Lo primero que recuerdo es una tarde de sol en Floresta, cuando de la mano del abuelo Antonio y del tío Julio fuimos a ver un All Boys-Belgrano. Los veo todavía, recortados contra el cielo porteño, protegiéndose del sol con un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza, como dos creyentes de algo que nunca verían. Atrás de un arco había una calesita y en la cancha, un flaquito apodado el «Pitón» (Osvaldo Ardiles) daba sus primeros pasos en primera.

De allí en adelante recibí semanalmente un sobre gordo por correo con los comentarios de cada partido en papel de La Voz del Interior y en Navidad una camiseta del Pirata. Es que Belgrano siempre fue eso, un misterio popular hermoso, una cofradía de la resistencia donde el sacrificio y el no bajar los brazos fue la ley.

El siguiente flash es de febrero del 79. Estar allí en Arturo Orgaz 510 frente a Checoslovaquia con el celeste perdiendo 2 a 0 en tan solo doce minutos, cuando de repente el «Chiche» Carranza sacó un zapatazo de larga distancia que se clavó en el ángulo para empezar a remarla y llegar a un 3 a 2 que nos hizo sentir los reyes del mundo. Pero también es aquella excursión de amigos del secundario para ver un Belgrano frente a Deportivo Jovita; una noche donde lo más jugoso estuvo en el ingenio de los hinchas y lo menos divertido en perder el último colectivo que nos devolvía a Río Ceballos.

En el ADN de este Belgrano campeón habita la mística del pasado. En cada cruce de hoy se adivina la estirpe de Coletti, el timing de Beccerica, la fiereza de Cuellar, la elegancia de Suárez, el temperamento de Syeyguil y el pique corto de Rodolfo Rodríguez. En la fantasía sobrevive el duende de la «Pepona» Reinaldi, los goles del “Luifa” Artime y en el arco, la textura de una gorra que decía Oscar «Muralla» Luraschi y sus herederos el Flaco Ramos o el Chiquito Bossio, cuando la cancha tenía dos cabeceras —una de cemento y otra de tablones— y frente a la platea original, un paredón bajo.

Pero también es imposible entender esta gloria sin evocar aquella tarde eterna del Monumental, cuando el Belgrano del Ruso Zielinski plantó bandera y mandó a River al descenso con el inolvidable gol de Guillermo Farré, la picardía del “Picante” Pereyra y Juan Carlos Olave bajo los tres palos. De aquel templo del carácter bebieron los hoy hijos pródigos de la casa Franco Vázquez, Lucas Zelarayán y Emiliano Rigoni, quienes le aportaron la cuota de identidad necesaria para refundar a la” B”.

Pero el destino puso a prueba ese carácter la tarde de la semifinal en La Paternal. El partido se desvanecía, el cansancio pesaba y el sueño parecía escaparse una vez más entre los dedos. Pero apareció el agónico gol de «Uvita» Fernández, y en ese emocionado grito me encontré de golpe con el abrazo del abuelo Antonio y del tío Julio. Sentí cómo ellos, desde alguna platea celestial, se reían emocionados.

Lo que vino después fue la confirmación de la historia. El 3.2 de la final con Uvita y el Mudo como hombres y héroes. Cuando el árbitro pitó el final y la vuelta olímpica se hizo realidad, el mito se completó desencadenando un interminable festejo que inundó Córdoba. La marea celeste se adueñó de Alberdi, la Cañada y el centro, al compás del: “Viejo y glorioso Belgrano, de corazón sin igual…”.

Belgrano es campeón porque nunca traicionó su esencia de lucha y de pertenencia. El esfuerzo de tantas generaciones, la mística de los viejos tablones y el recuerdo de los que nos enseñaron a querer estos colores, bajaron como un manto sagrado.

Miren hacia arriba, el cielo nunca, pero nunca, fue tan celeste.

*Abogado.Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


El fútbol, cuando deja de rodar la pelota, es un pacto de sangre y memoria. Un hilo invisible que une los domingos de hoy con aquellos días de la infancia, con ciclos lectivos en Capital y vacaciones de verano con la familia grande en Córdoba.

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