Chuquisaca, la ciudad que aprendió a dudar del rey y el poder emancipatorio de la Educación
La caída de Fernando VII en 1808 fue también la caída del argumento más poderoso sobre el que se había construido un poder colonial de más de tres siglos: la idea de que el poder era eterno, natural e incuestionable.

La noticia tardó meses en cruzar el Atlántico, pero cuando llegó al Alto Perú encontró en Chuquisaca un terreno preparado para procesarla. Allí funcionaban dos instituciones que la convertían en un caso excepcional: la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier —fundada en 1624— y la Real Audiencia de Charcas, que juntas concentraban buena parte de la vida jurídica e intelectual del virreinato. Sus aulas no eran espacios revolucionarios en el sentido moderno, pero tampoco reproducían el orden colonial sin fricción. En ellas convivían, en tensión, la escolástica jurídica heredada y las nuevas ideas ilustradas sobre soberanía, contrato social y legitimidad del poder.
Esa tensión encontró su momento el 25 de mayo de 1809, cuando fueron rechazadas las instrucciones del Virrey Liniers y se constituyó una Audiencia Gobernadora.
El trono vacío y la pregunta que no podía hacerse. La crisis abierta por la captura del rey era, en un sentido profundo, una crisis de legitimidad temporal: el orden colonial se sostenía sobre una promesa de continuidad en la que el monarca funcionaba como eje simbólico entre el pasado y el futuro, entre la tradición y la obediencia debida. Sin él, esa continuidad se rompía y el presente dejaba de estar garantizado por un orden superior.
En ese vacío, abogados, doctores y estudiantes comenzaron a formularse una pregunta de apariencia técnica pero con un fondo político que el sistema no estaba preparado para absorber: si el rey no podía ejercer su autoridad, ¿a quién correspondía la soberanía? La respuesta retomaba una doctrina de la propia escolástica tardía colonial para subvertirla: ante la ausencia de autoridad legítima, la soberanía podía retrovertir al pueblo. Lo que parecía un argumento jurídico de manual terminó habilitando algo que el orden imperial nunca había previsto: la posibilidad de pensar gobiernos propios.
Lo que se aprende antes de rebelarse. El orden colonial no se sostenía únicamente por la fuerza militar o la estructura administrativa. Se sostenía también por una organización del saber que volvía naturales las jerarquías sociales, raciales y políticas sobre las que se asentaba. Cuestionar el poder implicaba cuestionar las formas de pensamiento que lo presentaban como inevitable.
Chuquisaca fue una de las primeras ciudades donde esa crisis pudo nombrarse con lenguaje político. Sus aulas, bibliotecas y debates jurídicos crearon condiciones para imaginar lo que todavía no existía. Sin espacios de producción crítica del pensamiento es mucho más difícil convertir una crisis en una alternativa: las transformaciones históricas profundas necesitan condiciones materiales, pero también horizontes intelectuales que vuelvan pensable lo que el orden vigente presenta como imposible.
Investigaciones actuales documentan que buena parte de la población chuquisaqueña mantuvo su fidelidad a la corona al menos hasta 1812, prefiriendo la lógica del realismo monárquico a la de la ruptura. Sin embargo, eso no invalida el carácter político del momento: la misma ambigüedad atravesó nuestra Revolución de Mayo de 1810, que tampoco declaró la independencia y también operó bajo la fórmula de lealtad al rey cautivo. Lo que hace significativo a Chuquisaca no es haber proclamado una ruptura, sino haber sido uno de los espacios donde esa ruptura comenzó a volverse pensable.
Una cadena que llegó hasta el Río de la Plata. La Revolución de Chuquisaca no se agotó en sí misma. Pocos meses después, la Revolución de La Paz radicalizaría parte de sus tensiones. En 1810, la caída de la Junta Suprema Central española aceleraría en Buenos Aires una salida política que reconocía, entre sus antecedentes, los mismos argumentos jurídicos que habían circulado en las aulas altoperuanas. Los tres procesos compartían una misma pregunta de fondo: ¿quién gobierna cuando el fundamento del poder ha colapsado? Ninguno declaró la independencia, pero los tres contribuyeron a instalar una convicción que el orden colonial consideraba impensable: que el presente no era inevitable y que existían formas legítimas de organizarlo de otra manera.
Por qué importa recordarlo así. Cada vez que el 25 de mayo se conmemora como gesta fundacional, la narrativa épica tiende a opacar que antes de los ejércitos y las proclamas hubo debates, lecturas, discusiones jurídicas y espacios de formación donde una sociedad aprendió, lentamente, a dudar de lo que le habían enseñado como eterno. Chuquisaca fue uno de esos espacios. Y esa dimensión del proceso histórico —la educación como condición de posibilidad de la transformación política— no es un dato menor ni un adorno académico. Es, quizás, la parte del relato que más nos interpela hoy.
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