Kimi Antonelli/Ferrari: el dilema de una Italia sin Mundial

El país europeo sufre la abstinencia del fútbol, pero en el rugir de los motores encuentra un providencial refugio.

Por Marcelo Antonio Angriman

No es un tiempo calmo para el alma del tifosi. El psicólogo Piero Barbanti lo graficó sin eufemismos “Junio y julio no eran meses, sino estados de ánimo”. El Mundial, que antes era una cita sagrada en la península, quedó reducido a un objeto de un tiempo que ya fue “igual que una cabina telefónica”.

En ese desierto de alegrías masivas, la bandera azzurra hoy se sostiene gracias a la raqueta de Jannik Sinner y a las manos de un chico que empieza a moldear su destino a más de trescientos kilómetros por hora: Kimi Antonelli.

Allí, precisamente en el asfalto, es donde se cuece una encrucijada en la fidelidad de un pueblo.

Para el italiano, Ferrari no es una escudería; es una religión laica. Una catedral roja fundada por Don Enzo Ferrari, cuyos feligreses han jurado lealtad eterna al cavallino rampante, sin importar quién se siente al volante. Los pilotos pasan, la mística queda.

Sin embargo, los dogmas más rígidos suelen tambalear cuando irrumpe un milagro. Y esa aparición extraordinaria se llama Andrea Kimi Antonelli, un bambino de Bologna con ángel, que ostenta un talento que la Fórmula 1 no presenciaba, desde los tiempos de Ayrton Senna.

Hay algo en su forma de ir para adelante, un desparpajo y un hambre que desafía la lógica de los manuales.

A su corta edad, este cuasi adolescente —declarado fan de Lionel Messi— ha logrado interpretar como ningún veterano la compleja anatomía de su Mercedes-Benz.

Entiende las actualizaciones del coche y opera en la pista con la frialdad de un cirujano. Su presencia le ha devuelto a la máxima categoría una competitividad y un atractivo que la bucólica rutina de los últimos años venía adormeciendo.

El conflicto de identidad para el público local estalla cuando esa joya nacional viste las flechas de plata alemanas.

Una verdadera paradoja ya que a los 11 años Ferrari rechazó las credenciales del pequeño Andrea, las que sí fueron aprovechadas por el olfato de Toto Wolff y su gente.

“Tifosi” en conflicto


Así el italiano se debate hoy en un laberinto emocional: ¿ser fiel a la marca de su tierra o rendirse ante el piloto de su sangre? Antonelli no entiende de diplomacias corporativas; pelea de igual a igual con George Russell, su compañero de equipo, y busca superarlo aun cuando las rígidas estrategias de boxes indican prudencia.

Hay una rebeldía sana, un fuego sagrado que no sabe de órdenes de equipo.

Es probable, conociendo la picardía de la península, que este dilema de lealtades se termine dilucidando bajo el tibio sol de la conveniencia: el hincha celebrará al rojo si gana Ferrari, y se colgará del pecho la bandera tricolor si es Kimi quien cruce primero la bandera a cuadros del campeonato.

Una esquizofrenia deportiva que se tolera solo porque anida la certeza de que, tarde o temprano, en algún tramo del camino, los planetas se alinearán y el destino unirá al prodigio con la casa de Módena.

Mientras tanto, el automovilismo regala postales que trascienden la mera competencia y operan como verdaderas lecciones de vida.

Al otro lado de la pista, un veterano de mil batallas como Lewis Hamilton, sosteniendo el pulso a sus 41 años, desafía el paso del tiempo y le pelea a un joven al que le saca más de dos décadas de diferencia.

El abrazo final entre ambos en el paddock catalán, desprovisto de la hipocresía del negocio, es un símbolo de respeto mutuo; un mensaje de caballerosidad que pocos deportes actuales son capaces de ofrecer con tanta nitidez a una sociedad urgida de ejemplos.

El automovilismo es un lenguaje universal que se escribe con curvas y contracurvas. Italia hoy sufre la abstinencia del fútbol, pero en el rugir de los motores encuentra un providencial refugio.

Entre la tradición sagrada de Maranello y la bocanada de aire fresco que trae Kimi, el público azzurro redescubre que, a veces, la pasión no exige elegir un bando, sino simplemente aprender a disfrutar del viaje.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


No es un tiempo calmo para el alma del tifosi. El psicólogo Piero Barbanti lo graficó sin eufemismos “Junio y julio no eran meses, sino estados de ánimo”. El Mundial, que antes era una cita sagrada en la península, quedó reducido a un objeto de un tiempo que ya fue “igual que una cabina telefónica”.

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