La camiseta del negocio deportivo
Mientras en la cancha los capitanes intercambian banderines y promueven valores, en los directorios se libra otra batalla, una despiadada, donde la pelota es una excusa contable.

Hay quienes todavía recordamos la infancia, imaginando que el deporte es un templo de valores puros. Nos educaron, gracias a Dios, bajo el dogma del fair play y la lealtad a la camiseta.
Sin embargo, detrás de tales conceptos y en las grandes esferas, opera una maquinaria fría y sin patria: el marketing deportivo.
La reciente decisión de la Federación Alemana de Fútbol de romper un vínculo sagrado de más de setenta años con Adidas para entregarle su indumentaria a la multinacional estadounidense Nike a partir de 2027 fue quizás el mayor certificado de defunción del patriotismo económico deportivo.
Para el ciudadano germano, la marca de las tres tiras no era un simple patrocinador comercial; era un tótem de identidad nacional, un testigo de cuatro Copas del Mundo y tres Eurocopas.
Como bien lamentó el ministro de Economía alemán, Robert Habeck, la patria y la tela parecían formar parte de un todo indivisible, pero el pragmatismo y la imperiosa necesidad de hacer caja pulverizaron la memoria sentimental.
Mientras Nike coquetea con la hegemonía, vistiendo a potencias como Brasil, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Portugal y Estados Unidos, distintos movimientos sacuden el mapa del fútbol.
Para contrarrestar la pérdida de su bastión teutón, Adidas contraatacó arrebatándole a Nike selecciones de peso en Europa como Croacia, Polonia y Turquía. En paralelo, marcas como Puma golpearon la mesa al quedarse con Portugal, mientras Sudamérica también sufre sus propias mudanzas, como el paso de Chile a la marca ecuatoriana Marathon.
Esta lógica mercantil no rige únicamente en el verde césped de los seleccionados, sino también en el asfalto de las grandes competiciones atléticas.
No olvidemos que, para homologar un récord mundial o una marca de elite —como los 21 kilómetros de una media maratón internacional- la tecnología del calzado ya no solo debe volar los tiempos en un laboratorio, sino que la zapatilla debe estar comercializada y disponible para salir al mercado masivo, transformando la proeza deportiva en un ticket de caja.
Es esa misma lógica la que obligó en su momento una disputa judicial histórica como la protagonizada por la campeona olímpica Allyson Félix contra Nike, logrando poner fin a una inaceptable penalización económica por maternidad en el alto rendimiento.
Sin embargo, las curiosidades no se agotan allí. El fundador de Asics, Kihachiro Onitsuka, halló la inspiración para revolucionar la tracción del calzado deportivo observando un tentáculo rebelde en medio de una ensalada de pulpo.
O el caso audaz de la marca suiza On, nacida en un humilde garaje en los Alpes con prototipos artesanales de mangueras de jardín bautizados como calzado Frankenstein, que terminó cotizando en bolsa por más de 11.000 millones de dólares tras la inversión de Roger Federer.
Incluso el origen de los colosos alemanes del calzado —Adidas y Puma— late sobre los cimientos de una inquina entre los hermanos Adolf y Rudolf Dassler, cuya fractura familiar dividió para siempre las calles y los corazones del pequeño pueblo bávaro de Herzogenaurach en dos bandos irreconciliables.
Hoy, las federaciones nacionales actúan como corporaciones financieras donde el romanticismo de la camiseta es una tierna pieza de museo.
Hay quienes creemos que el deporte edifica el carácter, exalta la fraternidad y morigera hostilidades del mundo real. Sin embargo, mientras en el verde césped los capitanes intercambian banderines y promueven ese mensaje, en las altas esferas de los directorios se libra otra batalla, una despiadada, donde la pelota es apenas una excusa contable.
Prefiero seguir pensando al deporte desde el asombro de un niño al ponerse por primera vez la camiseta de su barrio, del club de futbol del que es simpatizante o de su país, sin bolsillo alguno en su diseño.
*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com
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