La guerra santa no ha terminado

A pesar de la larga serie de atrocidades terroristas cometidas por islamistas, pocos occidentales admiten que la “religión de la paz” plantea un desafío real a su modo de vida.

Por James Neilson

Foto gentileza.

Hace un cuarto de siglo, Estados Unidos era, bajo cualquier criterio, el país más poderoso del mundo. No tenía rivales de peso. La Unión Soviética se había desintegrado. China era una nación atrasada y sumida en la pobreza. Solo la Unión Europea, un bloque de naciones aliadas que compartían los mismos valores, parecía capaz de igualarlo algún día en un futuro lejano.

 Sin embargo, para el asombro general, Estados Unidos fue atacado. Al igual que los invasores árabes que, en el siglo VII, salieron del desierto para penetrar repentina y profundamente en los imperios bizantino y sasánida (las superpotencias de aquella época), el 11 de septiembre de 2001 un puñado de fanáticos islamistas derribó las Torres Gemelas de Nueva York y una sección del Pentágono en Washington. Murieron unas tres mil personas.

¿Qué pretendía lograr Al Qaeda, la organización responsable de aquella ofensiva inesperada? Su líder, Osama bin Laden, dejó claro que quería que el islam derrotara no solo a Estados Unidos y, por supuesto, a Israel, sino a toda la civilización occidental; creía que, con el paso del tiempo, sería capaz de lograrlo. Naturalmente, pocos lo tomaron en serio.

Menos de una semana después del atentado terrorista, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, aseguró a sus compatriotas que “el islam es paz”. En todo Occidente, la mayoría de la gente deseaba fervientemente estar de acuerdo con él. Se censuró, en la práctica, la cobertura mediática de las multitudes – no solo en Oriente Medio, sino también en algunas ciudades de Estados Unidos y Europa – que celebraban con júbilo la destrucción de las Torres Gemelas.

A pesar de la larga serie de atrocidades terroristas cometidas por islamistas en los años posteriores, pocos occidentales están dispuestos a reconocer que la “religión de la paz” plantea un desafío real a su modo de vida. Se resta importancia a los sondeos de opinión que muestran que millones de musulmanes – entre ellos muchos con un alto nivel educativo bajo cualquier estándar – apoyan la yihad violenta; lo mismo ocurre con las declaraciones de figuras como el difunto ayatolá Jomeini – quien, tras su exilio en Francia, se convirtió en el primer “líder supremo” de la República Islámica de Irán -, que a menudo subrayaba que el islam, término que significa “sumisión”, era un credo guerrero en el que el pacifismo no tenía cabida.

 Es fácil comprender la determinación, casi universal, de los políticos occidentales y de otras figuras influyentes por restar importancia a la yihad. Al igual que la mayoría de sus contemporáneos, parten de la premisa de que la religión es un asunto privado vinculado a la bondad y a las buenas obras. La idea de que las personas puedan matarse unas a otras por motivos teológicos – tal como hicieron habitualmente muchos europeos a lo largo de los siglos -, les parece ridículamente primitiva. Por ello, se aferran a la esperanza de que, tarde o temprano, “el mundo musulmán” se calme y olvide sus aspiraciones de “restaurar el califato”.

Huelga decir que eso no es lo que pretenden los militantes islamistas. Bajo el paraguas de los Hermanos Musulmanes -organización que minimiza la división entre las ramas suní y chií del islam y que, junto con Al Qaeda, inspiró a grupos como Hamás, Hezbolá, la Yihad Islámica y una multitud de otras facciones igualmente sanguinarias -, estos militantes creen estar ganando una larga guerra contra Occidente.

 ¿Es realmente así? Si bien no cabe duda de que, desde el 11-S, el islam ha ganado mucha influencia no solo en Estados Unidos, donde se han arraigado en lugares como Nueva York y Michigan, sino también en países europeos como el Reino Unido, Francia y Alemania, la oposición a la creciente presencia de comunidades musulmanas se ha intensificado hasta tal punto que partidos importantes que abogan por expulsiones masivas podrían llegar pronto al poder a escala nacional.

  Cuando los europeos afirman oponerse a la inmigración, se refieren mayoritariamente al flujo descontrolado de musulmanes procedentes de Pakistán, Afganistán, Oriente Medio y el norte de África, y no a la presencia de ucranianos, latinoamericanos, cristianos africanos o asiáticos orientales, colectivos que se asimilan con facilidad y rara vez causan problemas. La negativa de las élites gobernantes a reconocer que el sentimiento antiinmigración en Europa responde menos a un racismo tradicional que a diferencias de índole religiosa no ha hecho más que sembrar confusión.

Ciertamente, esto no ha impedido que el conflicto entre Occidente y el islam, que comenzó hace más de trece siglos, se haya convertido en la cuestión más importante de la política europea; un conflicto que, a juzgar por la historia, podría acarrear consecuencias trágicas para muchísimas personas.


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