No me grites
«No me grites”, podría ser el título de un culebrón centroamericano o el pedido de un miembro de una pareja al otro, al estilo de “Tratame bien”.
También podría ser la súplica para evitar el maltrato laboral o el desesperado ruego de una empleada pública ante la queja airada de un usuario.
Pero no, en este caso es el intento de ponerle voz a un niño que solo quiere jugar.
Quizás una de las muestras más estremecedoras de la relación entre padres e hijos, se vea cada fin de semana principalmente en una cancha de fútbol donde jueguen niños a la pelota.
Basta con tan solo acercarse a un club de barrio, para comprobar una triste realidad, esto es, ver a los padres gritar a insultar a sus propios hijos o a sus ocasionales adversarios.
La situación ha llegado a límites intolerables en casos como el del Club Buenos Aires de Villa Domínico, cuando en Setiembre pasado un padre agredió a una jugadora de futsal y a raíz de ello se desató una batalla campal entre padres, entrenadores y chicas. Al unísono, en un partido de infantiles entre los clubes Atlético Argentino y Douglas Haig de Pergamino, los padres se tomaron a golpes de puño en las tribunas.
En San Francisco Córdoba, luego de sucesivos hechos de violencia, se instrumentó el derecho de admisión a los partidos de la Liga infantil y hasta la prohibición de ingreso de por vida por parte de un club a un padre agresivo.
André Agassi en su libro “Open”, ha revelado las duras exigencias que de niño le imponía su padre. En nuestro país Guillermo Pérez Roldán, ya adulto, pudo traducir en palabras los crueles escarmientos a los que era sometido por su propio progenitor.
Por tal motivo el Poder Legislativo de la Provincia de Buenos Aires, acaba de sancionar una ley que busca generar conciencia para no presionar a los chicos en actividades deportivas.
La norma establece que todos los clubes y entidades deportivas deberán contar con cartelería y folletería que convoque a los padres a tomar conciencia y evitar la violencia verbal durante las actividades físicas de sus hijos.
“No me grites” y “Jugar es cosa de chicos”, son algunas de las frases que deberán contener los mensajes que se exhibirán de manera obligatoria en los clubes.
El proyecto que fuera acompañado por deportistas de alto rendimiento como Sergio Maravilla Martínez, Mariano Zabaleta, Sebastián Battaglia, la Tigresa Acuña, Walter Herrmann, entre otros, no debiera ser motivo de celebración ya que demuestra el fracaso de toda instancia educativa previa.
Que una sociedad precise de una ley para que los padres conserven la compostura al ver jugar a sus hijos. es un claro síntoma de su enfermedad.
Los gritos, las agresiones a jugadores, árbitros e incluso a entrenadores han dejado de ser hechos aislados para convertirse en una patética exhibición de incultura. Ello lleva a que muchos niños vivan al deporte desde edades tempranas, bajo una presión, que impide su disfrute.
Lejos de ser un espacio compartido en alegría, el inicio en el deporte muta en un suplicio donde el padre y/o la madre se transforman en verdaderos energúmenos que los avergüenzan y alejan prontamente de la actividad.
Por ello si bien la intención de la ley es buena, con solo ella no alcanza. Tal como propusiésemos en “Padre deja de joder con la pelota” (Río Negro, 4-4-17) se debería adicionar: el notificar a los padres por escrito la finalidad educativa del deporte formativo y dar charlas en las que participen padres e hijos ; el aplicar el derecho de admisión en caso que se verifiquen agresiones físicas o verbales por parte de los espectadores; el evitar la competitividad hasta los 12 años; el relativizar los resultados; el leer las reglas del fair play por parte de un padre anfitrión, antes de comenzar los partidos de cada fecha.
En la medida que exista un microclima de respeto entre deportistas, dirigentes, padres y entrenadores, es posible concretar un cambio.
Un tránsito hacia esa anhelada atmósfera de saludable convivencia, que transforma a un club en una institución de educación no formal.
Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario.