Un grito de gol desde las tripas
El fútbol opera un milagro: el de unirnos bajo una misma bandera y hacernos pensar, aunque sea por un instante, que algo mejor vendrá.

El deporte es la usina de mayor creación narrativa que haya inventado la humanidad. Ni Julio Verne imaginando mundos subterráneos, ni Emilio Salgari surcando los mares de la aventura, ni Ray Bradbury anticipando el futuro en Crónicas marcianas hubieran sido capaces de diseñar un guion como el que vivimos ante Egipto.
Ninguno habría osado escribir un libreto tan desmesurado, tan cargado de un tsunami de emociones que tensionó el alma de un país entero hasta el límite de la cordura.
Argentina venció 3 a 2 en un partido que no se jugó en el césped, sino en el territorio de la pasión, una batalla de supervivencia que demandó nuestra fisonomía más pura para poner sobre la mesa cómo somos y qué sentimos.
Como se hace para pasar de un 0-2 a un 3-2, en tan solo 13 minutos y quince segundos, es algo difícil de explicar.
Tanto como que un marcador central como el Cuti Romero juegue de centrodelantero, o que un cuatro como Montiel asista a Messi en un entrevero dentro del área chica o que finalmente a los 46 55” Julián Álvarez un nueve, luego de un quite fenomenal en el área propia a Mohamed Salah cambie de frente para la habilitación larga de Lautaro Martínez y este con un centro pasado dé lugar al cabezazo épico de Enzo Fernàndez.
No sin antes pasar por el quite milagroso de Leandro Paredes como ultimo hombre a Omar Marmoush, en un contraataque feroz que, de prosperar, posiblemente hubiera sellado nuestra eliminación.
Luego de un partido con muchos altibajos al punto de errar un penal, apareció Lionel Messi para demostrar que sigue siendo lo mejor que nos pasó en la vida futbolística y social actual y próxima. Su grito posterior, saltando y moviendo sus brazos, de cara a la tribuna y desde los intestinos, fue el desahogo que repercutió en un corazón colectivo que a esa altura amenazaba con detenerse.
En el banco, la fisonomía del triunfo tuvo un rostro inusual. Lionel Scaloni, un hombre refractario a la estridencia, gritó el gol de Messi como nunca se la había visto. Su gran virtud ha sido siempre esa: la capacidad de no confrontar, de habitar la simpleza y lo llano en un fútbol propenso a los altares y a las hogueras.
El pujatense nos enseñó a no dramatizar la vida a través de la pelota, pero paradójicamente nos guió con templanza para atravesar el drama más grande que pudimos pasar en una cancha, regalándonos una lección de sanidad mental en un contexto donde solemos pronto perder la cordura.
Esta Selección y particularmente su capitán, nos inoculó una palabra que guardaremos para siempre en el alma: resiliencia. Nos dejó la enseñanza inequívoca de que bajar los brazos nunca es una opción viable, transformándose en el último bastión de nuestro continente.
Viniendo desde el fin del mundo, arrastrando nuestras carencias históricas y nuestros dolores cotidianos, este equipo rompió fronteras a tal punto que hoy resulta un fenómeno increíble ver a personas de los rincones más remotos del planeta queriendo sentir como argentinos, adoptando nuestra idiosincrasia por el solo magnetismo de este grupo.
El fútbol, en definitiva, opera este milagro: el de unirnos bajo una misma bandera y hacernos pensar, aunque sea por un instante, que algo mejor vendrá.
Detrás de esta gesta asoma un legado invisible pero indestructible, porque vienen futuras generaciones que vivieron esto siendo niños y que defenderán esa mística por siempre.
Al terminar el partido, con los ojos nublados y la voz ronca, el abrazo se vuelve obligatorio y expansivo. Un recuerdo emocionado para los que ya no están y nos enseñaron a amar estos colores, un guiño a la propia infancia que corría detrás de una pelota de trapo, y un tributo eterno al lugar de donde uno es.
*Abogado. Prof. Nacional de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail. com
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