“Padre Prozt, eximio ejecutante”
Recuerdo como exalumno del colegio San Miguel al profesor de música, años 1938-40, presbítero padre Prozt, de nacionalidad húngara. Eximio ejecutante de la flauta tubular y el requinto. En una oportunidad en que el colegio había sido invitado a concurrir a General Roca con motivo de celebrarse una festividad patria, el padre Prozt en su condición de profesor de música nos reunió a todos los alumnos e indicó que en la festividad se cantaría el Himno Nacional Argentino, que íbamos a ensayar aquella canción tan linda como correspondía para representar bien al colegio. Así fue que fijó un horario en el que ensayaríamos el canto de las estrofas patrias, y en concordancia con la musicalidad de la pieza. Aquellos ensayos se prolongaron aproximadamente por un mes antes del día fijado para el debut. Recuerdo hoy aquella persona de baja estatura, rubio, delgado y con anteojos que entonaba las estrofas del himno, en sus variantes de altos y bajos con todo tesón para demostrarnos e indicarnos cómo debíamos hacerlo, según lo indicaba el acompañamiento musical. Mano en alto y con la batuta firme en sus indicaciones, podíamos observar entonces el rostro de aquel director por momentos denotando aprobación cuando escuchaba y, en otros momentos, irritación que explotaba en un grito seguido de “No, no, no”. Esto último sucedió con frecuencia hasta que fue consiguiendo hacer entrar en entonación al grupo de desentonados que tenía enfrente. Así un día en que interrumpió enojado el canto que ensayábamos, y que pareció que no salía bien, nos dijo: “No quiero escuchar que canten estrofas tan lindas mal, como suele escucharse muchas veces a grupos de gente cantando en festividades en que parecen borrachos salidos de un boliche”. Otro día, interrumpiendo una vez más el canto coral, y acercándose cansinamente a un sector del grupo de niños cantores –entre los que me encontraba yo–, nos dijo: “Cuando yo les indique el momento en que ustedes deben cantar, háganlo bajito, muy bajito, y si no se los escucha, mejor”. Con aquella indicación interrumpiendo el canto quedó demostrada la agudeza de oído que tenía aquel director del coro, y la perspicacia indicando con suma sutileza a los responsables del desafino que continuaban formando parte del coro, pero que debían hacerlo gesticulando sin emitir sonidos, cuando el conjunto coral interpretaba la canción en la oportunidad. ¡Genial! Un lujo de director coral. Héctor A. Mendiberri Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Héctor A. Mendiberri Ciudad Autónoma de Buenos Aires
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