País vulnerable

Los síntomas de decadencia de la Argentina son demasiados como para que se puedan pasar por alto.

Redacción

Por Redacción

Si bien hasta las naciones pequeñas más eficaces como Suiza, Noruega o Singapur se verían seriamente afectadas en el caso de que uno de los gigantes, los Estados Unidos y la Unión Europea, tropezara antes de que el tercero, el Japón, lograra levantarse, son decididamente menos vulnerables que la Argentina, que no ha sido capaz de prosperar en una época de bonanza y por lo tanto no estaría en condiciones de soportar una auténtica crisis internacional. De producirse una depresión en el Primer Mundo, las consecuencias locales serían sin duda devastadoras. Sin embargo, ocurre que tal como están las cosas, a la larga el dinamismo de las naciones avanzadas podría resultar todavía peor para nosotros. Así, pues, hoy en día virtualmente cualquier noticia, trátese de una claramente buena o de otra innegablemente mala, procedente de los Estados Unidos o Europa, tiene una repercusión negativa.

Por ejemplo, la información de que en el primer trimestre del año en curso la economía estadounidense siguió creciendo a un ritmo superior al cinco por ciento anual provocó la caída inmediata de los índices bursátiles porteños y llenó de temor al Ministerio de Economía: todos entendieron enseguida que las autoridades estadounidenses podrían sentirse obligadas a aplicar los frenos, aumentando las tasas de interés a fin de reducir el riesgo de un brote inflacionario, lo cual, huelga decirlo, haría aún más difícil la vida a los empresarios de nuestro país. Pero no sólo se trata de los temores ocasionados por el hecho de que cada ocho o nueve meses Estados Unidos agregue a su producto bruto gigantesco el equivalente de todo lo producido por la Argentina en un año. El que por fin haya comenzado a reducirse la tasa de desocupación en Francia, Alemania, España e Italia supone que muchos argentinos más se sentirán tentados a abandonar el país para probar suerte en lugares en que los problemas que enfrentarían serían menores en comparación con los existentes aquí.

En el pasado no muy lejano, lo que sucedía en el exterior repercutía con cierto atraso en la Argentina, lo cual le permitió mantener durante décadas esquemas económicos ya considerados anticuados en Europa y América del Norte, pero desde entonces los cambios están concretándose con mayor rapidez, de suerte que la sociedad, encabezada por la «clase política», tendrá que aprender a reaccionar con la misma velocidad. ¿Lo hará? La verdad es que no existe motivo alguno para el optimismo. Lejos de mostrarse dispuestos a afrontar los desafíos sucesivos que les está planteando el mundo exterior, los políticos parecen resueltos a obrar con una lentitud que se hubiera considerado excesiva a mediados del siglo XIX. Para asombro de los demás, los legisladores no vacilan en tomar largas vacaciones en toda oportunidad que se les presente. Los proyectos de ley del gobierno se demoran semanas o meses en ambas cámaras del Congreso para que diputados o senadores, casi todos obsesionados ya por una interna partidaria, ya por el afán de enviar alguno que otro mensaje al gobierno o al electorado, se encarguen de mutilarlos para que el resultado tenga muy poco que ver con el original.

Puede que a menudo haya sido bueno que ciertos proyectos se hayan hundido, pero aun así la impresión de letargo y de mezquindad que están brindando tantos políticos contribuye a difundir la sensación de que el país se encuentra en estado de parálisis. Se justifique o no, esta convicción ocasiona perjuicios porque está contribuyendo a socavar la confianza de la población en sus representantes democráticamente elegidos, lo cual plantea el peligro de que, una vez más, resulte atractiva la tentación de dejar la conducción del país en manos de quienes anteponen la «eficiencia» a los derechos del individuo y el respeto por la ley. Por cierto, el que últimamente muchos se hayan puesto a hablar de dicho riesgo se debe a algo más que el deterioro de las instituciones democráticas en países como Perú y Venezuela. Aunque los problemas de la Argentina son claramente menos graves que aquéllos de muchos otros países latinoamericanos, los síntomas de decadencia son demasiados como para poder pasárselos por alto como si ya tuviéramos el futuro asegurado.


Si bien hasta las naciones pequeñas más eficaces como Suiza, Noruega o Singapur se verían seriamente afectadas en el caso de que uno de los gigantes, los Estados Unidos y la Unión Europea, tropezara antes de que el tercero, el Japón, lograra levantarse, son decididamente menos vulnerables que la Argentina, que no ha sido capaz de prosperar en una época de bonanza y por lo tanto no estaría en condiciones de soportar una auténtica crisis internacional. De producirse una depresión en el Primer Mundo, las consecuencias locales serían sin duda devastadoras. Sin embargo, ocurre que tal como están las cosas, a la larga el dinamismo de las naciones avanzadas podría resultar todavía peor para nosotros. Así, pues, hoy en día virtualmente cualquier noticia, trátese de una claramente buena o de otra innegablemente mala, procedente de los Estados Unidos o Europa, tiene una repercusión negativa.

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