Pandemia, violencia y oportunidades



Santiago Mauri*/Roberto Samar**


El odio y los miedos que brotan, los cuales se fortalecen desde nuestras pantallas, se canalizan violentamente sobre ese otro.


En un barrio del Gran Mendoza, un grupo de vecinos quisieron apedrear la casa de un jubilado víctima de coronavirus. En Capital Federal un consorcio se organiza para advertirle a una médica que su presencia es rechazada, por exponerles a un potencial contagio producto de su trabajo. En los balcones asoman dedos que señalan y agreden a quien va por la calle, sin importar si está saliendo por un momento a realizar las compras del día o si está yendo a un trabajo indispensable para su subsistencia o la de la comunidad en general. Mientras tanto, en nuestras pantallas la palabra “guerra” se repite una y otra vez, y sentimos un profundo temor por el futuro de la humanidad. El destino es incierto.

Miedos, violencia e irresponsabilidad mediática no es una combinación nueva. Lo nuevo es la pandemia. Una vez más acudimos a la violencia como la forma de enfrentar los conflictos, en esta ocasión, atravesada por la necesidad de una inmunidad individual que se defiende de manera acuartelada en cada casa. El enemigo se dispersa, cualquiera es un potencial portador del virus y debemos estar alerta para identificarle. Una vez que es descubierta esa potencialidad se acude a la vieja receta neoliberal: la violencia para eliminar/desplazar al otro o la otra que me da miedo. Una violencia casi mágica, elimino al otro y los problemas desaparecen.

Si nos detenemos a analizar la situación, no son muy distintas las prácticas de los vecinos que golpearon a un pibe por que sospechaban que robó un celular, o las de los que molieron a golpes a un hombre porque se presumía que su hijo era un abusador, con las de aquellos que apedrearon la casa de una persona enferma. Pareciera que asistimos a la formación de un nuevo chivo expiatorio: el sospechoso o la sospechosa de portar el virus.

El odio y los miedos que brotan, los cuales se fortalecen desde nuestras pantallas, se canalizan violentamente sobre ese otro. Son ataques de pánico, pero no en el sentido psicoanalítico, es más bien un pánico mediático que nos empuja a ejercer violencia como primera acción para la supervivencia.

Claramente, el bombardeo de información morbosa y sensacionalista que nos atraviesa contribuye al miedo y a la confusión. Las noticias falsas y los testimonios sin chequear que consumimos y reproducimos en nuestras redes sociales profundizan el mismo camino. En conjunto, es un mar de información que apela a nuestras emociones, muchas veces descontextualizadas.

Las crisis son también posibilidades de repensarnos, de repensar el mundo injusto y superficial en que vivimos. Estas circunstancias, aún incipientes, podría permitirnos ensayar algo que venimos necesitando hace mucho tiempo: nuevos modos de encuentros, nuevos modos de ser en la comunidad. Esta crisis sanitaria nunca antes vivida en el pasado reciente nos interpela a pensar y hacer un mundo más empático, abierto a las otredades. Algo que podemos verificar rápidamente es que solos y solas no alcanza, el sostén para el abordaje de esta crisis es la acción comunitaria y colectiva.

Sin embargo, se continúa intentando con recetas viejas, fomentadas y sedimentadas por los medios de comunicación. El lenguaje bélico que hoy se propaga invita a nuevamente a levantar aún más los muros de nuestras casas y ejercer una constante vigilancia para detectar al sospechoso portador del virus.

Desde hace mucho tiempo somos devastados por “enfermedades globales”, totalmente naturalizadas y que se cobran una innumerable cantidad de vidas. Solo por mencionar algunas, las desigualdades de todo tipo, la violencia machista, el consumismo voraz, fetichista y extractivista. Un simple dato es esclarecedor: “Los 22 hombres más ricos del mundo poseen más riqueza que todas las mujeres de África”, denuncia el informe de la ONG Oxfam Internacional. La cultura actual nos invita a idealizar una modelo hiperconsumista e individualista, mientras otras personas mueren sin poder garantizar las condiciones básicas de subsistencia.

La epidemia desnuda la fragilidad e injusticia del sistema capitalista neoliberal. Podemos optar por las viejas recetas que se esparcen por medios de comunicación -temor y violencia-, u optar por empezar a transformar nuestras relaciones comunitarias hacia un paradigma más empático, colaborativo, igualitario y de sostén mutuo.

*Abogado, integrante del Colectivo Limando Reja

**Especialista en Comunicación y Culturas UNC, docente UNRN


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