Patrimonio de todos
Columna semanal
LA PEÑA
Para mi la siesta y el aroma a mandarinas y limas son inseparables. Claro, semejante afirmación merece explicarse porque nada tendrían que ver una cosa con la otra. Es que en mi infancia y en mi pueblo abundaban las mandarinas y las limas, buena parte de los vecinos tenían plantas en sus patios y no había forma de no disponer de esas frutas. Casi como las manzanas acá, pero más rústico, no a gran escala.
A tal punto que las fruterías tenían mandarinas casi de compromiso porque no había clientes para ellas. Menos aún con las limas que ni siquiera se ofrecían, a lo sumo se cosechaban para el dulce, pero no eran de las más populares.
Sin embargo, mandarinas de la nueva estación y limas, que más o menos coincidían en la época, tenían un gusto incomparable, tanto que las hacían únicas.
Las siestas en mi pueblo se daban todo el año, siempre había una excusa para dormir un rato. Algunos lo hacían porque de verdad habían dejado buena parte de sus energías en la mañana y otros para adherir a ese pensamiento. En verano, porque el verano en el norte del país no da más alternativa que parar y el mejor modo de hacerlo era dormir siesta. En el invierno porque estaba tan lindo que se ponía ideal para una siestita, como escuché decir muchas veces en el pueblo. El asunto era que por una razón u otra, el pueblo quedaba desierto por dos, tres, o hasta cuatro horas en cualquier época del año.
Pero dormir siesta iba a contramano de los niños, de la infancia misma y eso automáticamente, sobre todo en el invierno, era el mejor indicador de que serían horas de mandarinas y limas, de charlas interminables en la galería de la municipalidad del pueblo, donde podíamos hablar sin medir el volumen y comer hasta cansarnos. Una larga alfombra amarilla o naranja quedaba en el piso como testigo de una comilona frutícola.
A la hora de la siesta había sólo dos opciones: dormir o mantenerse levantado y en estricto silencio, cosa bastante compleja para nuestra infancia de ideas revoltosas todo el tiempo y de silencios casi imposibles. Por eso siempre optábamos por la municipalidad, edificio rodeado de enorme arboleda y de una galería abierta que permitía jugar sin alterar la siesta de nadie. Y encima, con las limas de doña Rosario al alcance de la mano. Apenas subíamos un pequeño paredón, y alambrado mediante, podíamos tomar las que quisiéramos.
Por años pensamos que doña Rosario nunca supo que le robábamos las limas, pero en realidad siempre lo supo, sólo que como buena abuela, sabía que el destino de las limas era comerlas nosotros mismos. Jamás nos dijo nada, pero cada temporada creo que nosotros le comíamos la mitad de su cosecha.
Mientras los padres nuestros y los de mis amigos dormían siesta, nosotros jugábamos y comíamos mandarinas o limas. Según sea el caso, nos quedaban las muñecas de las manos amarillas o naranjas, propio del ácido que liberan las cáscaras al pelar los frutos.
Cuando empezábamos a ver el carrito del mercado de la esquina que pasaba con los primeros pedidos, era señal de que la siesta había terminado y que los ruidos estaban permitidos. Así podíamos entrar a casa sin más cuidados porque ese era el límite.
Muchas veces nos encontramos con mi padre comiendo mandarinas sentado en un banco alto, de más de un metro de altura, que usaba para arreglar las bicicletas en su taller.
Con los años aprendimos que eso de las siestas no era mala palabra. Aprendimos a quererlas tanto que nos sumamos a la gente que hizo de las siestas una sana costumbre.
Más allá de los Santiagueños, la siesta bien podría ser patrimonio de la humanidad, porque quien la descubre, seguramente la suma a su vida cotidiana.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar