Pescetti, el compañero de los días infantiles
El músico y maestro se presenta hoy a las 19 en La Baita.
CULTURA
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar
Margarita escribe con caligrafía esmerada y firme: “Hola Luispeseti tengo tu disco meen canta es cucharlo Eres el mejor maestro de música Soy Margatita te quiero mucho Luispeseti”.
Está claro que aquí poco importa que Margarita se haya comido una “c” y una “t” del apellido de su querido profesor. La cuestión es que en dos tiernas líneas sintetiza el todo que compone a “Luis María Pescetti”, el artista. Un músico, un maestro, un animador y un compañero de los días infantiles. Pescetti encontró una forma única de vincularse con los chicos, desde que hace ya un largo tiempo, forzado por las circunstancias (se le había acabado el repertorio durante un recital en México) transformó un espectáculo de humor para adultos en un cumpleaños del mediodía con gaseosa de naranja y torta. No se sirve de la tradicional manera de acercarse al querubín. Pescetti usa remeras negras bastante ajustadas, dejando en evidencia la pancita que delata escases de gimnasio y abundancia de chocolates, carga una guitarra, anteojos y un espíritu de líder de campamento a prueba de malas ondas. Pescetti puede ser tan dulce como a veces lo son los niños. A veces. Pero en general este sobresaliente músico, compositor y humorista argentino tiene más vocación por el chicaneo que por la sonrisa melosa que fogonean los animadores infantiles más típicos. Sus letras conforman una suma teológica de lo que les sucede por dentro a los pibes. Dicen lo que tienen que decir con justeza gaucha y sin falsa modestia. Poseen la rara virtud de evidenciar el subtexto entre marciano, impertinente y proto sabio que se cocina en la mente de los niños.
De modo que los recitales de Pescetti, como sus discos, son un encuentro de amigos nada tacaños en lo relativo a los afectos y las verdades grandes o acotadas. El mundo estrafalario, aristocrático, pintado de azul hielo, que convirtió en millonario a Walt Disney; las palabras tersas hasta el cansancio y la música estridente, tipo marcha, pero en fa sostenido menor para menores, propio de algunos artistas de temporada; las luces que ciegan los ojos, las pantallas 3D en HD, los hábitos de divo-diva de las estrellas adolescentes; en fin, la larga secuencia de situaciones “adultas” que en teoría representan a los más bajitos, pues, no, en Bariloche no estarán. Luis María Pescetti es por completo otra cosa.
Y por más que le busca y le busca la mecha corta a su audiencia, y por más que la torea y expone las dolencias de esos niños apurados por el ejemplo de los mayores, los flacos lo adoran. Lo siguen. Lo escuchan. Lo vitorean cuando sale al escenario y con voz de trovador entona:
“En el día de tu cumpleaños
nos vemos forzados a venir.
Sopla tu velo lo antes posible
así podemos partir.
El dinero ahorraa…do
al comprar tu regalo voló.
Que envidia que hoy sea tu fiesta
el centro quisiera ser yo.”
Esa por ejemplo es “En el día de tu cumpleaños”. Así es la cosa de tanto en tanto: ¿no?.
La diferencia entre un tipo con cierto talento y un hombre brillante queda en los detalles de sus percepciones. En su capacidad para quitarle el polvo a las grietas. Para doblar en el momento en que parece que no hay curvas. Pescetti marca la diferencia en cada tema. En cada una de sus obras piratas,
En “El campamento” hace cuerpo a los peores temores paternos en el discurso magro y tranquilizador del chico. Canta:
“Hola mamá te estoy llamando de muy lejos
ya llegué al campamento
no me hables que es muy caro, por favor.
Sí, sí, ya sé que quieres preguntarme cosas
pero oye un minutito que esto cuesta un dineral.
Durante el viaje no moví ni una pierna
el autobús estaba lleno de salvajes animales como yo
Fuimos cantando a los gritos todo el tiempo
y, quizás, fuera por eso que el chofer se suicidó.
Esto es bien padre, no hay horarios
y comemos porquerías
con las manos en cacharros sin lavar.
El director del campamento está ligando
a una profesora nueva que es casada, yo lo sé.
Nunca me baño y la casa de campaña huele a peste
que los moscos se mueren al entrar.
Mis pantalones ya se paran y caminan
y si vieras mis calzones ¡son como un arma nuclear!”
Y sigue para soponcio de los padres y diversión de los protagonistas. No es que este humor sea propio o característico del nuevo siglo. O no lo es de un modo exclusivo. Es que la hipérbole forma parte del juego de los niños. Es su herramienta. Su visión de las cosas. Su sentido cotidiano. Con ellos y sus exageraciones hay zapatillas que tienen más potencia para correr. Comida que es una total porquería. Pequeñas anécdotas que son “im-presio-nan-tes”. Películas de terror que no se pueden ver si no es detrás de una almohada. Canciones que desgarran sus corazones.
Pescetti comprendió el idioma de los pequeños para, dando un breve rodeo, llegar a un repertorio. Lo puso en práctica. Lo universalizó. De México a la Argentina pasando por España de ida y vuelta. Con apenas unas pocas variantes lingüísticas, el humorista impuso sus colores en sus show. “Hay un folklore de lo que deben ser las cosas para chicos. Si es para niños, luz y color, música y movimiento. Yo soy varón, y tengo una relación de papá grandote, de oso peleador con los chicos. Les digo que no me empiecen a molestar pidiendo canciones, y eso es más o menos inusual en los espectáculos infantiles, donde se les dice: “Amiguitos, pídanme lo que quieran”. Yo, en cambio, les digo que no me empiecen a molestar. Y los pibes se sacan”, le dijo hace un par de años a la periodista Leila Guerriero.
En su sitio web lo primero que uno puede encontrar son chistes. Pavos, cortos, al hilo, pero efectivos. La antología de Pescetti rinde honor al humor infantil de colegio, de reunión por la tarde, de piyamada. El humor tal cual.
¿Cómo se dice bombero en japonés?: atacalayama. ¿Y bombero en africano?: bom bom. ¿Y huérfano en chino?: chinchumale.
Y hay tantos otros juegos por el estilo.
En un programa de televisión a un grupo de pibes los invitaba a seguirlo en su cruzada. A imitarlo. “Yo tengo un moco lo saco poco a poco, lo redondeo lo miro con deseo”, les cantaba sin apuro, totalmente a contramano de la energía que mueve al mundo del alto marketing con los chicos haciendo bolitas imaginarias entre sus dedos. En otra onda. En un acorde distinto. Justo así, con tal desparpajo infantil, Luis María Pescetti viene conquistando seguidores. Sumando miradas breves pero sustanciosas de ojos grandes como un sol.
DeBariloche