Poder imaginario

Por Redacción

El conflicto feroz entre el gobierno kirchnerista y el matutino porteño “Clarín” que, según parece, llegó a su fin hace un par de meses al resignarse el grupo encabezado por el diario a dividirse en seis unidades presuntamente distintas, se debió a la convicción, compartida por los militantes oficialistas y los ejecutivos de “la Corpo”, de que quien logre dominar el relato mediático dominará el país. Parecería que tanto el CEO del grupo, el contador Héctor Magnetto, como Néstor Kirchner y su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, realmente creían que ningún gobierno estaría en condiciones de resistir las famosas “tres tapas de Clarín”, razón por la que a inicios de su gestión el santacruceño hizo del medio un “aliado estratégico”. Se trataba de una fantasía, claro está, si bien de una que es grata a muchos periodistas, pero sucede que a pesar de haber tenido que soportar centenares de tapas decididamente negativas del diario más vendido del país, en octubre del 2012 Cristina logró la reelección con más del 54% de los votos. Sería de suponer que, aleccionado así sobre lo limitada que suele ser la influencia electoral de los medios de difusión, el gobierno kirchnerista hubiera optado por reducir drásticamente el gasto publicitario que ya había alcanzado dimensiones extraordinarias. Sin embargo, según la Fundación LED (Libertad de Expresión + Democracia) cuya presidenta es la exdiputada Silvana Guidici, el gobierno ha continuado invirtiendo más de mil millones de pesos anuales en propaganda, de suerte que en el transcurso de la década K el gasto en dicho rubro ha aumentado el 3.005%. ¿Sirvió para algo? Parecería que no, ya que a cambio de todo el dinero que el gobierno gastó en un intento de congraciarse con la gente, el año pasado los candidatos oficialistas recibieron un varapalo en las urnas y, para más señas, hay buenos motivos para suponer que a partir de entonces el nivel de apoyo a la gestión de Cristina se ha reducido mucho más. Como señala Giudici, el gobierno puso una “masa formidable de recursos” al servicio del “disciplinamiento de las líneas editoriales”, premiando a los medios oficialistas y castigando a los que se animaban a criticarlo. También se las arregló para privar a los díscolos de una proporción sustancial de sus ingresos cuando ordenó, a través del notoriamente vengativo secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, a los supermercados boicotearlos, lo que hicieron por miedo a las eventuales represalias. Con todo, han sido decididamente magros los frutos políticos tanto de los ataques contra Clarín y otros medios porteños como del esfuerzo muy costoso por crear un imperio periodístico kirchnerista, suplementado por Fútbol para Todos y el empleo excesivo por parte de Cristina de la cadena nacional de radio y televisión. Para desilusión de académicos y militantes impresionados por la teoría del relato, la popularidad del gobierno depende del estado aparente de la economía; de difundirse la sensación de que anda bien, la mayoría lo votará, pero al acercarse una nueva crisis, lo abandonará a su suerte. En tales circunstancias, la propaganda oficialista a menudo resulta contraproducente, ya que hasta las personas menos sofisticadas suelen ser capaces de distinguir entre la verdad, cuando incide en su propia vida, y las mentiras de políticos en busca de votos. Dijo una vez Juan Domingo Perón: “Gané con todos los medios en contra y perdí con todos los medios a favor”. No le prestaron la debida atención los kirchneristas que, influidos por académicos de ideas a su entender progresistas y por empresarios deseosos de aprovechar una oportunidad para obtener subsidios multimillonarios costeados por los contribuyentes, despreciaban tanto a sus conciudadanos que se creían en condiciones de someterlos a un lavado de cerebro colectivo. No se les ocurrió que, aun cuando consiguieran monopolizar por completo los diarios, revistas, canales televisivos y radios del país y amordazar a los disidentes, sólo lograrían enojar sobremanera al grueso de la ciudadanía. Es lo que sucedió en la Unión Soviética, donde, luego de un inmenso y despiadado esfuerzo propagandístico que duró más de setenta años, había a fines de los años ochenta del siglo pasado menos comunistas que en países occidentales como Francia e Italia.


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