Política vieja, políticos longevos

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Tim Parks, graduado en Cambridge, vive desde hace más de treinta años en Italia y conoce en profundidad la cultura del país. Entre otras actividades académicas, ha traducido al inglés obras de Alberto Moravia y de Ítalo Calvino. Publicó por estos días en una revista de Nueva York una nota sobre la situación de crisis que atraviesa ese país como consecuencia de las alternativas personales del político Silvio Berlusconi. Objeto de una condena judicial por fraudes económicos (cuatro años reducidos finalmente a uno, y en casa), su mensaje a los poderes gobernantes ha expresado algo como: “Voten sacarme de la cárcel o arrastraré abajo conmigo al país”. Aunque él no es un hombre serio, la advertencia lo es. Se trata de alguien que es dueño de empresas, de medios periodísticos y de los tres principales canales televisivos, que se ufana de la mayor fortuna de Italia y acumula un largo reinado político. Que ha sido cuatro veces primer ministro, es líder absoluto del actual partido cogobernante y tiene en el Senado votos suficientes para obligar a nuevas elecciones en las que podría, dado el soporte popular de que goza, otra vez vencer. Lo que el mensaje en el fondo clarifica, dice Parks, es la naturaleza exacta de qué es lo que ahora está en juego: si Italia es un país moderno donde prevalece el respeto por la ley o es el feudo propiedad de un cacique institucionalizado. Problemas de este tipo desprestigian al país y complican más una situación económica ya difícil. No se han apagado los temblores financieros que hasta hicieron dudar sobre una salida del euro. Al presente alrededor del 40% de los jóvenes carece de empleo y el producto industrial sufrió una caída del 27% en relación con el 2007. Los norteamericanos se preguntan cómo es posible que Berlusconi, protagonista de escándalos de todo tipo, conserve casi inalterable la afección de sus votantes; por mucho menos ellos echaron a Nixon. Hasta los diarios serios de Italia, en los que sus opiniones monopolizan los titulares día a día, se cuidan de añadir leña al fuego en tanto los comentaristas públicos más reconocidos siguen resistiendo exigir que prevalezca la ley. En cuanto a su gravitación personal, ni siquiera el hecho de su control de los tres principales canales de televisión y su patronato futbolero pueden explicar la subsistencia de un poder victorioso de veinte años. Para entender tal magnetismo hay que tener en cuenta el carácter de Il Cavaliere. El hombre les resulta simpático a sus correligionarios, moralmente desprejuiciado, persuasivo y exitoso. Su imperio mediático obra como un megáfono para esas cualidades y le permite ser figura siempre indiscutible en el debate nacional. Todas esas razones, juntas o separadas, podrían ser insuficientes por sí mismas para permitirle mantener tanto tiempo su carisma, a no ser que se trate en el fondo de algo propio de la cultura italiana que predisponga al pueblo a ser encantado, persuadido y muchas veces intimidado para mantenerlo al frente. Podría ser que en el corazón de la cultura popular anida el convencimiento de que la política italiana no podrá nunca convertirse en una actividad decente. Veo un parecido con la política argentina. Hay muchas cosas que son comunes a los dos países en este aspecto. Una de ellas es que los italianos educados (y en un país de semejante riqueza cultural) se ven obligados a soportar que los gobierne un papagayo de Estado, así como los argentinos aguantan al picaflor de turno. En cuanto a esto, la interpretación que hizo aquí el politólogo Gianfranco Pasquino no hace mucho es que “ambas sociedades tienen una cultura política que es antipolítica”, que a las mayorías que votan como ovejas no les interesa instruirse en lo institucional, educarse, informarse históricamente, cultivar la densidad social, sino más bien encogerse de hombros y pensar sólo en el vientre y el bolsillo. Y, como no podría ser de otro modo, hay una correspondencia con la psicología de nuestra gente. Por ejemplo, el individualismo, la desconfianza hacia la autoridad, el desdén por el orden, la irreverencia hacia las reglas, la burla a los impuestos, la picaresca, la incivilidad en la calle, la actitud de “no me importa”. Hay un parecido de otro tipo, poco advertido y hasta pintoresco, entre la sociedad italiana y la nuestra: la abundancia de abogados (y su colonización de los cargos políticos). En toda Italia están inscriptos 160.000, “un verdadero ejército en toga, el más grande de Europa”, publicaron hace poco allá comentando el empantanamiento de los juicios (los múltiples que ha gambeteado Berlusconi son un ejemplo) y la contenciosidad en los negocios. Viene oportuna para redondear esta nota la referencia en el “Corriere della Sera” del martes 30 de agosto a Beppe Severgnini, quien recibe el premio Cesare Pavese 2013 por un reciente volumen de ensayos. Este talentoso periodista es el autor de un libro publicado en el 2010 que se titula “La pancia degli italiani. Berlusconi spiegato ai posteri” (La panza de los italianos. Berlusconi explicado a los venideros), donde se propuso satisfacer las frecuentes preguntas que le hacen en el mundo sobre el secreto de la longevidad política de este personaje. Hace un sumario de diez factores que la explican, del que extraeré, resumiéndolo, sólo el número 1: “Fattore umano”. Se pregunta qué piensa la mayoría de los italianos y se responde: “Parece uno de nosotros”. Después enumera: “Quiere mucho a sus hijos, habla de la ‘mamma’, comprende el fútbol, sabe ganar plata, ama las casas nuevas, detesta las reglas, cuenta bromas, dice malas palabras, adora las mujeres, las fiestas y la buena compañía, es un hombre de memoria larga capaz de olvidos tácticos, alaba la Iglesia a la mañana, los valores de la familia a la tarde y se lleva muchachas a la noche”. Más sintéticamente todavía, el politólogo Giovanni Sartori definió una vez a Silvio Berlusconi como “Un animal que no existe en ningún zoológico del mundo”. (*) Doctor en Filosofía