Prisma distorsionador
El problema no es encontrar la forma de salvar a Machinea, sino de salvar la economía.
Está en lo cierto el ministro del Interior, Federico Storani, cuando afirma que algunos grupos quisieran «voltear» a su colega José Luis Machinea porque «molesta a intereses económicos». Sin embargo, se equivoca por completo al dar a entender que dichos «intereses» se limitan a aquellos de ciertos financistas deseosos de apoderarse del Banco Nación y otros irritados por la presunta falta de «ortodoxia» del encargado de los destinos económicos del país. La razón por la cual tantos se han puesto a hablar mal del ministro de Economía, criticándolo con severidad por sus supuestas deficiencias, es que durante lo que va de su gestión el país ha seguido debatiéndose en una recesión prolongada, con el resultado de que el «malhumor» es tan intenso que en cualquier momento podrían producirse corridas financieras costosísimas.
Dicho de otro modo, los intereses que el ministro «molesta» son aquéllos de la inmensa mayoría de la población, la cual, claro está, se sentiría mejor si se diera una sensación de progreso aun cuando pocos consiguieran disfrutar de los frutos. De haber sido cuestión de nada más que las maniobras de una banda de aprovechados codiciosos respaldados por gurúes residentes en la costa este de los Estados Unidos, los rumores sobre las perspectivas inmediatas de Machinea se hubieran agotado en un par de días. El que hayan persistido a pesar de todas las declaraciones formuladas por el presidente Fernando de la Rúa se debe a que el grueso de la ciudadanía ya no cree que Machinea sea el hombre indicado para poner en marcha la recuperación, no a que algunos banqueros se hayan confabulado con economistas como Guillermo Calvo con el propósito de ganar un montón de dinero en mercados bursátiles convulsionados.
Para el gobierno -y para el país-, el problema principal no consiste en encontrar la forma de salvar a Machinea de las hordas de maleantes que según políticos como Storani están reclamando su cabeza, sino en tratar de manejar la economía de forma más satisfactoria. Puede que Machinea esté en condiciones de hacerlo, pero no lo están ayudando aquellos funcionarios que insisten en interpretar todo cuando sucede a través de un prisma ideológico o político tan distorsionador que les impide entender lo que está ocurriendo. Asimismo, Storani y otros radicales que comparten su forma de ver las cosas deberían preguntarse si la personalidad poco conflictiva de Machinea no ha contribuido a la sensación de parálisis que se ha apoderado del país. En tal caso, les convendría a ellos también que el ministro fuera reemplazado por otro que sea un tanto más vigoroso.
Ya es tradicional que radicales y otros populistas den por descontado que todo acontecimiento negativo es consecuencia de intrigas siniestras urdidas por fuerzas oscuras que se esconden en el misterioso mundo de las finanzas internacionales. Haciendo gala de mucha imaginación, personas como Storani se las ingeniaron para atribuir el colapso de la gestión del ex presidente Raúl Alfonsín a un «golpe de mercado», término que aún utilizan para describir la pérdida repentina de confianza por parte de los inversores, con el objetivo de convencerse de que la debacle no se debió a su propia impericia sino a la astucia ilimitada de sus enemigos. Tal voluntad de trasladar un episodio económico al ámbito de la política, terreno en el cual los populistas se sienten muy cómodos, puede ser comprensible, pero esto no quiere decir que sea inocua. Por el contrario, es gracias a su afición a las teorías conspirativas que el partido actualmente en el poder aún no ha intentado analizar con seriedad los crasos errores que cometió en los años ochenta, motivo por el cual el «ala política» del gobierno del presidente Fernando de la Rúa parece tan desconcertado frente a la crisis de confianza que ha surgido antes de terminar el primer año de su gestión. En otras palabras, los problemas que están planteando dudas sobre su capacidad para sobrevivir hasta fines del 2003 tienen sus raíces en la reacción -mejor dicho, en la falta de reacción- ante el fracaso del gobierno de Alfonsín y, lo que es peor, a juzgar por los intentos de Storani de defender la gestión de Machinea hablando de conjuras novelísticas, los radicales siguen siendo tan reacios como antes a aprender de su propia experiencia.