Pueblos originarios, interculturalidad y democracia
CRISTINA GARCÍA VÁZQUEZ (*)
Es un hecho innegable que la diversidad cultural ha logrado reproducirse y producir nuevas formas. A pesar de las diversas estrategias utilizadas por los Estados para asimilar a los diferentes grupos a una identidad nacional, la diversidad cultural lucha frente a toda tendencia que busque la homogeneidad. En un mundo global, el término interculturalidad ha ido ganando un espacio cada vez más protagónico. Así lo demuestran las constituciones de Ecuador y Bolivia. Hace unos años atrás pensábamos la interculturalidad adquiriendo diferentes formas y contenidos de acuerdo con los procesos históricos de cada uno de los países en cuestión. Con la idea de generar un modo de construcción intercultural se iban configurando dos claras direcciones contrapuestas, aunque complementarias. Una era “desde arriba”, definida desde los centros hegemónicos para buscar caminos alternativos que garantizaran, de alguna manera, la convivencia de culturas diferentes en sus espacios territoriales y, así, disminuir el grado de conflictividad en los países centrales, producto de sus propias políticas de dominación. Por otro lado, era cada vez más evidente una fuerza que se construía “desde abajo”, una interculturalidad en donde lo indo y afroamericano hacía irrupción dando muestras de su enorme potencial liberador como parte de un proceso de emergencia y revitalización identitaria, tanto en aquellos países anquilosados en viejas estructuras coloniales como en los que se asumen como más “modernos”, pero esconden una colonialidad que deja verse en cada uno de sus actos. Es el caso de la Argentina, un país que históricamente se ha definido como “blanco, europeo y occidental” y que lleva en su propia raigambre el ideal colonizador. Alguna vez dijimos que todos llevamos un colonizador o conquistador dentro nuestro, más allá de las diferentes formas y contenidos en que nos podamos configurar. Convengamos que en el juego de las interacciones etnorraciales y en un tipo de sociedad competitiva e individualista como la actual los grupos se enfrentan por una escasez de recursos que es producto de un poder desigual que concentra la riqueza en pocas manos –y no porque los recursos sean escasos–. Es claro, entonces, que quedarnos con el respeto no es suficiente si reducimos todo a la diferencia cultural. Se trata de desenmascarar esto último para no caer en la intolerancia disfrazada de tolerancia; se trata de des-velar que las emergencias identitarias se encuentran atravesadas por una desigualdad estructural de larga data. Entender la interculturalidad implica no perder de vista la desigualdad social, que bajo el eufemismo de la “aldea global” invisibiliza la violencia inerte del sistema mundial. Por esta razón, el prefijo “inter” cobra una importancia inusitada si lo entendemos como la posibilidad de sentarnos juntos no sólo conociendo a los otros sino reconociéndolos como tales en pie de igualdad. El tema es el cómo, lo cual dota a la interculturalidad de una enorme complejidad política y social. ¿Cómo pensar el nosotros sin descalificar u ocultar una parte de “lo nuestro”? O, al revés, ¿cómo pensar “lo nuestro” sin darnos cuenta que somos muchos otros?; ¿cómo pensar la unidad desde la diversidad? Como lo dijera Arturo Roig, al analizar el pensamiento de José Martí, “El punto de partida de ‘lo nuestro’ es la ‘diversidad’” y a partir de ésta pensar la unidad no desde una sola visión de mundo sino desde diversas visiones. Podríamos tomar estas palabras para comenzar a entender los procesos actuales de reivindicación étnica y de la construcción de nuevos sujetos colectivos que estarían configurando una cultura de la resistencia, pero también para poder acercarnos a una interculturalidad que además de ser una propuesta superadora que promueva el intercambio y el respeto mutuo vaya mucho más allá para convertirse en un modo de resistencia frente a siglos de expoliación y de colonización. Vista de esta manera, la interculturalidad adquiere un sentido político y social y es, sin duda, una cuestión política –además de cultural–, como afirma Boaventura de Sousa Santos, que necesita una cultura común que permita organizarla, llevarla adelante, sin que una cultura se sienta superior a otra. Las constituciones mencionadas, que parten de la idea de la plurinacionalidad, representan un acto fundacional que abre grandes signos de interrogación sobre el futuro de los Estados y de la democracia. Sin duda que esto no es fácil, ¿cómo sacarnos el colonizador que está dentro de nosotros?, ¿cómo desprendernos de sus mejores atuendos democráticos que enmascaran la demagogia?, ¿cómo descolonizarnos? El hambre por la tierra y por sus recursos naturales en el mundo fortalece el egoísmo de unos pocos. Los sucesos en Formosa con la comunidad Qom se constituyen en ejemplos de la criminalización de la pobreza y de la protesta, pero además muestran las contradicciones de un discurso que busca explicaciones simples y populistas de una realidad compleja; que no duda de hablar de interculturalidad mientras oculta prácticas de violencia racista que son cotidianas, diarias, alcanzando algunas notoriedad pública. El reclamo de personería jurídica de la comunidad mapuche Tuwun Kupalmeo Maliqueo, de Neuquén, es un ejemplo de una larga lista de reclamos de los pueblos originarios frente a la sordera de organismos que sostienen preocuparse por los indígenas. Paradojas que no son paradojas. Hay los que instan por refundar la democracia, que parta de un pluralismo político, social y cultural, que acerque la realidad lo más posible al ideal democrático. No hay democracia si sólo se piensa en conseguir mayorías complacientes. No hay democracia si se sigue ubicando a las minorías en el lugar de subalternos. No hay democracia si no se reconoce que estamos transitando por un proceso que lleva a la etnización de lo nacional. Nos movemos, entonces, en un escenario conflictivo de dimensiones tempo-espaciales que hacen eclosión en el presente inmediato y que definirán el futuro. La diversidad cultural que otrora era vista lejos y en la periferia, dominada e invisibilizada, hoy puja por un reconocimiento igualitario “desde dentro” y en respuesta a la violencia legitimada por los Estados que pretendían asimilarlas bajo una identidad nacional. El rol del Estado y de la dirigencia política de turno es clave. Sabemos que tenemos un pasado que impuso una dominación cultural y no en pocos casos recurrió a la violencia física legitimada por el Estado. Basta recordar las palabras de Sarmiento sobre los “araucanos” para descubrir que la violencia siempre se genera desde arriba: “eran indómitos, lo que quiere decir, animales más reacios, menos aptos para la civilización y asimilación europea”. Los pueblos indígenas en Argentina, como la población afro, fueron expoliados, explotados, perseguidos, asesinados, desarraigados, violados, ultrajados… podríamos sumar más términos, siguiendo a Osvaldo Bayer. No se trata de recurrir a fórmulas maniqueas buenos/malos –la realidad es demasiado compleja y hay muchas formas de ser indígena, negro, blanco, gringo, etc.– sino de tomar conciencia del pasado genocida y etnocida en la figura del Estado argentino, que está dentro nuestro como también están nuestros ideales emancipatorios. Podemos entender y explicar el pasado, pero aprobarlo es otra cosa. Claro que esto no es suficiente, de poco nos sirve la toma de conciencia si no somos capaces de llevar adelante una acción afirmativa que dé respuesta a las demandas de los pueblos indígenas y migrantes. De tal manera que el modo en que se ejerza el poder por parte de la dirigencia política que acceda a la maquinaria burocrática del Estado es fundamental a la hora de entender que no basta con cambiar el nombre a una ciudad o trasladar a otro espacio la estatua del general Roca del centro cívico de Bariloche. Remarco lo de trasladar a otro espacio, con su correspondiente revisionismo histórico, porque cometeríamos un grave error derribándola o retirándola para guardarla en un sótano municipal. Qué el “nunca más” sea público para no seguir alimentando de olvido a nuestra memoria colectiva, aunque el olvido esté lleno de memoria, como diría el querido Mario Benedetti. (*) Docente del Área de Antropología Social- Fadecs. UNC
CRISTINA GARCÍA VÁZQUEZ (*)
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