Llegó desde Buenos Aires a la Patagonia por un proyecto de trufas y terminó apostando al fruto seco estrella de la chocolatería

Martín Macías llegó al IDEVI en 2003 por un proyecto de trufas negras que nunca prosperó. Más de dos décadas después, produce avellanas en el Valle de Viedma, con rindes de hasta 4.000 kilos por hectárea y ventas destinadas a la industria chocolatera.

Entre hileras de avellanos en plena etapa de poda y rindes que en algunos años alcanzaron los 4.000 kilos por hectárea, Avellanas del Valle se convirtió en uno de los proyectos que apostó al desarrollo del cultivo en Río Negro. El emprendimiento, ubicado en el Valle de Viedma, hoy trabaja con unas 18 hectáreas implantadas y producción destinada principalmente a la industria chocolatera, aunque sus comienzos estuvieron lejos de la avellana.

"Nosotros desembarcamos acá en el Valle Inferior en el año 2003. El proyecto era producir trufas negras utilizando distintos simbiontes, por ejemplo robles, avellanos y encinos", recordó Martín Macías, gerente de Avellanas del Valle.

La iniciativa comenzó con la compra de una chacra de 30 hectáreas y la instalación de infraestructura específica para producir plantines inoculados para trufas. "Se hicieron mesadas donde se preparaban los plantines dentro de un invernadero con temperatura y humedad controlada", explicó.

Pero el proyecto chocó rápidamente con una limitación clave: la infraestructura del Valle de Viedma no era compatible en ese momento con las necesidades de riego del cultivo de trufa negra.

Martín Macías durante la recorrida por la chacra de Avellanas del Valle, en el Idevi. Foto: Marcelo Ochoa.
Martín Macías durante la recorrida por la chacra de Avellanas del Valle, en el Idevi. Foto: Marcelo Ochoa.

La experiencia obligó a redefinir el rumbo. La sociedad original vinculada a las trufas quedó relegada y el grupo decidió apostar de lleno al avellano.


El desembarco del avellano en el Valle de Viedma


La primera plantación llegó en 2009. "En el 2009 hicimos la primera plantación de avellanos en el cuadro uno y el cuadro cuatro", contó Macías. Luego siguieron nuevas etapas: en 2012 se implantó el cuadro 2 y en 2020 el cuadro 3.

Actualmente la chacra tiene alrededor de 18 hectáreas plantadas, aunque el potencial es mayor.

La producción se desarrolló bajo el esquema técnico impulsado por Ferrero Rocher en Argentina, utilizando variedades específicas y un sistema de polinización diseñado para maximizar los rindes.

"Nosotros plantamos todo el esquema de Ferrero. En esa época se usaba Giffoni como variedad productora, Tonda Gentile como polinizante y otras como Tonda Romana", explicó.

Las primeras plantaciones se realizaron con un marco de 5 por 3 metros, lo que implicaba unas 666 plantas por hectárea. El esquema incluía una fila completa de polinizantes cada siete filas productoras.

La producción de avellanas en el Valle de Viedma atraviesa la etapa de poda y formación de plantas. Foto: Marcelo Ochoa.

Más adelante comenzaron a trabajar también con marcos de 5 por 4 metros, reduciendo la densidad a unas 500 plantas por hectárea. "Acá la clave es cubrir la mayor superficie del terreno con hoja", resumió Macías.


Avellano en la Patagonia: cómo funciona el ciclo


Uno de los aspectos más delicados del cultivo es el proceso de floración y fecundación, altamente dependiente de las condiciones climáticas.

"La flor femenina se poliniza a mediados de julio. El polen se guarda hasta el momento de la cuaja, que es a mediados de septiembre. Si en ese momento tenemos problemas de heladas, se congela el tubo polínico, se muere el polen y no se fecunda la planta", detalló.

Las heladas y el viento son algunos de los factores que influyen en la producción de avellanas. Foto: Marcelo Ochoa.

Las consecuencias aparecen meses después. "En diciembre, cuando la planta tiene el fruto formado y lo empieza a llenar, al darse cuenta de que está vacío lo aborta y lo tira al suelo", explicó.

A eso se suman los efectos del cambio climático. "Las plantas están teniendo estrés en verano fuerte por los vientos cálidos. Eso influye en el añerismo, que quiere decir que un año tenés buenos rindes y al siguiente una caída marcada", sostuvo Macías.

Pese a esa irregularidad, los números productivos muestran un buen rendimiento. "Hemos cosechado acá 4.000 kilos por hectárea. El año pasado tuvimos un promedio de 3.500 kilos por hectárea", indicó.

Actualmente la chacra atraviesa una de las tareas centrales del manejo del cultivo: la poda. Los trabajos están enfocados en formación, levante y limpieza de plantas, una práctica clave para mejorar la estructura del avellano y sostener la producción.

Además del saneamiento, la tarea también apunta a mejorar la entrada de luz y la capacidad fotosintética de la planta. "La idea es controlar el ángulo de crecimiento para que los árboles reciban mayor cantidad de luz directa sobre una mayor superficie", señaló.


Un negocio global manejado por Turquía


La avellana es un commodity internacional cuyo precio depende principalmente de Turquía, el principal productor mundial. "El precio lo maneja Turquía. Ellos producen 800.000 toneladas anuales de fruta. Hay años de 600.000 y otros de un millón. Cuando vuelcan la fruta al mercado, el precio cambia", explicó Macías.

En la última temporada, el valor internacional se disparó debido a problemas climáticos en distintos países productores.

Las plantaciones de avellanos comenzaron en 2009 dentro de la chacra ubicada en el Valle de Viedma. Foto: Marcelo Ochoa.

"Ferrero Rocher compró a seis dólares promedio el kilo de avellana. Es un valor espectacular. El año pasado hubo mucho frío en todo el mundo y cayeron mucho las producciones mundiales. Entonces el precio se elevó un 50%. Un precio normal es cuatro dólares", señaló.


La tecnología hecha en la chacra del Valle de Viedma


Gran parte de la maquinaria utilizada en Avellanas del Valle fue diseñada y construida dentro del propio establecimiento.

El cultivo de avellanas requiere manejo técnico durante todo el año. Foto: Marcelo Ochoa.

El circuito comienza con una máquina que calibra la avellana con cáscara. Luego pasa a una descascaradora que separa mecánicamente la cáscara y clasifica el fruto. Más tarde interviene una clasificadora óptica que selecciona la mercadería y finalmente un operario realiza el control manual final antes del embolsado.

Todo el proceso apunta a un mercado muy específico: la industria chocolatera.


De vender a Ferrero a fabricar chocolates premium


Las primeras cosechas fueron pequeñas. "En 2015 o 2016 empezamos a tener cosechas de 500 o 700 kilos", recordó.

Con esos volúmenes, vender directamente a grandes compradores no resultaba rentable. La salida fue agregar valor. "Empezamos pelando fruta, después me puse en mi casa a jugar con el horno y empecé a tostar", relató.

Así comenzaron a experimentar con distintos grados de tueste, procesos de pelado y combinaciones de sabores. Más adelante desarrollaron líneas de productos con chocolate, versiones sin azúcar, chocolates blancos y garrapiñadas elaboradas con cerveza negra y sal.

Parte de la producción de Avellanas del Valle se procesa para abastecer a empresas chocolateras. Foto: Marcelo Ochoa.

"Cuando preparábamos el caramelo, en vez de usar agua usábamos cerveza negra. Le agregábamos un toque de sal y como snack era una bomba", recordó.

La elaboración se realizaba junto a firmas especializadas en chocolate, utilizando avellanas producidas y procesadas íntegramente en la chacra.

Sin embargo, conflictos societarios frenaron esa etapa comercial. Actualmente la empresa se concentra exclusivamente en la producción y procesamiento de avellanas para abastecer a la industria chocolatera.

"Hacemos pelado de avellanas y somos proveedores de la industria de la chocolatería. Les entregamos todos los años la misma fruta, la misma calidad y la misma variedad", indicó.


El potencial que ven para el Valle de Viedma


Para Macías, el crecimiento del sector en el Valle de Viedma recién empieza y la llegada de nuevas inversiones puede acelerar el desarrollo de toda la cadena productiva. "Sabemos que hay mucho potencial de crecimiento en la zona", afirmó.

En ese sentido, consideró positiva la posible llegada de empresas chilenas interesadas en invertir en avellanos en la región. "Es muy bueno que vengan empresas a invertir porque va a haber más servicios, más productos para el avellano y más formas de comercializarlo", sostuvo.

Durante el invierno, la poda marca una de las etapas más importantes en el manejo de los avellanos. Foto: Marcelo Ochoa.

Además, destacó que se trata de un cultivo permanente, que genera arraigo y planificación de largo plazo.

Después de más de dos décadas en el Valle Inferior, el ingeniero que llegó desde Buenos Aires para apostar a las trufas terminó encontrando otro negocio. "Después de 23 años de renegar y remar, gracias a que me puse la camiseta y me hice cargo de la chacra, esto funcionó", concluyó.


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