Siempre vuelve

Redacción

Por Redacción

–¡Papá, papá! ¡Vení, está picando, está picando! Una suave brisa tornaba agradable esa soleada mañana de verano. Las olas mojaban con timidez las arenas de El Remanso, una playa de pescadores en Mar del Sud en la que los turistas son mirados con recelo. La caña llevaba varias horas rígida, como explorando el reposado mar. El niño la custodiaba al milímetro, ansioso. El súbito repiqueteo lo entusiasmó y lo hizo oscilar entre la excitación de la primera vez y el temor a arruinar la conquista. –¡Papá! Pica, pica… ¡parece algo grande! Edmundo, que roncaba debajo de una sombrilla, tardó en despabilarse. Sin exaltarse ante el clamor de su hijo de ocho años, permaneció sentado y decidió que ya era hora. –Sacalo vos, dale que podés –le dijo al niño con una tibia mueca de satisfacción. *** “Siempre vuelvo”, exclamó Pedro, que ya no era un niño ni estaba en la playa, el paisaje que le gustaría ver cada mañana cuando se despierta. Tenía 40 años, se había divorciado hacía dos y estaba solo en el silencio de su departamento durante una anodina tarde de invierno. “Siempre vuelvo”, repetía, como si estuviera verbalizando dos palabras que alguien invisible le acababa de revelar. Se sirvió la cuarta copa de malbec y se sentó en un sofá, con la mirada en un punto fijo de la ventana. Buenos Aires se apagaba, en el living crecía el silencio. *** El recuerdo de sus inicios en la pesca disparó una sucesión de imágenes y pensamientos. Algunos relacionados con la vida a orillas del mar, todos vinculados con Edmundo. Como el día en que fue al bodegón de su papá y le dijo: “Ya está, bajá la persiana, los números no dan. Tenés 70 años y te estás enfermando”. La preocupación de Pedro aumentó durante un año en el que intentó convencer a su papá de terminar con el negocio familiar que acumulaba más de tres décadas. Edmundo, vasco y testarudo, no admitió la decadencia y sólo paró en diciembre pasado, cuando el corazón se le apagó. Pedro juntó fuerzas durante unas semanas y en enero fue al bodegón, decidido a cerrarlo. Se sentó en la barra a charlar con el encargado. Hablaron de todo menos del futuro del negocio, que sigue funcionando con el empuje de los trabajadores que quedaron. “Vengo a ver si está todo en orden”, repite Pedro cada semana al llegar al bodegón, sobre avenida Las Heras. Se sienta siempre en la misma butaca, con el cuero seco y resquebrajado, frente a la barra. Pide un café en jarrito, ojea el diario. Y cada tanto se pregunta: “¡¿Qué carajo estoy haciendo acá?!”. Recostado en su cama, ya sin malbec, los pensamientos se nublan y Pedro se duerme. Sueña con el mar de una playa lejana y se ve a sí mismo con unos 50 años, mientras un niño le grita: –¡Papá, papá, vení! ¡Creo que está pi-cando!

Juan Ignacio Pereyra


–¡Papá, papá! ¡Vení, está picando, está picando! Una suave brisa tornaba agradable esa soleada mañana de verano. Las olas mojaban con timidez las arenas de El Remanso, una playa de pescadores en Mar del Sud en la que los turistas son mirados con recelo. La caña llevaba varias horas rígida, como explorando el reposado mar. El niño la custodiaba al milímetro, ansioso. El súbito repiqueteo lo entusiasmó y lo hizo oscilar entre la excitación de la primera vez y el temor a arruinar la conquista. –¡Papá! Pica, pica... ¡parece algo grande! Edmundo, que roncaba debajo de una sombrilla, tardó en despabilarse. Sin exaltarse ante el clamor de su hijo de ocho años, permaneció sentado y decidió que ya era hora. –Sacalo vos, dale que podés –le dijo al niño con una tibia mueca de satisfacción. *** “Siempre vuelvo”, exclamó Pedro, que ya no era un niño ni estaba en la playa, el paisaje que le gustaría ver cada mañana cuando se despierta. Tenía 40 años, se había divorciado hacía dos y estaba solo en el silencio de su departamento durante una anodina tarde de invierno. “Siempre vuelvo”, repetía, como si estuviera verbalizando dos palabras que alguien invisible le acababa de revelar. Se sirvió la cuarta copa de malbec y se sentó en un sofá, con la mirada en un punto fijo de la ventana. Buenos Aires se apagaba, en el living crecía el silencio. *** El recuerdo de sus inicios en la pesca disparó una sucesión de imágenes y pensamientos. Algunos relacionados con la vida a orillas del mar, todos vinculados con Edmundo. Como el día en que fue al bodegón de su papá y le dijo: “Ya está, bajá la persiana, los números no dan. Tenés 70 años y te estás enfermando”. La preocupación de Pedro aumentó durante un año en el que intentó convencer a su papá de terminar con el negocio familiar que acumulaba más de tres décadas. Edmundo, vasco y testarudo, no admitió la decadencia y sólo paró en diciembre pasado, cuando el corazón se le apagó. Pedro juntó fuerzas durante unas semanas y en enero fue al bodegón, decidido a cerrarlo. Se sentó en la barra a charlar con el encargado. Hablaron de todo menos del futuro del negocio, que sigue funcionando con el empuje de los trabajadores que quedaron. “Vengo a ver si está todo en orden”, repite Pedro cada semana al llegar al bodegón, sobre avenida Las Heras. Se sienta siempre en la misma butaca, con el cuero seco y resquebrajado, frente a la barra. Pide un café en jarrito, ojea el diario. Y cada tanto se pregunta: “¡¿Qué carajo estoy haciendo acá?!”. Recostado en su cama, ya sin malbec, los pensamientos se nublan y Pedro se duerme. Sueña con el mar de una playa lejana y se ve a sí mismo con unos 50 años, mientras un niño le grita: –¡Papá, papá, vení! ¡Creo que está pi-cando!

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