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Sin certezas




No es el encierro el que provoca angustia de masas, sino la incertidumbre, que es el estado más constante del ser humano.


Aunque la ciencia dice que el porvenir es el terreno de lo imprevisto, la mayoría cree, sin embargo, que es posible tener certezas sobre el futuro. Es difícil encontrar gente que no crea en los pronósticos. En cualquier pronóstico que tranquilice su sed de certezas: desde los menos autorizados -como los de la astrología- hasta las estimaciones económicas, supuestamente más “científicas”, que publican cada año los principales organismos internacionales. Por eso, cuando algo inédito como la pandemia que estamos atravesando “dinamita todos los manuales y destruye las brújulas habituales” (como dijo el economista británico Adam Tooze), las mayorías caen en la angustia.

No es el encierro el que provoca angustia de masas, sino la incertidumbre. La incertidumbre es el estado más constante del ser humano y por eso la angustia -que es su parásito o el efecto asociado a la incertidumbre- es el sentimiento humano por excelencia, como bien dijo Soren Kierkegaard. Toda la cultura moderna busca limitar la incertidumbre. Por eso creemos, cuando nada terrible sucede, que hemos alcanzado un grado de certezas tal que ya podemos prever el futuro -al menos, el más próximo- con total seguridad.

Mucha gente viola la cuarentena -se va a fiestas u organiza asados de amigos, todas actividades que están prohibidas porque son grandes focos de contagio- como forma de alejar simbólicamente la muerte.

Nunca fue así. Como bien dijo el físico Richard Feynman (Premio Nobel en 1965 y una de los mentes más brillantes del último siglo): “El futuro es impredecible porque todo se basa en probabilidades”. Y las probabilidades son antagonistas totales de la certeza. Que algo tenga tal probabilidad de ocurrir quiere decir, a la vez, que hay tales otras probabilidades de que no ocurra. Solo en el futuro podremos saber cuál de las probabilidades se hizo real: si ocurrió o si no ocurrió.

La pandemia rompió la creencia en las certezas de futuro: ya no podemos creer tan fácilmente en las previsiones sencillas con las que cada día tratábamos de imaginar cómo iba a funcionar nuestro trabajo, adónde iríamos de vacaciones o con quién pasaríamos las Fiestas de fin de año. Y eso es lo que la gente no está tolerando.

La mayoría quiere que le digan qué va a pasar luego de la pandemia. “¿Cómo sigue esto?” es la pregunta del millón. Pero el problema es que nadie realmente lo sabe. Cualquier pronóstico sobre lo que podría pasar en los próximos meses tiene una enorme chance de errar. Pero como la mayoría está en busca de nuevas certezas, un charlatán que trace un panorama verosímil y convincente (que sepa inventar una buena ficción) tiene más probabilidades de ser escuchado y creído que el que diga la verdad: “No sabemos qué va a suceder”.

En todo el mundo (incluida la Argentina) muchos medios y políticos (en EE. UU. es el propio presidente el que lo hace) han difamado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) porque, debido a sus rigurosos protocolos, no puede aceptar como válidas las creencias que no tienen sustento científico ni predecir qué sucederá con la pandemia en una situación que es muy fluida ni afirmar que tal remedio es mejor, si no ha sido realmente comprobado.

Además, como cada día que pasa se comprueban nuevos datos y se desmienten algunos que se creían sólidos, la OMS va descartando información que antes aceptaba como válida. Toda esta exposición pública constante le cuesta caro a la OMS en la imagen popular. La gente, que desconoce cómo funciona el protocolo científico, le cree a los difamadores. Como dijo Bertrand Russell: “La difamación siempre es simple y verosímil, por eso es creída por las mayorías; la verdad es, muchas veces, ardua de argumentar y de comprender”.

Sabemos que vamos a morir, pero no sabemos cómo ni cuándo. Y para no angustiarnos más tratamos de apartar a la muerte de nuestra vida cotidiana. La pandemia, además de aumentarnos la sensación de incertidumbre, nos recuerda nuestra mortalidad. Todo mal con la pandemia: aumenta la incertidumbre y nos recuerda constantemente que somos mortales.

Mucha gente viola la cuarentena -se va a fiestas u organiza asados de amigos, todas actividades que están prohibidas porque son grandes focos de contagio- como forma de alejar simbólicamente la muerte. Pero la muerte se ríe de los símbolos: aparece justo allí donde se creía que se la conjuraba. En esas violaciones tontas de las medidas sanitarias que nos mantienen sanos es donde mejor se difunde el coronavirus.

Buscando certezas que no existen y queriendo escapar de la muerte con métodos que nos llevan al contagio masivo caemos más hondo en la angustia. Pero realmente no sabemos qué nos espera, cómo termina esto ni cuándo. Aceptar nuestros límites -por ejemplo, que no podemos ver el futuro- es una medida sabia. Además, esa aceptación nos permite también darnos un espacio para pensar la forma de quedar lo mejor parados posible en medio de este vendaval.


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