Siria convulsionada

Por Redacción

Todo hace pensar que la confusa guerra civil que está librándose en Siria está acercándose a un punto de inflexión ya que, hace algunos días, el régimen despiadado de Bashar al Assad sufrió un revés muy duro al morir en un atentado suicida el cuñado del dictador, el ministro de Defensa y un general. Por lo demás, han comenzado a registrarse combates en distintos lugares de la capital, Damasco, donde, según se informa, grupos de rebeldes se han apoderado de algunos barrios y están en condiciones de atacar los cuarteles militares céntricos. Así y todo, aunque en el resto del mundo pocos lamentarían la eventual caída de Al Assad, un personaje siniestro que desde hace más de un año está procurando aplastar con brutalidad extrema una rebelión que, a pesar de la muerte de muchos miles de civiles, sigue cobrando fuerza, en Siria las opiniones están divididas, puesto que no hay garantía alguna de que el dictador no se vea reemplazado por alguien todavía peor. Los más preocupados por lo que podría suceder son, desde luego, los cristianos y los miembros de la secta musulmana alauita, la de Al Assad y sus colaboradores principales, que tienen motivos de sobra para temer que, de instalarse, como parece probable, un régimen islamista, serían víctimas de una campaña de limpieza religiosa parecida a las que ya han provocado tantas muertes y huidas en Irak y otros países de la región que, tal y como están las cosas, pronto quedarán sin las comunidades de judíos, cristianos y de otras minorías, que en algunos casos se formaron hace más de 2.000 años. Se trata de un desastre de proporciones históricas que los gobiernos occidentales han preferido pasar por alto por miedo a brindar la impresión de ser “cruzados” dispuestos a luchar contra el mundo islámico. Aunque todos los gobiernos de los países desarrollados dicen simpatizar con los rebeldes y, además de impulsar declaraciones duras en el seno de la ONU, han tomado medidas económicas destinadas a debilitar el régimen, a ninguno le atrae la idea de intervenir militarmente en Siria aunque fuera exclusivamente por motivos humanitarios. En Washington, Londres y París los gobiernos se resisten a las presiones en tal sentido de los muchos que se sienten horrorizados por la ferocidad del Ejército y de milicianos presuntamente alauitas que no han vacilado en torturar y asesinar a mujeres y niños con miras a intimidar a la población. Tal actitud no se debe a que Siria sea un país sin grandes reservas de petróleo, sino a que la experiencia les ha enseñado que los costos políticos de una intervención en otro país musulmán serían con toda seguridad superiores a los hipotéticos beneficios, ya que pase lo que pasare no tardarían en verse acusados de ser los únicos responsables de las catástrofes humanitarias que continuarán produciéndose. Otro motivo de cautela consiste en lo difícil que es, incluso para los servicios de inteligencia occidentales, saber si los jefes rebeldes son, como muchos juran, demócratas auténticos decididos a implantar un sistema pluralista en que se respeten los derechos ajenos o, como es legítimo sospechar, islamistas que están interesados en destruir la dictadura alauita sólo porque quieren formar una sunnita que sería igualmente cruel y, tal vez, aún más peligrosa. Razones para el escepticismo no les faltan a los dirigentes norteamericanos y europeos. Hay abundantes indicios de que grupos afines a Al Qaeda operan en Siria y es factible que hayan estado detrás del atentado a miembros de la cúpula militar del régimen de Al Assad. Por razones comprensibles, pues, los norteamericanos y europeos entienden que no sería de su interés que Siria cayera en manos de yihadistas resueltos a intensificar la guerra santa que están librando no sólo contra “el ente sionista”, Israel, sino también contra el Occidente en su conjunto, de ahí su voluntad de limitarse a manifestaciones de repudio verbales. Por su parte, el gobierno ruso de Vladimir Putin, respaldado por la dictadura china, parece convencido de que, desde su punto de vista, sería mejor que Al Assad permaneciera en el poder porque, si los rebeldes lograran derribarlo, se fortalecerían los islamistas militantes que ya están causando estragos tanto en la zona sureña de la Federación Rusa como en Moscú y otras ciudades.


Exit mobile version