La roquense que convirtió su vida en Israel en una novela de amor, misiles y desarraigo

Casandra Sol Sans comenzó su primera novela en medio de una guerra en Israel. En la ficción volcó las alarmas, el desarraigo y las contradicciones de una experiencia que ahora trae de regreso a Roca para presentar su libro.

Por Natalia López

Casandra Sol Sans vive en Israrel desde 2023. La migración, la guerra y su trabajo en Drechos Humanos atraviesan su primera novela. Foto gentileza.

Casandra Sol Sans vive en Israrel desde 2023. La migración, la guerra y su trabajo en Drechos Humanos atraviesan su primera novela. Foto gentileza.

Pensó que no podía escribir sobre la guerra mientras la guerra estaba ocurriendo. Que bastante tenía con atravesarla. Había alarmas, corridas hacia los refugios, noches difíciles y una sensación de incertidumbre que, después de tres años viviendo en Israel, ya se había vuelto conocida. “La tranquilidad dura hasta que deja de durar”, dice Casandra Sol Sans, desde Haifa, en diálogo con Diario Río Negro.

Cuando su suegra le sugirió que escribiera sobre lo que estaba viviendo durante la guerra de 11 días del año pasado, su primera reacción fue negarse. “Le dije: ‘No es el momento. No puedo ahora ponerme a rascar la herida. No estoy pudiendo con mi vida, mirá que me voy a poner encima a escribir sobre esto’”. Pero ella insistió: después podía olvidarse. No de los grandes acontecimientos, quizás, sino de los detalles y las sensaciones. Entonces Casandra (en IG @casandrasolsans) empezó a escribir.

Durante unos seis meses trabajó el texto, junto a su profesor Diego Paszkowski, que terminaría convirtiéndose en Una triste alegría, su primera novela. Lo que temía que profundizara el dolor terminó teniendo otro efecto. “Fue muy terapéutico, yo pensé que iba a ser peor”, reconoce. Y también le permitió conservar algo que el paso del tiempo inevitablemente modifica: “Deja huella de cómo me sentía tal vez en ese momento, que ya no me siento igual”.

De Roca a Israel: volver a la lengua materna


Casandra nació en General Roca en 1995, es abogada por la UBA y magíster en Derechos Humanos por la UNLa. La escritura, sin embargo, había empezado antes, desde chica, aunque durante años esos textos quedaron en el ámbito privado. Algo cambió cuando emigró a Israel. “Empecé a compartir lo que escribía ni bien me vine acá. Hay algo de perderle un poco el pudor por estar lejos y también de la necesidad de conectar más con mi idioma”, cuenta.

Lo que temía que profundizara el dolor terminó ayudándola a procesarlo y a dejar registro de cómo se sentía mientras todo estaba ocurriendo (Foto gentileza).

Su vida transcurre entre lenguas. En la calle habla hebreo, trabaja en inglés y el español permanece en su casa y, cada vez más, en la literatura. La distancia terminó empujándola hacia aquello que la conectaba con Argentina. Primero compartió sus textos; después llegaron un club de lectura, talleres y mentorías. Mientras tanto seguía ejerciendo como abogada.

Tras el ataque del 7 de octubre, trabajó durante cerca de un año en una organización que asistía a familiares de las personas secuestradas y luego pasó a otra ONG, dedicada al derecho internacional y al trabajo ante Naciones Unidas.

Una novela atravesada por la migración y el 7 de octubre


Toda esa experiencia terminó entrando, de una manera u otra, en Una triste alegría, una ficción hecha de lo vivido. Penélope, su protagonista, deja Argentina por amor y se instala en Israel. Es abogada, pierde las referencias profesionales que tenía en su país y debe aprender a vivir en otro idioma. Todavía no sabe cómo suena una sirena ni cómo se ve un cielo poblado de misiles. Mucho menos imagina que terminará trabajando con las familias de los secuestrados después del ataque del 7 de octubre.

La cercanía con la vida de Casandra es evidente, pero eligió la autoficción para contarla. “Hay mucho de auto y hay algo de ficción”, explica. Cambió nombres y armó personajes a partir de distintas personas y situaciones: una suerte de “Frankenstein” que le permitió separarse de la reconstrucción estrictamente autobiográfica.

Casandra llegó a Israel con una determinada mirada sobre el conflicto y después le tocó estar allí el 7 de octubre, correr a los refugios y trabajar con sus víctimas. “Hay muchas cosas que sostengo. El sufrimiento humano para mí es evidente. Pero también a mí me tocó estar acá el 7 de octubre”, señala. Con la novela buscó plasmar una mirada “más humana, desde adentro y desde afuera”.

Una historia que no busca dar respuestas


Esa ambigüedad aparece deliberadamente en Penélope. Una amiga que leyó el libro le dijo que le había gustado, pero que le provocaba bronca que la protagonista mostrara tantas contradicciones. “Me dijo: ‘Al final no me queda claro cuál es su postura’. Y yo le dije: ‘Bueno, justamente ese es el mensaje que quiero dejar’”.

Casandra habla de los “grises” que aparecen cuando el conflicto deja de observarse desde lejos y se vuelve parte de la vida cotidiana. También de la dificultad para dialogar en tiempos de posiciones rígidas y cultura de la cancelación. “Cuando uno está metido adentro hay muchas más cuestiones emocionales y de vivencias que se ponen en juego”.

Una triste alegría no nació para explicar el conflicto de Medio Oriente ni para ofrecer una respuesta política. Nació de la necesidad de dejar registro de una experiencia mientras todavía estaba ocurriendo y convertirla en literatura. El libro habla de guerras, pero también de “la ternura, el intento de adaptarse con humor, los sobresaltos, las preguntas incómodas y el desgarro ante un mundo roto”.

De escritora a editora: el nacimiento de Tinta y Mate


Cuando terminó el manuscrito apareció otra pregunta: cómo publicarlo. Casandra evaluó distintos caminos, pero para entonces ya había construido Tinta y Mate (@editorialtintaymate), un proyecto que reunía su club de lectura, talleres y mentorías de escritura. Entonces decidió dar un paso más y crear su propio sello editorial.

Portada de Una triste alegría, de Casandra Sol Sans. La ilustración pertenece a Lucía Abelleira Castro.

Desde Israel armó cada pieza del proceso: buscó una correctora, encargó la ilustración de la portada a Lucía Abelleira Castro, consiguió imprenta y organizó la venta y distribución. También hizo la página web y el comercio electrónico. Una triste alegría se convirtió así en el primer título de Tinta y Mate, una editorial con la que espera publicar nuevos libros y poner especialmente el foco en autoras argentinas.

Aunque buena parte de su vida literaria ocurre en el mundo digital, para su debut quería un libro en papel. “El papel sigue teniendo algo indiscutible”, dice. Sus primeros lectores argentinos, de hecho, recibieron sus ejemplares antes de que ella pudiera tocar el suyo.

El regreso a Roca y a la biblioteca donde empezó todo


Ahora Casandra hará el recorrido inverso. Volverá de Israel a General Roca para presentar Una triste alegría el sábado 19 de septiembre, a las 19, en la Biblioteca Popular Roca, donde conversará con su directora, Irene Corradi.

El lugar tiene un significado especial. Cuando era chica acompañaba a su mamá a esa misma biblioteca y podía elegir un libro para llevar a casa. “Mis primeros libros fueron de la biblioteca. Tenía muy poquitos libros propios”, recuerda. Por eso, apenas publicó su primera novela, supo que quería presentarla allí.

Regresará con un deseo que resume con sencillez: que haya en su vida “cada vez más escritora y menos abogada”. No reniega de la profesión que la llevó hasta aquí —“es lo que soy”, reconoce—, pero quiere que la lectura y la escritura ocupen cada vez más espacio.

No lloro ni duermo. Espero la sirena que sonará pronto y me consuela pensar que, si muero ahora, moriría feliz. No está tan mal».

Casandra Sol Sans


Pensó que no podía escribir sobre la guerra mientras la guerra estaba ocurriendo. Que bastante tenía con atravesarla. Había alarmas, corridas hacia los refugios, noches difíciles y una sensación de incertidumbre que, después de tres años viviendo en Israel, ya se había vuelto conocida. “La tranquilidad dura hasta que deja de durar”, dice Casandra Sol Sans, desde Haifa, en diálogo con Diario Río Negro.

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