Entre humo y sabores: los carritos de la costanera, un punto de encuentro en Viedma
Frente al río Negro, los carritos de la costanera se consolidan como uno de los puntos más elegidos en Viedma, variedad de sabores, encuentros y una postal que se repite cada día.
Hay lugares que no necesitan presentación. En la costanera de Viedma, los carritos gastronómicos forman uno de esos espacios donde la ciudad se muestra tal como es: abierta, relajada y en constante movimiento.
Ubicados frente al río Negro, en la costanera norte, en el sector del parque Ferreira y a pocos metros del puente Basilio Villarino, el paseo se arma con una postal que cambia con la luz del día pero conserva su esencia.

Al atardecer, cuando el cielo empieza a bajar de intensidad, se encienden las primeras luces y el humo de las planchas dibuja una escena reconocible. Más tarde, con la noche ya instalada, el lugar toma otro ritmo, más gente, más conversaciones, más pedidos que se acumulan.
El recorrido suele empezar casi sin pensarlo. Alguien propone «vamos a los carritos» y el plan se activa solo. Llegar, caminar unos metros, mirar de reojo cada opción. Porque elegir no siempre es fácil: hamburguesas que chisporrotean en la parrilla, papas fritas recién salidas, waffles dulces que se arman en el momento, helados para cerrar la noche, mariscos para quienes buscan algo distinto, y también alternativas sin gluten que amplían el menú.

Cada carrito tiene su personalidad. Algunos se destacan por la rapidez, otros por sus combinaciones, otros por la fidelidad de quienes vuelven una y otra vez y saludan casi por nombre a quienes atienden. Hay códigos que se repiten, el cliente que ya sabe qué pedir, el que duda hasta último momento, el que recomienda, el que espera mirando el río.
Un punto de encuentro que no se detiene
Mientras tanto, la escena alrededor nunca se detiene. Grupos de amigos que se juntan después del trabajo, familias con chicos que corren cerca, parejas que eligen un rincón más tranquilo. Hay quienes se sientan, quienes comen parados, quienes caminan mientras prueban las primeras papas. No hay una única forma de estar ahí, y quizás esa sea parte de su encanto.
El sonido también construye el lugar. El golpe de las espátulas contra la plancha, el aceite que crepita, los números de pedido que se anuncian, las risas que se mezclan.

Para muchos viedmenses, los carritos son parte de su historia cotidiana. Están en los planes improvisados y en los encuentros que se repiten. Son ese lugar al que se vuelve sin demasiadas vueltas, porque siempre ofrece lo mismo y, al mismo tiempo, algo distinto, el clima, la gente, la conversación.
Hay lugares que no necesitan presentación. En la costanera de Viedma, los carritos gastronómicos forman uno de esos espacios donde la ciudad se muestra tal como es: abierta, relajada y en constante movimiento.
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