La Conchilla, una playa tan linda como su vecina Punta Perdices, a 65 km de Las Grutas y con música propia

El secreto está en su costa blanca que, cuando la caminás, suena como un gato ronroneante, y en su orilla en la que las olas levantan los restos de caracoles, creando sonidos cristalinos. Si sos de los que no te relajás ni en vacaciones, no lo dudes, tenés que conocer este lugar

Hay playas distintas, de ésas que, si nos dieran la posibilidad de crearlas, extrañamente no planificaríamos tan bellas. Porque un paisaje es una combinación de cosas, que exceden lo visual. Y hay sonidos, texturas y sensaciones que siempre quedan afuera de esas fotos mentales que solemos imaginar cuándo nos desafían a pensar en lugares de ensueño.

Uno de esos sitios es el balneario La Conchilla, ubicado a 65 km de Las Grutas por ruta 3, poco antes de acceder al Puerto San Antonio Este. Porque, por sobre todas las cosas, este es un espacio para descubrir desde lo sensorial.

Acá la cosa se pondrá complicada… ¿Por qué? Porque tendré que acercarles olores y ruidos que sólo se capturan al llegar al lugar.

-Un sitio para la desconexión y el relax-

Pero habrá que intentarlo. Primero, centrémonos en la sonoridad. No hay una playa que tenga una música tan particular como esta. Es una combinación de ruidos cristalinos que suelen usar los que buscan generar la idea de algo relajante o espiritual. Pero acá los produce la propia naturaleza. La mezcla es sencillísima: miles de conchillas de un material nacarado, como fragmentos de la mejor porcelana. Un mar que llega a la costa y levanta esas piezas, para luego replegarse y volver hacia atrás. Un viento que acompaña, acariciante. Y, en ese vaivén, la magia de lo musical. Porque, al levantarse y caer, los miles de caracoles que se extienden a lo largo de la orilla hacen, al unísono, un sonido vibrante, que anestesia los sentidos y pone en ‘modo Zen’ hasta al más reticente a dejarse llevar…  

Sólo por escucharlo vale la pena este sitio. Sentarse frente al mar y cerrar los ojos es una de las experiencias más lindas, porque esos sonidos nos invaden, y no hay mayor relax.

-Un mar inmenso y rumoroso nos espera en La Conchilla-

También es reconfortante hundir los pies en ese colchón gordísimo de valvas de mariscos, blanqueadas por el sol y por el viento, entre las que brillan, rosadas y violetas, los cascarones de las almejas púrpuras, que son las que abundan. Es que ese colchoncito cruje al pisarlo, y, al caminar, nos ronronea bajo las plantas como un gato, provocando la misma relajación que el sonido que se escucha en la orilla.

Después está la brisa, salobre y traicionera, que nos golpea de frente al bajar a la costa. Será porque el mar es tan inmenso como inabarcable. Y toda esa información nos impacta en la cara, en forma de intensa bocanada, como si el agua misma nos tirara su aliento, situándonos en el aquí y ahora. Sin darnos tregua ni dejarnos pensar.

Por último, deslumbra el color. Porque el suelo blanco, en el que se pierden pinceladas rosadas y amarillentas de algunos caracoles que el sol no llegó a decolorar, se suma al sepia de una arena que se adivina debajo de las valvas. También al azul intenso del agua, que se diluye hasta convertirse en celeste al tocar la línea del horizonte, a partir de la cual el cielo es el que empieza a reinar.

-Miles de valvas tapizan el suelo, y le dan un color especial-

En fin… una postal perfecta, que existe y está a la mano. Sobre todo si viajaste a Las Grutas, y te interesa llegar a otros balnearios que realmente valen la pena visitar.


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