Vuelta al mundo: el viaje de un neuquino que empezó como un sueño y terminó frente a la guerra

Durante 191 días, un neuquino recorrió 20 países y seis continentes. Buscaba cerrar un anhelo que arrastraba desde los 20 años, pero en el camino encontró algo más: la experiencia de la guerra, el pulso desigual del mundo y una pregunta que todavía no termina de responderse.

Por Lorena Vincenty

El templo de las 1000 ventanas en Jaipur India

Hay sueños que no hacen ruido, pero insisten. Se quedan ahí, laten y no terminan de irse nunca, aunque pasen los años, aunque la vida se llene de otras urgencias. Rubén Fernández Seppi, lo soñó a los 20, con el libro de La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne, entre las manos y largas conversaciones con un amigo que, como él, se llama Rubén Cherry, y creía que el planeta era algo que había que atravesar, no solo imaginar.

“Desde chico tenía esa idea, esa cosa de dar la vuelta completa”, dice ahora, y lo dice sin grandilocuencia, como quien nombra algo que siempre estuvo. Hubo varios intentos, un barco que no salió desde Argentina, otro desde Colombia que terminó en estafa, un vuelo desde África que prometía abrir el mapa hacia Asia pero se cerró antes de tiempo por un problema de visado. “Era como el juego de la Oca, avanzaba y volvía para atrás”, resume. Y después, vino lo que llama un “tsunami”, con los años que pasaron rápido, el trabajo, la vida armándose en otra dirección.

El sueño quedó en pausa, pero no desapareció. Hasta que, de alguna manera, todo empezó a alinearse. Un hijo viviendo en Australia, su pareja Mirna Kees Dietrich, dispuesta a acompañar, y esa sensación difícil de explicar pero fácil de reconocer: que era ahora o no iba a ser nunca.

Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie, en China. que inspiró a la película de Avatar.

“El viajar es priorizar tus sueños, por encima de muchas cuestiones materiales que debes resignar, es una decisión totalmente personal y filosófica, que requiere tener muy en claro que querés y que necesitas de la vida”, dice y en esa definición, más que una frase, hay una forma de entender lo que vino después.

Salieron de Neuquén sin épica, o mejor dicho: con una épica silenciosa. El viaje duró 191 días. Más de seis meses en los que cruzaron seis continentes, recorrieron 20 países y sumaron más de 100 mil kilómetros. “Es como haber dado dos vueltas y media al mundo”, dice.


Pero el viaje no se organiza en cifras, se arma en escenas


Hay una mañana en Japón donde todo parece funcionar con una precisión que desconcierta. “La pulcritud es total, pero también la amabilidad”, cuenta. Hay un momento frente al Monte Fuji que conecta con una imagen de la infancia, algo que ya estaba antes de llegar. En China, en cambio, la escala cambia: ciudades que parecen no terminar nunca, edificios que crecen como si el espacio no fuera un problema. “Es un desarrollo descomunal”, resume.

No podía faltar: un partido de Messi, que fueron a ver en Miami.

Y después están los lugares que pesan. Hiroshima, por ejemplo. “Ahí sentís la crueldad humana de otra manera”, destaca, y no hace falta que agregue mucho más. Camboya, con la historia de los Jemeres Rojos todavía flotando en el aire, o Vietnam, donde cada rincón parece atravesado por una guerra que dejó marcas difíciles de borrar.

Entre esos extremos, el viaje se llena de contrastes: las playas de Filipinas, casi irreales, con un río subterráneo que parece inventado; la modernidad impecable de Singapur; la espiritualidad densa de India, donde conviven la pobreza más extrema y una búsqueda constante de sentido. “India te conmueve, te hace pensar”, dice.

Durante el viaje, su rol como embajador de “Grandes Poetas Latinoamericanos” le permitió generar encuentros con escritores en distintos países, especialmente en Japón, Filipinas e India, ampliando su mirada sobre cada región; al mismo tiempo, su vínculo con espacios como “Contactos Energéticos” y el Monapy lo llevó a dialogar con diversos actores.

Encuentro con el politólogo, Andres Malamud, en Lisboa, Portugal.

Aunque la guerra le impidió concretar reuniones clave en Bahréin y Qatar, en un recorrido que también dejó momentos significativos como su encuentro en Estados Unidos con el escritor Agustín Barletti y una cena en Lisboa junto al politólogo Andrés Malamud, en una tasca tradicional portuguesa.


El viaje cambió de tono en Medio Oriente


Llegaban a Dubái cuando empezó todo. “Llegábamos a Dubái cuando comenzaba el primer bombardeo, y, realmente, pensamos que era solo momentáneo, pero al segundo día, con el ataque y muerte del ayatola iraní, nos dimos cuenta que la escalada iba para largo, y allí decidimos sacar pasajes para volver a Omán, cuyo aeropuerto era el único operativo”, recuerda.

El mensaje era claro: ataques con drones, misiles, buscar refugio, bajar a los sótanos, alejarse de ventanas. La ciudad se transformó. “Desapareció la gente. Te diría que quedaba un cinco por ciento en la calle. Los pocos que seguían circulando lo hacían por necesidad. Hablábamos con taxistas y nos decían que salían a trabajar resignados, algunos se despedían de la familia antes de salir”.

Decidieron irse. Omán aparecía como la única opción viable.

El miedo no era una idea abstracta, era concreto, físico, inmediato. “Vos podés estar tranquilo, pero sabés que si cae un misil, se terminó todo en un segundo”, dice. Y en esa frase se condensa algo que el viaje no había mostrado hasta ese momento: la fragilidad.

Decidieron irse. Omán aparecía como la única opción viable. Llegaron a Mascate y el clima era otro. El Ramadán atravesaba la vida cotidiana: ayuno, oración, tiempos más lentos. “Parecían ajenos a la guerra”, dice, y sin embargo, el conflicto estaba cerca, latente. “Lo que más me llamó la atención fue la actitud de la gente. Estaban en un proceso interno muy fuerte, muy espiritual, y eso se notaba en todo. Fueron muy amables con nosotros, muy respetuosos”.

Fotos de Cabo Cañaveral, desde donde salió el Artemis dos.

Aun así, la sensación no se iba del todo, ni en Omán, ni después, en Egipto. “Hasta que no salimos del Golfo Pérsico, no me sentí tranquilo”, admite. Durante esos días se organizaron con otros argentinos varados. Un grupo de WhatsApp, servía para obtener información compartida, decisiones colectivas. “La ayuda vino más por ese lado”, dice.

De las embajadas, en cambio, no hubo respuestas. Lo dice sin elevar el tono, pero con claridad: “Para repensar la función que cumplen nuestras embajadas, ya que no solo no tienen un plan de contingencia, ni protocolos, ni gente capacitada, sino que tampoco tienen empatía ni voluntad”.

En Egipto, la foto en camello.

Lo más difícil fue la incertidumbre. No saber cuánto iba a durar, ni qué podía pasar. “Es una sensación muy fuerte, un miedo interno al pensar que te cae un misil y tu vida se termina en ese instante, tratas de mantener la calma, pero sabes que es a ‘todo o nada’, y mil pensamientos se te cruzan por la cabeza”.

Después de eso, el viaje siguió, pero algo había cambiado. No las ganas de viajar “al contrario, se reforzaron. Te das cuenta de que la vida es corta y que hay que vivirla a pleno”, dice. Y también aparece otra capa, más incómoda: preguntas sobre lo hecho, sobre lo que queda, sobre el sentido.

“En esos momentos uno se pregunta si dejó algo, si realmente hizo lo que quería hacer”, admite. Cuando intenta condensar el viaje en una sola imagen, duda: son demasiadas, pero hay una que se impone por encima de todas, la experiencia de haber sentido la guerra en carne propia, con su carga de sangre, miedo y destrucción, y la certeza que deja esa vivencia: la necesidad de un “nunca más” que no sea consigna sino decisión, no solo frente a la guerra, sino también frente a quienes la impulsan o la justifican.

La casa donde vivió Mahatma Gandhi en Bombay.

“En medio de tanto flagelo y locura, vuelve un recuerdo muy potente: la visita a la casa donde vivió Mahatma Gandhi en Bombay, hoy Mumbai, durante 17 años, el lugar donde tomó forma la idea de una independencia basada en la desobediencia civil no violenta”. Y entonces baja la mirada hacia lo propio: “Argentina está dubitativa, atrapada en un péndulo que no le corresponde. Es momento de tomar una posición clara en favor de la paz”.


Algunos detalles del viaje


  • El viaje duro 191 días desde la salida y llegada a Neuquén, y consistió en recorrer a fondo 20 países más dos países con escalas, y unos 15 sobrevolados.
  • En el recorrido, además de conocer una gran cantidad de gente, nos fuimos encontrando con amigos, sobrinos, escritores, empresarios, y por supuesto, con mi hijo Kevin y Vale, con los que compartimos días en Japón, China y Australia.
  • Hubo muchos países por los que pasamos de largo o en los que no pudimos entrar por distintas razones:
  • Corea del Norte directamente no te da visa. Este país es la versión moderna de la situación creada con el Muro de Berlín (Tendría que ser un caso de estudio mundial).
  • Algunos países tienen complicados sistemas de otorgamiento de visas, incluso a veces es necesario sacarla en la embajada de ese país en Argentina. Casos concretos son Taiwán, Brunei, Arabia Saudita y Kuwait.
  • El mundo en un “hervidero”, y muchos países atraviesan complicadas situaciones económicas, políticas y sociales, por lo que no es aconsejable visitarlos. Casos concretos son Papua Nueva Guinea, Myanmar (ex Birmania), Bangladesh, Yemen, Sudan, etc. Si, son muchos!!
  • Por supuesto ni hablar de los países que están en guerra o con inocultables tensiones de fronteras u otras: EEUU e Israel-Irán, con 15 países involucrados; China- Taiwán; Tailandia-Camboya; India-Afganistán; etc. También son muchos.
  • Al ir como embajador de “Grandes Poetas Latinoamericanos” tuve distintos contactos y encuentros con escritores en distintos lados del mundo, lo que enriqueció muchísimo la mirada y conocimiento de las regiones.
  • El viaje amplió mi mirada sobre la geopolítica y me llevó a observar cómo viven las personas en distintos países, cómo influyen la historia, la religión y los conflictos en su vida cotidiana, y a compararlo con la realidad local. Esa experiencia hoy la estoy procesando y transformando, junto a otros profesionales, en un plan de trabajo pensado como base para el desarrollo de Neuquén.

El templo de las 1000 ventanas en Jaipur India

Hay sueños que no hacen ruido, pero insisten. Se quedan ahí, laten y no terminan de irse nunca, aunque pasen los años, aunque la vida se llene de otras urgencias. Rubén Fernández Seppi, lo soñó a los 20, con el libro de La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne, entre las manos y largas conversaciones con un amigo que, como él, se llama Rubén Cherry, y creía que el planeta era algo que había que atravesar, no solo imaginar.

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