Sudáfrica: un siglo de miseria entre los mineros
Las minas de oro y platino, como la que enfrenta una huelga que derivó en una represión con 44 muertos, ganan cifras millonarias, pero las condiciones laborales son del siglo XIX.
AP
MARIKANA, Sudáfrica (AFP).- Las familias de las víctimas de la operación represiva más sangrienta desde el fin del apartheid en 1994, que dejó 34 muertos el jueves, siguen viviendo en condiciones miserables, como la inmensa mayoría de los mineros de Sudáfrica. Ian Buhlungu, de 47 años, alquila un barracón de madera y chapa en una villa miseria, en la polvorienta llanura que linda con la mina de platino que explota la compañía Lonmin. No tiene agua corriente y usa la letrina pública, que es apenas una fosa. Al igual que miles de mineros, vive solo, lejos de su familia. Su esposa murió de tuberculosis hace dos años. Actualmente, su hija vive en casa de una tía y su hijo con su abuela en la Provincia Oriental del Cabo, a cientos de kilómetros, en la otra punta del país. “Quisiera vivir con mis hijos, pero es imposible”, cuenta este hombre, quien envía todos los meses una parte de su escaso salario, unos 400 euros, a su familia. “La gente que no estudió tiene un salario miserable, apenas da de comer a su familia”, explica. “La gente que trabaja en Lonmin ni siquiera puede mandar a sus hijos a la escuela”, afirma uno de los portavoces de los mineros que iniciaron una huelga hace más de una semana, Jack Khoba, de 29 años. Al igual que Buhlungu y Khoba, decenas de miles de personas emigran desde hace un siglo de un lugar a otro del país, para ir a trabajar en una mina. A principios del siglo XX, así como durante el régimen racista del apartheid (1948-1994), los blancos que tenían el poder obligaban a los trabajadores negros a vivir en zonas reservadas, los “townships”, fuera de las grandes ciudades. Al no tener trabajo, los habitantes de estos guetos emigraban para tratar de ganarse la vida. “Las cosas han cambiado poco”, estima el sociólogo Adam Habib, de la Universidad de Johannesburgo. “Cien años después de haberse empezado a explotar las minas, el modo de vida de la gente en las minas es igual al de principios del siglo XX”, afirma. Y las condiciones experimentaron escasas mejoras desde la instauración de la democracia multirracial hace 18 años. Quienes emigran con su familia tienen que levantar una casilla. En Marikana, estos barracones están dispersos en una calle de tierra, por la que transitan perros escuálidos y algunas cabras. “Esto no es vida”, dice Belinia Mavie, de 25 años, quien vino de Mozambique para vivir con su marido. “No tenemos aseo ni agua”, cuenta. El “pueblo” sí cuenta con electricidad, pero el agua no llega hasta las viviendas. Hay que ir a buscarla a los grifos comunales, lejos del lujo de barrios residenciales de Ciudad del Cabo o Johannesburgo.