“Talitacoum”, el instante que inquieta

Analiza la muerte desde la danza contemporánea.

De Milan Kundera, aquello de que el hombre no puede ser feliz porque desea repetir lo que vivió en el pasado. En ese sentido, el ser humano no entendería que la vida es una recta y que es imposible volver atrás. Tal vez por eso existen los recuerdos: lo que viene desde lejos o desde hace un instante cuando, usted, ahí sentado –decía Héctor Bianciotti– lee atento y recuerda este instante como otros. Ya no importa la escena de la vida, esa del momento que la suscribe, que la vuelve referencial. Lo que importa es el viaje en el tiempo, y no medido en distancia, en años, en horas pasadas. Aquella felicidad se ha ido, y lo que queda es este ahora que se materializa en algo tan simple y complejo como la vida. La vida al día. Este día es solo y está vivo. Se recuerda porque, si no, se está muerto. Uno se impregna de lo acontecido, del recuerdo de los que ya no están. No olvidarlos es el pulso de este corazón que sigue galopando. Una vez descifrada la noche, qué más dan las conjeturas de cómo será el trayecto hacia ella, de cómo será el lugar donde habita. Otoño en la ciudad. Mariana Sirote, coreógrafa, elige en su nueva obra hablar de la muerte. Afuera, hojas amarillas alfombran las veredas de la ciudad, y la temporada de danza contemporánea se inaugura con un nuevo estreno del Elenco Patagónico: “Talitacoum, Juegos en la niebla”. Artista incansable, Sirote, no deja de preguntarse, de hurgar en ese tiempo que, como decíamos, transcurre para unos y otros, y que a ella la convoca desde lo referencial del tema. Tranquilos, no asistiremos a una catarsis de talibanes en fuga, tampoco a un golpe bajo de esos bajos bajos. Una vez más, y como acostumbra a trabajar, su piel se corre para vivir en otra, en tantas otras como lo ha hecho en la veintena de piezas de su autoría. Su extensa obra a lo largo de treinta años deja al descubierto sus inquietudes sobre las diversas culturas, la alienación del hombre, y los problemas existenciales de la época. De ella, queda también, y siempre desde el lenguaje de la danza, los homenajes a Mercedes Sosa, a Ginastera, a Fernando Pessoa, a Borges. Todos vivos desde el recuerdo de la artista que una vez más se auxilia en ellos para trazar una obra apoyada en varios sustratos coreográficos en relación al tema de la muerte vista desde los ojos de los niños y de los riturales, de las vivencias, y, como no, de los recuerdos. Variantes narrativas sobre la idea de la vida en la muerte y la muerte para la vida. El deseo de volver atrás aparece, de repetir la felicidad. El camino insoslayable se traza con ese andar en el tiempo, abandonando con cada paso aquél niño que fuimos. No queda más que “levantarse y andar”, significado de “Talitacoum”. El trayecto deberá ser sin miedo por lo que no sucedió. En este presente que evoca el pasado, o los recuerdos, Mariana Sirote, como en una de sus piezas anteriores, se sumerge profundo a través de los niños que evocan los recuerdos, todos ellos en los cuerpos de estos cinco bailarines que respiran juntos y que, desde lo técnico, año a año, siguen creciendo. Voces infantiles en off extraídas de películas donde sus protagonistas viven situaciones de muerte, fueron trabajadas “con delicadeza de cicatriz” por el músico Nicolás Caramagna, para colocarlas en sintonía con el fraseo rítmico. La composición musical no acompaña sino que es tan protagonista como la coreografía. Esta yunta entre la coreógrafa y el músico está más que lograda. Abre con alegría el porvenir a nuevas producciones. En la danza, cuando esto sucede, es casi un hecho milagroso. Caramagna consigue lo que el movimiento requiere: Ser repetitivo, lindando con el ostinato, con leves variedades donde las siluetas, separadas y juntas, van y vienen, en una niebla que no cesa. Las secuencias de movimientos de los “niños“, rayan el espacio como si de garabatos de tratara sobre esta hoja en blanco que desde el principio, con su memoria, la bailarina baila y canta el presente, en un espacio personal, único e intransferible. Es quien revive un pasado que no claudica. En una danza circular, femeninamente inquieta, la directora hilvana fragmentos de las obras que compuso para la compañía Locas Margaritas, en sus momentos más existencialistas a lo largo de quince años de trabajo. No se puede hablar de una obra fragmentada, incomprendida. Todo está en su sitio: la iluminación de Walter Marcello; el vestuario de Claudia Ganquín, como lo ha hecho en otras producciones, se impone por lo sobrio, y por su comodidad para los bailarines. “Talitacoum” se levanta y anda a partir de juegos, gritos y sonidos que provienen desde ese aire místico que envuelve lo que fue. Desde un distanciamiento claro y contundente, la coreografía no explicita el encuentro entre el pasado y el presente, entre el “ayer y el ahora”, sin embargo, el espiral planteado en el espacio puede ganar mayor riqueza, nutrirse de sí mismo sin tanto acento en la periferia de los movimientos. Las escenas de evocación podrían conectar más entre sí porque la obra dispone de todo para hacerlo: cambios constantes de ritmos, direcciones, niveles, calidades, y una equilibrada utilización de la utilería. Esta noche a las 21:30 la memoria vuelve a manifestarse desde el arte contemporáneo. Recuerde: “Talitacoum”. Para cuando ello suceda, estas palabras serán huella del tiempo que se va. El pasado no está pisado, sigue siendo esos nudos sembrados en el cuerpo, decía Saer. Desanudarlos, descifrarlos es lo que nos devuelve todo el futuro, lo que intuimos y lo que aún nos queda.

El espectáculo puede verse hoy y el próximo sábado en Ámbito Histrión.

Oscar Sarhan


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