Tensión racial en Estados Unidos



Jorge Elías*

Mary Anne MacLeod desembarcó el 11 de mayo de 1930 en Nueva York. Tenía 18 años. Llevaba 50 dólares en el bolso. El equivalente a 700 dólares en la actualidad. Era el mínimo requerido para permanecer en Estados Unidos, donde vivían sus hermanas Christina, Mary Joan y Catherine.

Provenían de Glasgow, Escocia. Seis años después, Mary Anne se casó con Frederick Christ. Fred, a secas, era hijo de alemanes. Había nacido en Nueva York. Amasó su fortuna desde la Segunda Guerra Mundial construyendo viviendas para familias de ingresos medios en la costa este del país. Cumplió el sueño americano.


El matrimonio tuvo cinco hijos. Al del medio le pusieron Donald. Ese, el del medio, se casó en segundas nupcias con una modelo nacida en Novo Mesto, Eslovenia. Melania Trump se convirtió en el 2017 en la primera dama de Estados Unidos cuya lengua nativa no es el inglés y la primera de origen extranjero desde Louisa Adams, británica, esposa del sexto presidente, John Quincy Adams (1825-1829). El marido de Melania, Donald Trump, no repara en el árbol genealógico cuando aviva la tensión racial en un país hecho de inmigrantes. Más allá de pronunciamientos aislados, ninguno de sus antecesores se atrevió a tanto.


La embestida de Trump contra los inmigrantes que viven sin permiso en Estados Unidos, así como las amenazas de levantar el muro frente a México y de una guerra arancelaria contra su par Andrés Manuel López Obrador si no bloqueaba el ingreso de centroamericanos en la frontera sur de su país, coincidió con una arenga contra cuatro legisladoras demócratas de orígenes diversos. El espíritu de un país multirracial y multicultural no lo conmueve, como tampoco otra realidad: en Estados Unidos viven más inmigrantes y descendientes de inmigrantes que en cualquier otro país, según el Pew Research Center.


Barack Obama, el primer presidente afroamericano de la historia, debió mostrar la partida de nacimiento en Hawai, no en Kenia, para despejar dudas. Dudas sembradas por Trump. En campaña por su reelección en el 2020 revive los fantasmas. Los del 2016, año electoral, cuando atacaba a los “violadores mexicanos” que cruzaban la frontera. Una vez en la Casa Blanca, vetó el ingreso de musulmanes. Ahora, con el guiño de los varones blancos, alienta las redadas de padres, madres y niños no elegibles para quedarse, de modo de disuadir a otros, y la idea de diferenciar en el censo a nativos de no nativos pese a las objeciones de la Corte Suprema.


La Cámara de Representantes, presidida por Nancy Pelosi, demócrata de familia italiana, condenó “enérgicamente los comentarios racistas” de Trump. En el Congreso no solo ocupan bancas las legisladoras demócratas que fueron invitadas a “volver a sus países”: la neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez, de origen puertorriqueño; la afroamericana Ayanna Pressley, nacida en Cincinatti; la hija de palestinos Rashida Tlaib, oriunda en Detroit, e Ihlan Omar, nacida en Somalia y naturalizada norteamericana. El 13% de los legisladores tiene algún ascendiente extranjero de primera generación.


En medio del remolino, Trump presentó un proyecto de ley sobre inmigración. Fija controles más duros y un sistema en el que primen los méritos profesionales en lugar del parentesco con algún residente legal. De haber existido en el pasado, ni su abuelo alemán ni su madre escocesa, “doméstica”, sinónimo de empleada o de ama de casa, según los registros oficiales, podrían haber concretado el sueño americano.

Tampoco su esposa, sospechosa de haber trabajado como modelo en Estados Unidos con una visa de turista desde 1995 hasta el 2001, cuando tramitó el permiso. Obtuvo la ciudadanía cuando se casó con Trump. En el 2005.

*Periodista, dirige el portal de actualidad y análisis internacional El Ínterin, es conductor en Radio Continental y la Televisión Pública Argentina


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