Tiempo de deflación
En otras épocas, el que según el presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, ya estemos «por debajo del cinco por ciento de inflación anual» y que en los seis meses últimos se haya acumulado un aumento «algo inferior al 2,5%» hubiera sido motivo de viva satisfacción, pero sucede que hoy en día los economistas de los países más ricos se preocupan menos por la inflación que por la deflación, un fenómeno que consideran aún más destructivo, de suerte que la reacción frente a la noticia ha sido un tanto ambigua. Aunque pocos creen que la Argentina esté por caer en una «trampa de liquidez» parecida a aquella en la que el Japón ha quedado casi inmovilizado desde hace diez años y cuya proximidad está provocando alarma en Alemania, Taiwán e incluso Estados Unidos, nuestra propensión notoria a sufrir de forma exagerada los males económicos que están en boga en el resto del mundo ha sido suficiente de por sí como para sembrar cierto nerviosismo entre los entendidos. Asimismo, puesto que nadie ignora que por motivos que podrían calificarse de psicológicos el peso se ve decididamente subvaluado y que de «bajar el dólar» los precios al consumidor sentirían el impacto, es factible que en los próximos meses el país entre en una etapa «deflacionaria», aunque sus causas serían distintas de las de la deflación que está ocasionando muchas molestias en otras latitudes y que conocimos en las fases finales de la convertibilidad.
Con el propósito de ahorrarnos los problemas que provocaría un proceso deflacionario auténtico, o sea, una caída constante de los precios que andando el tiempo perjudicaría mucho a los ahorristas y reduciría el consumo porque todos comprenderían que les convendría no gastar por resultarles mejor postergar sus compras, Prat-Gay se ha propuesto fijar metas de inflación. Se trata de la política que adoptó el Banco de Inglaterra, a diferencia de sus equivalentes del Japón, de la «Eurozona» y de Estados Unidos, y que siempre y cuando los responsables de aplicarla disfruten de autonomía le parece la más indicada para un país de nuestras características. Por cierto, hasta ahora cuando menos, el Reino Unido ha logrado mantenerse alejado de las dificultades que afectaron al Japón a comienzos de los años noventa, cuando el estallido en cadena de una serie de burbujas puso fin a un período de crecimiento vigoroso que de haberse prolongado mucho más lo hubiera convertido en dueño de la mayor economía del planeta, y que en la actualidad amenazan Alemania, país en el que las tasas de interés han sido demasiado altas porque el Banco Central Europeo se vio constreñido a pensar en las necesidades de otros integrantes de la «Eurozona», como España, en los que la deflación aún no constituye un problema.
De todos modos, la deflación, como la inflación, es en última instancia producto de factores que no se consideran exclusivamente financieros. Tanto el Japón como Alemania son sociedades que, luego de haber sido las estrellas máximas de la economía mundial, fueron reacias a adaptarse a circunstancias nuevas con el resultado de que perdieron mucho terreno frente a Estados Unidos, país en el que la voluntad de cambiar es llamativamente mayor no sólo por razones culturales, sino también porque antes del gran boom de los noventa sus dirigentes temieron verse superados por sus rivales nipones y teutones. Para colmo, mientras que la población norteamericana sigue aumentando gracias en buena medida a la llegada de grandes contingentes de inmigrantes, la japonesa y la alemana ya se han estabilizado y parece inevitable que pronto comiencen a achicarse y a envejecerse cada vez más, lo que, como es natural, propende a intensificar el conservadurismo social del cual la deflación podría considerarse un síntoma. Pues bien, aun cuando en términos políticos la Argentina sea un país llamativamente conservador, demográficamente e incluso culturalmente tiene más en común con Estados Unidos que con Alemania y el Japón, de suerte que, siempre y cuando su gobernantes actúen con realismo, haciendo frente a los problemas planteados por el default nacional más grande de la historia, debería estar en condiciones de aprovechar el pesimismo que se ha apoderado de algunas partes antes dinámicas del «Primer Mundo» para atraer las inversiones que tanto necesita.