Un cumpleaños merecido y diferente
El año pasado, Malala Yousafzai, una joven paquistaní, sufrió un ataque infame por parte de un grupo de talibanes. Por el presunto pecado (para ellos, inaceptable) de hacer campaña en favor de la educación de la mujer, en una región de su país dominada por el primitivismo religioso. Concretamente, en el valle de Swat, emplazado en el norte del territorio de Paquistán. El hecho ocurrió, cobardemente, cuando regresaba a su hogar desde la escuela, en ómnibus, con algunas de sus compañeras. Recuperada de las graves heridas recibidas en su cabeza y luego de haber tenido que reconstruir su cara con cirugía de alta complejidad, Malala acaba de celebrar un cumpleaños soñado. Bien distinto: el número 16, en su caso, y en la propia sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, junto a su secretario general, el diplomático surcoreano, Ban Ki-moon. Lucía feliz y tranquila. Ataviada con un “shawl” color rosa, que curiosamente alguna vez fuera de la expremier de su país, Benazir Bhutto. Pudo –emocionada– comunicar su mensaje en palabras directas y simples: “Los extremistas tienen miedo a los libros y lápices”. Agregando: “Nos dimos cuenta de la importancia de los libros y los lápices cuando vimos las pistolas”. La oyeron unos 500 activistas que (compartiendo su ideal) llegaron desde todos los rincones del mundo para escucharla y acompañarla. “Ellos creyeron que las balas nos iban a silenciar. Pero no lo hicieron. En rigor, desde el silencio que provocaron aparecieron miles de voces”, les dijo, sin ánimo de revancha, ni espíritu de venganza, desde la serenidad. Hoy Malala vive en Gran Bretaña, con toda su familia inmediata. Y puede, ciertamente, ir a la escuela. El Talibán, sin embargo, ha prometido que volverá a atacarla. Y no sería extraño que lo hiciera. Su saña es conocida. “Nada cambió en mi vida –dijo– excepto que la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron”. Luego de su llamado a los líderes del mundo para que provean educación gratuita a las niñas, los concurrentes se alzaron –como galvanizados– para aplaudirla, de pie. No obstante, lo cierto es que, lejos, en su valle de Swat, la pesadilla no ha terminado. Unas 800 escuelas para niñas han sido atacadas, sistemáticamente, por miembros del fanático Talibán. Muchas fueron destruidas, otras fueron incendiadas y quedaron inutilizadas. Las jóvenes siguen en peligro, simplemente por ser mujeres. Pero el espíritu de quienes, como Malala, buscan crecer a través de la educación, no se ha doblado. Sigue incólume, pese a lo que cada día enfrentan: la sinrazón de quienes creen que hablan por boca de Dios. Malala es realmente un ser excepcional. Tenía apenas once años, cuando el Talibán comenzó a controlar la región en la que vivía con su familia, en Pakistán. Ya entonces emitía un programa de radio para las niñas de su edad, instándolas a educarse, que era reproducido hasta por la propia BBC. Hoy ha creado su propio fondo, que lleva el nombre simple de “Malala Fund”. Desde allí recibe donaciones y distribuye becas para las niñas que sólo de esa manera pueden acceder a la educación que la vida les hace difícil. Sin resentimientos de ningún tipo, la voluntad de Malala no ha cambiado. Desde la no violencia seguirá en su empeño. Una historia que ciertamente no puede silenciarse. Por esto en Hollywood se aprestan para hacer un documental sobre la vida de Malala. Pero también por esto Adnan Rasheed, líder del Talibán en Pakistán, ha vuelto a recordar (con un nuevo comunicado) los graves peligros que enfrentaría Malala si, de pronto, intentara regresar a Pakistán. (*) Exembajador de la Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)