Un elefante en el living
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Si bien es absurdo que, en un país supuestamente federal, casi el cuarenta por ciento de la población se encuentre concentrado en una sola provincia, los esporádicos intentos de corregir tamaña distorsión raramente motivan mucho interés. Estamos tan acostumbrados a que Buenos Aires tenga dimensiones gigantescas y la población de una provincia como Tierra del Fuego sea cien veces menor que pocos se sienten preocupados por algo que les parece natural. Así, pues, luego de sugerir que sería una buena idea dividir “el engendro” en tres partes, Luis Llach, el compañero de fórmula del aspirante presidencial Ernesto Sanz, se vio tratado como un soñador alejado de la dura realidad nacional. Los demás políticos, en especial aquellos que esperan anotarse algunos triunfos, aunque sólo fueran morales, en lo que todos califican de “la madre de todas las batallas” que está librándose en Buenos Aires, la provincia, se niegan a tomar en serio una propuesta que a su juicio es grotescamente inoportuna. En otros países federales sería considerado inaceptable que una jurisdicción tuviera un peso demográfico tan aplastante con el de Buenos Aires en el sistema argentino. Muchos norteamericanos creen que sería beneficioso hacer de California dos estados porque, con más de 38 millones de habitantes en un país de 320 millones, en su opinión ya es demasiado grande, pero sucede que en términos relativos Buenos Aires es tres veces mayor que California e igualmente diversa. Nadie ignora que son enormes las diferencias sociales, culturales y económicas que se dan entre el conurbano, que podría fusionarse administrativamente con la Capital Federal, a la cual debe su existencia, y las extensas zonas agrícolas o los enclaves turísticos de la costa atlántica. Aunque hay razones históricas por las que la provincia de Buenos Aires se ha mantenido intacta, su incorporación plena al país se formalizó hace tantos años que a esta altura parecen anacrónicos arreglos que podrían considerarse apropiados para las décadas finales del siglo XIX. Con diez millones de habitantes de los que más de tres millones viven en la pobreza extrema, el conurbano bonaerense plantea al gobierno nacional de turno, con su sede en la vecina Capital Federal, un desafío que siempre le resulta sumamente difícil. Le temen. En 1989, cuando la gestión de Raúl Alfonsín se acercaba a su fin, y nuevamente en el 2001, cuando otro presidente radical, Fernando de la Rúa, se veía desbordado por un cataclismo económico, la alarma causada por rumores de que “columnas” de bonaerenses hambrientos, liderados por operadores peronistas, avanzaban hacia la Capital Federal con el propósito de saquear el centro comercial y los barrios más opulentos de clase media fue de por sí suficiente para provocar una convulsión institucional. Desde aquellos días turbulentos, una combinación de hegemonía política peronista y subsidios cuantiosos ha servido para asegurar cierta tranquilidad ya que, aparte de algunos disturbios que coincidieron con una huelga policial, no ha sucedido nada grave, pero así y todo sigue latente el peligro de que un día se produzca una sublevación anárquica. He aquí la razón principal de que tantos crean que en la Argentina sólo los peronistas, mejor dicho, “los barones” municipales, pueden garantizar “la gobernabilidad”. No es que estén en condiciones de solucionar los gravísimos problemas sociales y económicos del conurbano, sino que nadie pensaría en cuestionar su capacidad para aprovecharlos. ¿Ayudaría el descuartizamiento de una provincia tan claramente sobredimensionada como Buenos Aires a mejorar el destino de quienes malviven en el conurbano? Sería legítimo argüir que separar las partes rurales –que, si no fuera por el atraso cambiario, prosperarían– de las urbanas –que se asemejan a una inmensa villa miseria con servicios apenas rudimentarios– perjudicaría a quienes para sobrevivir a menudo dependen de subsidios que suelen repartirse según criterios clientelistas. Sin embargo, los problemas del conurbano tienen mucho más en común con los de las provincias feudales del norte del país que con los de las zonas agrícolas, de suerte que es poco razonable exigirle al gobernador procurar equilibrar los intereses de sectores tan radicalmente distintos. Por cierto, a diferencia de Eduardo Duhalde, el gobernador Daniel Scioli parece mucho más interesado en las partes viables de la jurisdicción que administra que en el conurbano, que ha preferido dejar en manos de “los barones”, una actitud que con toda seguridad compartiría la macrista María Eugenia Vidal si, para asombro de muchos, lograra derrotar al eventual candidato peronista. De todos modos, una cosa es cierta: la política nacional seguirá girando en torno a la relación del gobernador bonaerense, mandatario él de medio país, con el presidente. Se trata de una relación complicada. Aun cuando el presidente odiara al gobernador, no podrá correr el riesgo de privarlo por completo de los fondos adicionales de “reparación histórica”, o lo que fuera, que necesita por miedo a desatar un estallido social que, por la proximidad del conurbano a la Casa Rosada, no le convendría en absoluto. El extraño juego de gato y ratón al que año tras año se dedicaban Cristina y Scioli se debió a la voluntad de la señora de debilitar al exdeportista al que despreciaba sin por eso animarse a asestarle el golpe de gracia; sabía muy bien que el conurbano se parece demasiado a un ejército sitiador como para permitirse tal lujo. Aunque Cristina hubiera preferido contar con un candidato presidencial propio, uno más consustanciado con su ideología particular, Scioli se las arregló para sobrevivir a todos los ataques hasta que la señora se resignara a entregarle la camiseta oficialista. Sorprendería que en los próximos años no viéramos una repetición del mismo drama, si bien con otros actores; aunque sería un error minimizar la influencia de las diferencias personales e ideológicas, importan menos que las dificultades atribuibles a la magnitud excesiva y la ubicación geográfica de una provincia que, de haber tomado la historia otro rumbo, hubiera sido un país tan independiente como Uruguay.