Un giro estratégico
Según los voceros habituales del Vaticano, sólo se trata de una concesión menor, de una casi anecdótica, pero mal que les pese es indiscutible que la afirmación del papa Benedicto XVI, formulada en un libro de entrevistas con un periodista alemán, de que en algunos casos determinados podría justificarse el uso de preservativos supone un cambio de importancia histórica por parte de la Iglesia Católica. Por mucho que las autoridades eclesiásticas procuren minimizar el significado del giro emprendido por Joseph Ratzinger, no pueden sino entender que acaban de experimentar una derrota en su larga campaña contra lo que para muchos es el símbolo principal de la libertad, para no decir el libertinaje, sexual. Sucede que una postura que, antes de la irrupción del sida, pudo considerarse meramente excéntrica resultó ser inaceptable al comenzar el mal a provocar estragos terribles en distintas partes del mundo, sobre todo en África, donde el impacto ha sido más cruel. Al insistir en oponerse a los preservativos incluso en lugares devastados por el sida, tanto el Papa actual, Ratzinger, como su antecesor, el polaco Karol Wojtyla, se convirtieron en blancos fáciles de quienes los trataban como “genocidas” que, por su adhesión a dogmas anticuados, eran indirectamente responsables por la muerte de millones de hombres, mujeres y niños inocentes. Puede que tales acusaciones se inspiraran más en el anticlericalismo que en la solidaridad con las decenas de millones de africanos infectados por el virus, pero no cabe duda de que contribuyeron a desprestigiar todavía más una institución que pronto se vería golpeada por los escándalos protagonizados por sacerdotes pederastas que, como ha reconocido el Papa, fueron protegidos durante demasiado tiempo por una Iglesia que estaba más preocupada por su propia imagen que por el sufrimiento de las víctimas de abusos sexuales. De todos modos, parecería que Ratzinger, un enemigo jurado del “relativismo” que en su opinión está en la raíz de una proporción muy grande de los problemas del mundo occidental, ha llegado a la conclusión de que la intransigencia en defensa de la moral católica tradicional es contraproducente y que por lo tanto es necesario a veces adaptarse a las circunstancias. No le habrá sido nada fácil. Por aspirar a representar verdades absolutas eternas, la Iglesia Católica no puede actuar como un partido político que tiene forzosamente que tomar en cuenta lo que dicen las encuestas de opinión o correr el peligro de desaparecer por completo. Tampoco puede emular a las comunidades protestantes, en especial las vinculadas con “sectas” norteamericanas, que por su naturaleza son mucho más flexibles, privilegio que las ha ayudado a expandirse en toda América Latina con tanta rapidez que en algunos países su influencia ya es equiparable con la del catolicismo. Aunque el Papa dice que “en ciertos casos” es legítimo usar el preservativo –lo que es su forma de resignarse a lo que durante muchos años la Iglesia prohibió–, continuará su lucha contra la banalización de la sexualidad que es una de las características más notables de la civilización occidental moderna. Hasta ahora, todos los esfuerzos en tal sentido del Vaticano han fracasado, puesto que la mayoría de quienes se suponen buenos católicos raramente presta atención a las palabras amonestadoras del Papa, los obispos y curas, pero esto no quiere decir que se trate de un tema menor. Al fin y al cabo, la catástrofe demográfica que está detrás de la crisis económica europea y norteamericana es una de las consecuencias más evidentes de la “banalización” del sexo denunciada por las autoridades vaticanas. También lo es la desintegración de la familia tradicional que, a pesar de sus eventuales deficiencias, hizo posible un grado de coherencia social que muchos habitantes de las grandes aglomeraciones urbanas occidentales tienen buenos motivos para recordar con nostalgia. Puede que ya sea demasiado tarde como para frenar las tendencias así supuestas y que hoy en día pocos se sientan impresionados por los argumentos que suelen esgrimir clérigos necesariamente reaccionarios, pero así y todo Ratzinger dista de ser el único que tiene motivos de sobra para lamentar el abandono indiscriminado de las pautas tradicionales.
Según los voceros habituales del Vaticano, sólo se trata de una concesión menor, de una casi anecdótica, pero mal que les pese es indiscutible que la afirmación del papa Benedicto XVI, formulada en un libro de entrevistas con un periodista alemán, de que en algunos casos determinados podría justificarse el uso de preservativos supone un cambio de importancia histórica por parte de la Iglesia Católica. Por mucho que las autoridades eclesiásticas procuren minimizar el significado del giro emprendido por Joseph Ratzinger, no pueden sino entender que acaban de experimentar una derrota en su larga campaña contra lo que para muchos es el símbolo principal de la libertad, para no decir el libertinaje, sexual. Sucede que una postura que, antes de la irrupción del sida, pudo considerarse meramente excéntrica resultó ser inaceptable al comenzar el mal a provocar estragos terribles en distintas partes del mundo, sobre todo en África, donde el impacto ha sido más cruel. Al insistir en oponerse a los preservativos incluso en lugares devastados por el sida, tanto el Papa actual, Ratzinger, como su antecesor, el polaco Karol Wojtyla, se convirtieron en blancos fáciles de quienes los trataban como “genocidas” que, por su adhesión a dogmas anticuados, eran indirectamente responsables por la muerte de millones de hombres, mujeres y niños inocentes. Puede que tales acusaciones se inspiraran más en el anticlericalismo que en la solidaridad con las decenas de millones de africanos infectados por el virus, pero no cabe duda de que contribuyeron a desprestigiar todavía más una institución que pronto se vería golpeada por los escándalos protagonizados por sacerdotes pederastas que, como ha reconocido el Papa, fueron protegidos durante demasiado tiempo por una Iglesia que estaba más preocupada por su propia imagen que por el sufrimiento de las víctimas de abusos sexuales. De todos modos, parecería que Ratzinger, un enemigo jurado del “relativismo” que en su opinión está en la raíz de una proporción muy grande de los problemas del mundo occidental, ha llegado a la conclusión de que la intransigencia en defensa de la moral católica tradicional es contraproducente y que por lo tanto es necesario a veces adaptarse a las circunstancias. No le habrá sido nada fácil. Por aspirar a representar verdades absolutas eternas, la Iglesia Católica no puede actuar como un partido político que tiene forzosamente que tomar en cuenta lo que dicen las encuestas de opinión o correr el peligro de desaparecer por completo. Tampoco puede emular a las comunidades protestantes, en especial las vinculadas con “sectas” norteamericanas, que por su naturaleza son mucho más flexibles, privilegio que las ha ayudado a expandirse en toda América Latina con tanta rapidez que en algunos países su influencia ya es equiparable con la del catolicismo. Aunque el Papa dice que “en ciertos casos” es legítimo usar el preservativo –lo que es su forma de resignarse a lo que durante muchos años la Iglesia prohibió–, continuará su lucha contra la banalización de la sexualidad que es una de las características más notables de la civilización occidental moderna. Hasta ahora, todos los esfuerzos en tal sentido del Vaticano han fracasado, puesto que la mayoría de quienes se suponen buenos católicos raramente presta atención a las palabras amonestadoras del Papa, los obispos y curas, pero esto no quiere decir que se trate de un tema menor. Al fin y al cabo, la catástrofe demográfica que está detrás de la crisis económica europea y norteamericana es una de las consecuencias más evidentes de la “banalización” del sexo denunciada por las autoridades vaticanas. También lo es la desintegración de la familia tradicional que, a pesar de sus eventuales deficiencias, hizo posible un grado de coherencia social que muchos habitantes de las grandes aglomeraciones urbanas occidentales tienen buenos motivos para recordar con nostalgia. Puede que ya sea demasiado tarde como para frenar las tendencias así supuestas y que hoy en día pocos se sientan impresionados por los argumentos que suelen esgrimir clérigos necesariamente reaccionarios, pero así y todo Ratzinger dista de ser el único que tiene motivos de sobra para lamentar el abandono indiscriminado de las pautas tradicionales.
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