Un ministro despistado
Aunque el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está resuelto a brindar la impresión de que, a pesar de la muerte del hombre que lo había dominado, no habrá cambio alguno en la política económica, ya que modificarla significaría apartarse del rumbo impuesto por Néstor Kirchner, tarde o temprano tendrá que hacer un esfuerzo por frenar la inflación que, según todas las consultoras privadas, pronto podría alcanzar el 30% anual. Por cierto, a esta altura carece de sentido tomarla por un problema menor que, para citar al ministro de Economía, Amado Boudou, sólo afecta a algunos integrantes de “la clase media alta”; si hay un sector que está en condiciones de tolerarla se trata precisamente del conformado por quienes cuentan con los recursos y conocimientos suficientes como para aprovechar las oportunidades financieras que plantea. También es insensato insistir en que “la única solución” consistiría en “una mayor inversión”, puesto que, por razones evidentes, la inflación suele asustar a los inversores en potencia. Si bien es comprensible que miembros del gobierno estén procurando convencer a la ciudadanía de que todo seguirá como antes, convendría que el ministro de Economía eligiera otra forma de hacerlo, ya que sus palabras poco serias sólo han servido para sembrar más incertidumbre. Puede que Boudou crea que minimizar la gravedad de los efectos nocivos de una tasa elevada de inflación es una señal de fortaleza propia de un gobierno que se aferra a sus convicciones sin preocuparse por las consecuencias. De ser así, se ha equivocado. La inflación crónica es siempre un síntoma de debilidad gubernamental, ya que, como es notorio, las medidas necesarias para impedir que continúe cobrando fuerza hasta que sea imposible pasarla por alto siempre son políticamente costosas. Fue por temor a las repercusiones políticas de la inflación que el gobierno decidió manipular las estadísticas confeccionadas por el Indec. Asimismo, por mucho que el gobierno procure reivindicar el descontrol, atribuyéndolo no a su debilidad sino a su sensibilidad social para entonces insistir en que nada lo obligará a ordenar un “ajuste” porque a su juicio aplicar dicho remedio sería peor que convivir con el mal hasta que un torrente harto improbable de inversiones haya aumentado tanto la oferta de bienes y servicios que los precios dejen de subir, a menos que se haya resignado a una derrota en las elecciones presidenciales próximas no le será dado ganar la carrera así supuesta. Los más perjudicados por la inflación no son los relativamente acomodados, como afirma Boudou, sino los más pobres, en especial los jubilados, lo que es en cierto modo paradójico por tratarse de sectores que el gobierno jura estar resuelto a privilegiar. Sea como fuere, décadas de experiencia nos han enseñado que la inflación crónica es de por sí desestabilizadora, ya que, además de desanimar a los empresarios, alimenta la conflictividad social que últimamente se ha manifestado a través de los choques violentos entre sindicalistas y militantes de organizaciones izquierdistas. Parecería que desde el punto de vista de algunos oficialistas es positivo que la conflictividad se haya visto intensificada por la inflación, ya que no les convendría que el país se tranquilizara porque a su entender los beneficiados serían los políticos más moderados, motivo por el que han apostado a la crispación. Es de esperar que, después del período de duelo personal por la muerte de su marido, la presidenta opte por alejarse de la minoría que piensa de tal modo. Por lo demás, no podrá sino entender que, por haberse encargado Néstor Kirchner del manejo cotidiano de la economía, rodeándose de subordinados, no de colaboradores, será necesario que en adelante el ministro de Economía tenga más prestigio y autoridad que Boudou, un personaje que a menudo parece estar más interesado en formular declaraciones impactantes y divertirse que en desempeñar su función con eficacia y responsabilidad. Lejos de ofender la memoria de su marido difunto, reemplazar a Boudou por una persona más idónea sería una forma de rendir homenaje a su importancia al reconocer que en por lo menos un ámbito, el económico, se ha producido un vacío que no le será nada fácil llenar.