Un nuevo credo



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La presidenta se ha puesto al lado de Dios. Con gran humildad, naturalmente. Y lo ha hecho para que le temamos “un poquito menos” que al Supremo Creador. Se trata, entonces, de una relación con el pueblo mediada por el miedo. O el miedito, según se vea. El padre Carlos Mugica enseñaba que hay dos formas de sentir a Dios: con amor o con miedo. Del primero surge una vida con esperanza, alegría y afecto a los semejantes. Del segundo, una visión pesimista, triste, temerosa por el posible castigo. Y aquel joven recordado sacerdote entregó su luminosa existencia a los humildes, los desvalidos, los pobres. Con una sonrisa en su rostro, nos mostró que la Inquisición sigue existiendo aún con ropajes paramilitares. Carlos Menem decía que él sólo le temía a Dios, como Cristina. O sea: ambos comulgan hoy en las mismas ideas políticas votándose mutuamente y eligiendo el temor por convicción y conveniencia. Ya el año pasado la diputada kirchnerista Diana Conti (a quien deberían recordarle que el Muro de Berlín cayó hace más de veinte años) lanzó su operativo eternidad de Cristina. Formada en el dogma férreo, la legisladora adelantó con tiempo suficiente la dirección del “vamos por todo” lanzado en febrero por la señora a quien hay que temer “un poquito”. La eternidad de dioses posmodernos. Una nueva teología nació en la Argentina, un sistema de creencias que sólo acepta ser aceptado sin discusión. El dogma cerrado es uno de sus pilares: la inflación, la inseguridad, la pobreza, son tan sólo creencias. Algunos las sostienen y otros no. Carece de ingenuidad que los instrumentos de conocimiento de la realidad o los sistemas de medición hayan sido consumidos por las llamas de la Inquisición. El Indec es un ejemplo puro de cuanto afirmo: se puede o no creer en sus cifras, para eso está. La nueva teología le da el lugar de catecismo mensual que fomenta la hipócrita moral de saberse mentira oficial con pretensiones confusionistas. El dogma lo avala con la creencia de que la realidad no puede conocerse ni mensurarse. Si la Biblia tiene versiones y reformas según distintas religiones, ¿por qué no aceptaría lo mismo una terrena Constitución nacional? Así, la eternidad debe quedar consagrada, porque no alcanza con estar junto a Dios como personaje un poquito menos temible. Carlos Saúl pudo concretarlo sin tanta proximidad con el Supremo Hacedor. ¿Cómo negárselo a quien se codea con él metiendo menos miedo? El que puede lo más, puede lo menos ¿no? Fue el miedo a Dios –no el respeto amoroso– el que fundamentó a la Santa Inquisición y las persecuciones a quienes burlaban el dogma o las creencias. La nueva teología kirchnerista hace lo propio, transformando el campo de la reflexión, el debate, la tolerancia, el conocimiento, la diversidad y el disenso en un espacio dominado por un nuevo Santo Oficio. La AFIP ahora recauda alcahueterías sobre lo que leemos y escribimos. Luego sus santos oficiantes nos caen disfrazados de inspectores con la misma mentalidad del medioevo: es usted hereje –según la nueva teología– salvo que alcance a demostrar lo contrario, cosa imposible si piensa distinto que el gobierno nacional. Cuando la hoguera carece de suficiente fuego los monjes negros de la SIDE, los oficiantes reguladores de planes sociales o los barrabravas cruzados hacen también su trabajo. Los libros sagrados de las grandes religiones monoteístas trasmiten no sólo las enseñanzas de los dioses sino su propia historia. ¿Por qué no debería hacer lo mismo la simple Constitución nacional? Es un principio dogmático que ella garantice la eternidad, organice los ritos y creencias. Para toda esta tarea la presidenta podría buscar no digo a alguien más temible sino, por lo menos, algo un poco respetable. Porque el jovencito Abal Medina no da ni para cuco ni para hombre de la bolsa... (*) Médico psiquiatra. Exvicegobernador de San Luis

Jorge Luis Pellegrini (*)


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