Un nuevo susto
En Europa y América del Norte la sensación de que a pesar de los temores iniciales la guerra de Estados Unidos y Gran Bretaña contra el régimen de Saddam Hussein será relativamente breve ya ha comenzado a estimular a los mercados bursátiles, pero en Asia oriental está provocando miedo la aparición de un enemigo que es aún más peligroso que el dictador iraquí: la llamada «neumonía atípica» o, por sus siglas en inglés, el SARS. Aunque por ahora los muertos por «el síndrome respiratorio agudo severo» así designado apenas han superado el centenar, una proporción relativamente reducida de los afectados por el virus, en algunos lugares se han registrado escenas de pánico, la empresas de aviación tuvieron que cancelar miles de vuelos y millones de personas están acostumbrándose a llevar máscaras. Si bien tales reacciones podrían considerarse exageradas o prematuras, no cabe duda de que si se produjera una epidemia, la «neumonía atípica» podría provocar estragos en todo el planeta, razón por la que la presencia de un solo caso en un país es suficiente como para poner a sus servicios médicos en estado de alerta. De todos modos, en situaciones como ésta siempre es mejor exagerar las precauciones que descuidarlas con la esperanza de que no ocurrirá nada.
Se trata de una de las desventajas más importantes de la «globalización», de la tendencia, que según parece está acelerándose, de pueblos antes separados a amalgamarse en una gran comunidad planetaria que comparta no meramente las mismas modas sino también las mismas enfermedades. En un mundo en movimiento constante en el que es normal que grandes cantidades de individuos viajen de continente en continente y el turismo en zonas antes juzgadas exóticas se ha convertido en una industria en expansión, las enfermedades contagiosas pueden propagarse a una velocidad desconcertante. Por fortuna, la información en torno de los riesgos y los medios necesarios para enfrentarlos suele intercambiarse con mayor rapidez todavía, lo cual nos permite minimizar los perjuicios ocasionados por muchas enfermedades que en otras épocas hubieran resultado devastadoras, pero cuando es cuestión de una como el sida, que se resiste largamente a los intentos de encontrar un remedio y, lo que es peor, puede declararse años después del contagio original, los más beneficiados por la «globalización» son los virus causantes, no las víctimas en potencia. Por este motivo es esencial que toda vez que aparezca una nueva enfermedad o una variante novedosa de una que ya es conocida las autoridades médicas locales actúen en seguida. La incapacidad para hacerlo de los funcionarios chinos de la Provincia de Guangdong, el distrito en el que el SARS fue detectado por primera vez, les ha merecido críticas ácidas por parte de la Organización Mundial de la Salud: si bien las autoridades responsables han pedido disculpas por su letargo, las consecuencias de su ineficiencia ya están a la vista.
Aunque los poderes de la OMS son limitados, es de prever que en los próximos años se intensifiquen las presiones diplomáticas e incluso económicas contra aquellos gobiernos nacionales que, por los motivos que fueran, no estén en condiciones de reaccionar de manera eficaz ante la irrupción de enfermedades nuevas porque de otro modo sería imposible impedir que se produzcan epidemias a gran escala. Puesto que por razones económicas y administrativas nuestros servicios médicos dejan mucho que desear, las deficiencias que los caracterizan podrían resultarnos aún más costosas de lo que muchos suponen. Lo mismo que en una población pequeña, los integrantes de la «comunidad internacional» tienen derecho a insistir en que todos respeten ciertas normas porque de lo contrario otros se verán perjudicados. Si bien en términos generales es muy positivo que sea así porque los esfuerzos constantes por mantenerse a la altura de los demás constituye el motor que posibilita el progreso, la propensión generalizada a querer atribuir a otros los errores propios significa que, a menos que mejoremos mucho los servicios sanitarios para que no haya poblaciones sin acceso automático a tratamientos médicos adecuados, las fallas de nuestro sector público podrían tener secuelas internacionales que nos serían bastante ingratas.