Una campaña pobre en definiciones
¿Por qué los principales candidatos a la presidencia en estas PASO no se han pronunciado sobre los temas centrales vinculados al futuro del país?
a dos días de las PASO
Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com
Los principales candidatos a la presidencia en estas PASO comparten un inquietante lugar común. En toda la campaña no se han pronunciado sobre ninguno de los temas que para la enorme mayoría de los expertos forman parte del futuro del país: los fuertes desequilibrios demográficos, el resquebrajado sistema federal e impositivo y la imperiosa necesidad de una profunda reforma educativa. Otros, como la inseguridad, se abordan sólo con consignas y escasa profundidad de análisis. La razón por la cual estos temas se silencian en la carrera electoral es simple: obligan a incómodas definiciones que a menudo generan divisiones internas en las propias coaliciones e implican problemas para conservar “votos cautivos” en ciertos territorios, como el conurbano bonaerense.
Los tres responden a las nueve características que, según el sociólogo Hugo Haime, son los elementos estructurales que definen a un candidato a presidente. Veamos: un profundo deseo de poder; un objetivo político claro; voluntad política puesta en acción; capacidad de conducción; mística ganadora; una estrategia definida; organización y equipo; flexibilidad para el cambio de decisiones; información adecuada. Pero –acotamos aquí– los tres comparten también una característica preocupante: no hablan de ninguno de los problemas estructurales más graves que jaquean al país. Es cierto, es un paquete con historia larga. Densa. Construcciones complejas, al perdurar, erosionan posibilidades. Condicionan, sigilosa pero tenazmente, la vida de los argentinos.
A lo largo de la campaña electoral que hoy finaliza, Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa ignoraron esos temas. Nada dijeron ni se sabe que piensan –por caso– sobre dos de esos problemas:
• El desequilibrio demográfico que corre por el todo del país. Eso que Ernesto Sabato definió como “la gran madrecloaca”: el Gran Buenos Aires y la capital federal.
• El Régimen Federal Argentino. O, en definición más práctica y en términos de dos de sus más rigurosos investigadores –Carlos Gervasoni y Juan José Llach–, nuestra “enfermedad federal”. Un sistema donde prima lo irracional y lo desproporcional en las reglas con que Nación maneja la política fiscal.
Solo uno del lote de candidatos a presidente ha hablado con singular claridad sobre estos temas. Hablar en línea a propuestas: el radical Ernesto Sanz. Lo hace vía un libro que, publicado hace algo más de un mes, ha pasado desapercibido. Porque claro, Sanz llega a las urnas sin ninguna chance de ganar.
Pero fue de su candidato a vicepresidente, el joven economista Lucas Llach, de donde surgió un manejo de ideas sobre cómo gobernar lo que ya es muy poco gobernable: dividir en tres la administración de la provincia de Buenos Aires. En otros términos, un espacio que junto con la capital federal suma el 38% del electorado nacional. El conurbano bonaerense –el 2% del conjunto del territorio provincial– está poblado por 10 millones de personas. El arco va de Tigre, al norte, y se termina en Ezpeleta, al sur. El cinturón que cerca a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires expresa, en término de urnas, el 26 % del electorado del país.
La respuesta de los dirigentes rivales (massismo, sciolismo) a esta idea fue casi unánime: “No es momento de abordar este tema” de desequilibrio demográfico.
Un desequilibrio construido a través de décadas de migración interna sin administrar. Sangría del interior que se explica por la naturaleza que adquirió durante décadas el distorsionado desarrollo económico del país. Proceso cuya raíz está –aunque no es su única razón– en la sustitución de importaciones.
Un sociólogo de espíritu inquieto, Natalio Botana, trabaja en detalle y desde hace años la significación de esta macrocefalia que toma forma en los 24 partidos del conurbano. Junto con la capital federal –tres millones– justifican, sin más, la definición que es título de un libro necesario para entender los problemas del país: “La cabeza de Goliat”, de Ezequiel Martínez Estrada.
Qué dice Natalio Botana:
• El siglo XX fraguó una tradición política participativa abonada por la obligatoriedad del sufragio y la importancia que el electorado atribuye a los comicios en los cuales se dirime la puja por la presidencia (en estas coyunturas los porcentajes aumentan y pueden llegar a superar el 80% del padrón).
• Sin embargo, este cuadro de la participación se modifica dramáticamente cuando el análisis explora el ámbito en el cual estos fenómenos ocurren. De acuerdo con esta óptica espacial, las diferencias entre provincias son sin duda enormes porque, justo en el momento en que se fue destacando el perfil de una democracia de masas, se aceleró vertiginosamente el crecimiento de la megalópolis del conurbano bonaerense.
Esta incesante mudanza conforma un proceso impresionante. Veamos:
• En 1914, la provincia de Buenos Aires tenía 2.066.948 habitantes; 10.865.408 en 1980; 13.827.203 en el 2001, y15.594.428 en el 2010.
• Si se toma –por caso– la elección parlamentaria del 2009, se tiene que los 8.014.867 votos emitidos en el territorio bonaerense superan largamente los concretados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1.872.698; Córdoba, 1.752.476; Santa Fe, 1.797.116; Mendoza, 920.832; Tucumán, 757.111 y Entre Ríos, 691.165.
La reforma de la Constitución nacional de 1994 mejoró significativamente la aplicación del poder electoral de la provincia de Buenos Aires. Porque al asumir la elección directa para el cargo de presidente de la Nación, que eliminó el Colegio Electoral, dejó de hecho sin voz a los distritos chicos. De esta anomalía demográfico-institucional nada dijeron en la campaña Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa.
Para el caso del primero, vale una “explicación” para tanto silencio: su bastión electoral más fuerte tiene en el conurbano su cuna.
Otro aspecto llamativo es que, día a día de campaña, los tres abordaron un tema que desde hace algo menos de una década está en la centralidad de la agenda de preocupaciones de la gente: la inseguridad. Y de ella hablaron en términos de lo que “voy a hacer”. Pero esa discursividad nunca se relacionó con el desequilibrio demográfico. Operó por afuera. No computó la degradación de la vida de millones de seres con el entramado de delito. El discurso de los tres optó por el delito con independencia de cualquier otra ponderación de la madeja social de la cual emerge. Y así, Scioli, Macri y Massa siguieron de largo. Los malos son malos porque son malos. Nacieron malos.
La gran gambeta.
O a lo sumo diciendo que promoverán proyectos de desarrollo en el interior del país para “que la gente se afinque con amor en la tierra en que nació”. Generalidades.
Manda la gambeta.
Gambeta que el trío proyectó también para evitar hablar de la “enfermedad federal” que padece el país en materia de funcionamiento del sistema .
Nada se sabe sobre lo que piensa el trío del incumplimiento de dos décadas de la sanción de una nueva ley de Coparticipación. Nada. Sanción a la que obliga la Constitución nacional reformada en 1994.
Una gambeta que en los hechos implica que Nación siga quedándose con el 73% de los impuestos nacionales. Los distribuya según su voluntad. O bajo dictado del arbitrio de los intereses políticos del gobierno de turno. Todo un mecanismo miserable. Destinado a doblegar conductas. Disciplinar. Comprar adhesiones de este intendente rebelde. O aquel gobernador díscolo.
El método del poder K.
Y los tres principales candidatos llegan a las urnas esquivando temas…
Pasala vos, dámela a mí….