Una familia desvalijó a otra con amabilidad

Un desconcertante asalto ocurrió ayer en Neuquén. Cuatro integrantes de una familia coparon una vivienda, comieron de todo y robaron lo que pudieron. Se comportaron muy amables.

Por Redacción

NEUQUEN (AN)- Una banda integrada por tres hombres y una mujer protagonizó ayer a la mañana un insólito asalto a una familia del barrio Belgrano. Emplearon audacia para irrumpir en la vivienda, intimidación para reducir a las víctimas con armas de fuego y navajas, sorprendentes actitudes durante el atraco que se extendió dos hora y media y desconcertantes muestras de cortesía en el trato con los damnificados.

Los asaltantes mantuvieron extensos diálogos entre sí y con los dueños de casa destinados a demostrar que integraban una familia. Los más jóvenes llamaban «papá» a quien presumía ser el jefe.

Durante el extenso tiempo que permanecieron en la vivienda comieron costeletas de cerdo que habían sobrado de la cena a la familia asaltada, y bebieron cerveza y gaseosas. Antes de irse, agradecieron a sus víctimas por la colaboración que les habían prestado al hacer caso «a la directivas» que les fueron dando.

Presuntamente en un auto se llevaron un televisor color, dos bicicletas, dos teléfonos celulares, un centro musical, un radiograbador y bolsos repletos de ropas. «Muchas gracias por todo, señora, no se asusten que no les va a pasar nada», dijeron mientras revolvían todos los muebles, guardaban lo que les interesaba y el resto, como alguna documentación personal, la destruían.

Creen que algunos de los ladrones se fueron en un vehículo, pero dos se alejaron en las bicicletas de las víctimas. «Otra bicicleta no se la llevaron porque está pinchada. Además uno de los celulares está desactivado y el otro no funciona, pero e igual se los llevaron», dijo Juana Vivero, quien salvó el anillo de matrimonio ocultándolo en la boca.

No pudo evitar que le llevaran tres cadenitas de oro y plata, pero sí le devolvieron un crucifijo: cuando se los reclamó se lo dejaron colgado de la cucheta de los chicos.

El atraco se registró entre las 4.30 y las 7 de ayer en la casa de Tandil y Cayuqueo del barrio Belgrano. La policía sólo encontró unas huellas de bicicletas que se dirigían hacia el sur.

«Desde el dormitorio vi dos hombres que iban y venían por el comedor, al incorporarme me dijeron: señora, quédese tranquila, esto es un asalto pero no le va a pasar nada», relató Juana a este diario. «Al despertarse mi marido también lo trataron bien, aunque después de darnos tiempo para que nos vistiéramos, lo llevaron al pasillo y con la pistola en la cabeza le pidieron la plata o le metían un cuetazo», agregó.

Su esposo, Marcelo Castellano, atiende un quiosco en el mismo barrio y los delincuentes le exigieron que le diera «la plata, porque sabemos que tenés la guita del quiosco».

El «jefe» era de mediana estatura, vestía vaquero y una campera rompe-viento. Uno de sus compinches tenía 18 años. Todos ocultaban su rostro con bufandas y las capuchas de buzos.

«Al escuchar ruidos me desperté y desde mi pieza ví todo. Cuando me levanté me dijeron, con mucha amabilidad, que no me preocupara que sólo estaban robando y se iban», dijo Aurora Castillo, madre de Juana.

La mujer añadió que le pidieron plata y le revisaron la cartera. «No encontraron nada, empezaron a revolver y a tirar todo: ropa, muebles, sillas. Dieron vuelta todo lo que tocaron».

En la casa estaban además dos niños de 4 y 6 años, hijos del matrimonio, y dos chicas de 7 y 15 años, hijas de Aurora.

«El nene más chico se despertó y empezó a llorar. Me pidieron que lo hiciera callar y como les dije que estaba asustado, me dejaron traerlo a mi cama.

Además cuando les pedí me trajeron gaseosa y después me preguntaron si quería más», dijo Juana.

Ni automóvil, ni moto

NEUQUEN (AN) – «¿Donde tenés el auto?», preguntaron los ladrones. Pero la víctima les dijo que no tenía. «¿Cómo, y estas llaves?» «Son viejas, no sirven, las tienen los chicos para jugar», insistió el dueño de casa.

Otras llaves del cajón de los juguetes, de una moto, también desorientaron a los delincuentes. Pidieron la moto, pero no había ninguna en la vivienda.

Antes de abandonar el lugar los desconocidos juntaron las llaves de todas las puertas, incluso varias fuera de uso, y las dejaron en la vereda de la vivienda en una bolsa de plástico. Otra de sus «atenciones».

Las actitudes de los desconocidas escapan a toda modalidad conocida de asaltos. «Esta campera le va a quedar bien a la mami… ¡Esta para mí!», dijo la mujer que integraba la banda mientras revisaba las ropas que robaría.

Después de comerse «hasta las migas» del resto de la cena, pidieron cigarrillos. Se los dieron y, en otro gesto de cordialidad, le llevaron a las víctimas, a quienes mantuvieron encerrados en una habitación, cigarrillos encendidos.

Lo poco que dejaron fue el televisor blanco y negro.