Una interna brutal
De la docena de políticos que aspiraban a llevar la camiseta del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de noviembre, sólo quedan cuatro, de los que dos, el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, y el ex titular de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, se han distanciado de sus rivales. Hasta celebrarse el sábado pasado las primarias de Carolina del Sur, parecía que Romney ganaría sin mayores dificultades, pero para sorpresa de muchos Gingrich logró superarlo por un margen muy cómodo, erigiéndose así en el favorito para enfrentarse con el presidente Barack Obama que, con toda seguridad, buscará la reelección. Pudo hacerlo debido a su capacidad para transformar lo que para otro político hubiera sido un hándicap decisivo, su agitada trayectoria matrimonial, en una ventaja al contraatacar con vehemencia a quienes procuraban aprovecharlo, de tal modo impresionando con su combatividad al electorado republicano de un estado célebre por su conservadurismo y la importancia del voto evangélico. Puesto que el flanco más débil de Romney consiste en su presunta falta de carácter, la reacción fuerte de Gingrich le permitió triunfar en una contienda en la que, conforme a las encuestas de opinión, a lo sumo le aguardaba una derrota decorosa. Hasta ahora, la interna republicana ha sido llamativamente feroz debido a la voluntad de los participantes de ir a virtualmente cualquier extremo a fin de desprestigiar a sus rivales, aludiendo directamente a detalles de su vida privada, acusándolos de conducta inapropiada para quienes se creen capacitados para asumir las responsabilidades del presidente de Estados Unidos y por lo tanto “líder del mundo libre”, y tratando de hacer pensar que sus adversarios no comparten su propia reverencia por los valores que a su juicio son intrínsecamente norteamericanos. Por lo demás, todos los precandidatos cuentan con la ayuda de equipos supuestamente informales que, a través de los medios sociales, además de la prensa, se encargan de difundir rumores escandalosos y denuncias tremendas con el propósito de perjudicar a los adversarios, sin preocuparse por el hecho evidente de que los partidarios de Obama –el que, es de suponer, no tendrá que enfrentar una interna tan despiadada– sabrán hacer pleno uso de las municiones así suministradas. Así y todo, no cabe duda de que las internas que son tan típicas del proceso electoral norteamericano sirven para que el electorado disponga de una cantidad fenomenal de información sobre los antecedentes políticos, las opiniones pasadas y actuales, y las particularidades personales de los presidenciables. Se trata de un sistema que merced a la internet propende a hacerse cada vez más transparente. A diferencia del imperante en nuestro país, tanto el presidente como sus colaboradores más importantes tienen que rendir examen ante millones de ciudadanos, de los cuales muchos están más interesados en llamar la atención a sus deficiencias que a sus hipotéticos méritos. Aunque existe el riesgo de que las campañas negativas que están de moda resulten ser tan virulentas que el eventual triunfador se vea descalificado por una proporción sustancial de la ciudadanía, agravando de tal manera la “crisis de gobernabilidad” atribuible a la brecha insalvable que se da entre los demócratas por un lado y los republicanos por el otro que tantos problemas está ocasionando en Estados Unidos, por lo menos reducen el peligro de que, una vez en la Casa Blanca, el mandatario adopte un programa de gobierno muy distinto del previsto en el transcurso de la campaña. Si bien parecería que Obama lleva las de ganar en noviembre a pesar de una tasa muy alta de desempleo, en el caso de que Gingrich o Romney lo reemplazara, el nuevo presidente se sentiría obligado a emprender un “ajuste” destinado a rebajar la astronómica deuda pública, pero los cambios más significantes se producirían en la política exterior de la superpotencia, ya que ambos republicanos –en especial Gingrich– han acusado al demócrata de excesiva debilidad frente a las amenazas planteadas por Irán y otros países hostiles a Estados Unidos, tesitura ésta que alarma sobremanera a quienes creen que en una situación tan peligrosa como la supuesta por el programa nuclear de los teócratas belicosos de Teherán convendría actuar con muchísima cautela.